Ahora que el superávit de cuenta corriente de Alemania alcanzó la cifra récord de 270 000 millones de euros (285 000 millones de dólares), es decir, cerca de un 8,7% del PIB, el persistente debate sobre su modelo económico se intensificó. Los políticos de la eurozona y el gobierno de Donald Trump en Estados Unidos se culpan mutuamente por el desequilibrio económico, y unos y otros echan la culpa al euro.

El gobierno de Trump acusó a Alemania de exportar demasiado y de manipular el euro. Pero en realidad, el superávit comercial alemán tiene poco que ver con la moneda europea, convertida en un chivo expiatorio conveniente que desvía la atención de otros errores políticos.

Muchos alemanes ven la última oleada de críticas como señal de que el resto del mundo envidia el éxito de su país, y rechazan firmemente las acusaciones que dicen que Alemania intenta obtener una ventaja competitiva desleal. Señalan que Alemania no hace dumping ni promoción directa de las exportaciones, y que sus autoridades no siguen metas cambiarias.

Por el contrario, antes de la adopción del euro, Alemania mantuvo durante mucho tiempo una política de marco alemán fuerte, porque quería alentar a los exportadores alemanes a ser competitivos mediante la innovación en vez de la dependencia del tipo de cambio. Fue el aspecto central del modelo económico alemán después de la Segunda Guerra Mundial y la principal razón por la que su largo Wirtschaftswunder (“milagro económico”) pudo sostenerse.

Las críticas al superávit comercial de Alemania adolecen de tres falacias. Para empezar, muchos de los críticos parecen convencidos de que es posible la manipulación sistemática de la balanza comercial por medio del tipo de cambio. Pero la integración de las cadenas de valor globales implica que las exportaciones industriales ahora incorporan muchos insumos importados, con lo que el efecto de variaciones del tipo de cambio sobre los precios internos y la balanza comercial es mucho menor que antes.

De hecho, el superávit comercial bilateral de Alemania con Estados Unidos se mantuvo casi constante a pesar de considerables oscilaciones de la paridad entre el euro y el dólar, que en 2011 llegó a ser de 1,60 dólares por euro, pero que más tarde se redujo hasta 1,04 dólares por euro. Alemania debe su éxito exportador no a la manipulación de la divisa, sino a su fuerte posición de mercado y al poder de fijación de precios de sus altamente especializadas empresas industriales líderes.

Una segunda falacia es la creencia de que los políticos y los bancos centrales realmente pueden determinar los tipos de cambio. En la mayoría de las economías avanzadas, el tipo de cambio no puede fijarse por decreto, sino que se determina endógenamente de acuerdo con la economía real subyacente y el estado del sistema financiero. Los mercados de divisas son demasiado “profundos” [voluminosos y resistentes a la manipulación] para que tenga sentido correr el riesgo de intervenir en ellos directamente; como descubrió hace unos años el Banco Nacional de Suiza cuando trató de detener la apreciación del franco. El Tesoro de los Estados Unidos no ha vuelto a intervenir en el mercado de divisas desde los noventa, y el Banco Central Europeo trató de intervenir una sola vez, muy brevemente, en 2000.

Quienes acusan a la Reserva Federal de los Estados Unidos y al BCE de aplicar políticas no convencionales para debilitar sus respectivas divisas pasan por alto el hecho de que el efecto de las variaciones del tipo de cambio sobre la inflación interna, las exportaciones y el crecimiento es limitado y efímero. Ambos bancos centrales se rigen por sus mandatos, no por una meta de tipo de cambio implícita o explícita.

Una tercera falacia (habitual en el lado alemán del debate) es la creencia en que la balanza de cuenta corriente de los países refleja la competitividad de sus exportaciones. En realidad, la balanza externa de los países depende de sus preferencias y decisiones en materia de ahorro e inversión intertemporales. Un fundamento económico como la demografía alemana por sí solo probablemente explique sólo unos tres puntos porcentuales (es decir, un tercio) de su superávit de cuenta corriente.

El significado de estas tres falacias es que el debate sobre el superávit externo de Alemania no debe centrarse en el tipo de cambio del euro o en las exportaciones alemanas. No es verdad que el euro esté demasiado barato, ni que Alemania exporte demasiado. El verdadero problema es que Alemania compra demasiado poco al extranjero, debido a una enorme subinversión.

Alemania tiene uno de los índices de inversión pública más bajos del mundo industrializado. Sus municipios, responsables de la mitad de toda la inversión pública, tienen en la actualidad proyectos de inversión no ejecutados por valor de 136 000 millones de euros (el 4,5% del PIB); sólo las escuelas alemanas necesitan 35 000 millones de euros más en reparaciones edilicias. Al mismo tiempo, falta inversión privada en el obsolescente stock de capital alemán, porque muchas empresas alemanas prefieren invertir fuera del país.

Este faltante es resultado de errores políticos, más concretamente, la aplicación de políticas proteccionistas en el sector de servicios no transables. El Fondo Monetario Internacional, la Comisión Europea y la OCDE llevan tiempo tratando de convencer a Alemania de desregular los servicios, poner límites a los intereses creados y estimular la competencia. Pero por ahora los salarios, la productividad y la inversión en el sector exportador alemán son mucho mayores que en el de servicios no transables.

El debate internacional sobre la cuenta corriente de Alemania debería centrarse en la implementación de medidas para liberalizar el sector servicios y eliminar otras barreras a la inversión. A tal fin, Alemania debería mejorar la infraestructura digital y de transporte; fortalecer los mecanismos de mercado para alentar un mayor desarrollo de las energías renovables; resolver el déficit de mano de obra calificada; modificar el sistema impositivo para incentivar más las inversiones; y reformar las regulaciones para reducir la incertidumbre.

Alemania es una potencia política y económica cada vez más importante en Europa y en la escena mundial. Pero hasta ahora, el mundo ha estado demasiado ocupado en un debate contraproducente sobre su superávit de cuenta corriente. Las críticas a la gran capacidad exportadora de Alemania y las acusaciones de manipulación cambiaria son tan erradas como la defensa que hace Alemania de su excesivo superávit. En última instancia, la mejor contribución que puede hacer Alemania a los intereses de todos (incluidos los propios) es reducir su superávit y con él, los dañinos desequilibrios económicos apenas ocultos bajo la superficie.