Se trata de una de las grandes tendencias del milenio en la medida en que cambian a la vez la relación con los clientes, la manera de consumir y la de producir. Con todas las contradicciones inherentes a los modelos emergentes y la incomprensión y exasperación de los sectores tradicionales, se estima que la economía colaborativa mundial en 2025 facturará unos 300.000 millones de euros, diez veces más que en la actualidad.

La economía colaborativa no sólo modifica la relación con el cliente, el modo de producir y el de consumir, sino también el de compartir activos, bienes, servicios, mediante intercambio monetario o no a través de la red (CNMV, 2016). Varios caminos conducen hacia ella: la digitalización, que penetra por todos los rincones; el interés de los clientes por aumentar su intervención en la fase de creación y entrega del producto o servicio; el cambio de los valores, desde la compra y uso propio a compartir la propiedad, limitando el consumo, aumentando el uso de los bienes existentes y optimizando los recursos disponibles; y la demanda generalizada de la población por reducir los precios finales, que obliga a las empresas a innovar sobre nuevos modelos de negocio para reducir costes.

Todo ello desemboca en una actitud amplia de compartir, intercambiar, permutar o trocar, prestar, reutilizar, y alquilar, en vez de poseer y usar lo propio. Gracias al desarrollo de la plataforma P2P –peer to peer-, lo colaborativo se halla en fase expansiva sobre todo bajo el modelo “producto-servicio”. El dueño de un apartamento o de un automóvil, por ejemplo, cede su propiedad a otra persona, mientras la plataforma actúa como intermediario, en unas condiciones pactadas. Sundararajan considera que existe un modelo dual que va a adquirir mayor relevancia en el inmediato futuro. Se trata de profesionales y de freelancers, que crean si propio canal, lo cual les permite ofrecer y vender servicios escalables en línea, lo cual impulsa el trabajo en red. Tal es el caso de los restauradores que cocinan en casa, los traductores o los escritores que ofrecen sus servicios (Sundararajan, 2014).

Modelos de plataformas

En 1999 nació la primera red P2P, Napster. Desde entonces, los avances tanto en el desarrollo de la estructura de estas plataformas tecnológicas como en el número de usuarios han sido exponenciales. En sólo cinco años, desde que en 2010 Botsman y Rogers acuñaron el concepto (Botsman y Rogers, 2010), unas 7.500 plataformas colaborativas esparcidas por todo el mundo se dedican al transporte (62%), al alojamiento (18%), a la financiación (6%), al intercambio de servicios (5%) y al intercambio de productos (4%) (CNMV, 2016).

Los grandes desarrollos colaborativos se han producido en el transporte, con el fenómeno de Uber, y en el alojamiento, con la emergencia de AIRBNB que ofrece apartamentos privados. Pero hay muchas otras plataformas o APPS en los servicios de alquiler de pisos, automóviles -con o sin conductor-, barcos, jets, gastronomía –el cocinero en casa, o las comidas compartidas-, libros, ropa, DVDs, joyas, bicicletas, herramientas de jardín o agrícolas, juguetes, información –como Wikipedia-, así como una larga lista de intercambios en especies que redondean la oferta colaborativa.

Numerosas empresas, como Toyota y Volkswagen, investigan en el coche compartido, Amazon, en el vehículo sin conductor, y otras muchas en cualquiera de sus facetas porque las expectativas de crecimiento y de rentabilidad van unidas. Según las previsiones de PwC para 2025, los mayores crecimientos del consumo colaborativo se van a producir en el crowdfounding (PwC, 2014).

Cubriendo la falta crónica de capitales hacia el sector, estas plataformas ofrecen financiación o micro- financiación a proyectos culturales, cinematográficos, solidarios, de desarrollo, de videojuegos, y de todo tipo. Un millar repartidas por todo el mundo captan recursos en cantidades pequeñas para asistir a iniciativas que de otro modo no verían la luz. Han democratizado el dinero mediante formas de aportación colectiva. La mayoría actúa sin compensación monetaria alguna, simplemente por apoyar la apuesta, por solidaridad o por familiaridad, pero empiezan a proliferar aquellas en las que los prestadores perciben un tipo de interés o una participación en los resultados.

Conectan una red de computadoras de alta velocidad a los usuarios y a los proveedores, enviándoles información, videos, audios, programas y todo tipo de materia, y cobran una comisión por transacción o clic. La escalabilidad y la amplitud de surtido complementan el esquema, abaratando vertiginosamente los precios y permitiendo la constitución de cadenas de valor muy flexibles y altamente rentables. El mismo paquete tecnológico facilita el pago, la entrega del producto o servicio, la evaluación del mismo y la visibilidad del negocio en la red, todas estas funciones de forma inmediata (Cuadro 2). Esta es la razón por la que transforman la manera de servir al consumidor (Cachon, Daniels, Lobel, 2015).

Distinto modelo de reparto

El anfitrión de AIRBNB es el que mejor representa la nueva manera de repartir las funciones y los ingresos. Se trata de un híbrido entre propietario del activo, proveedor y productor que protagoniza el servicio; nada que ver con la figura del hotelero que suele ocupar alguna de estas funciones. La plataforma RelayRides –como la de Uber- ofrece la oportunidad a los propietarios de los automóviles que trabajan con ella de convertirse en empresarios y darse de alta como autónomos: proveedores que se convierten en productores. Estas plataformas generan modelos de negocio que nada tienen que ver con la cadena de valor tradicional con tareas muy específicas entre el proveedor, el productor y el vendedor; ellas reparten el juego, las tareas y los ingresos -no siendo el actor que más percibe-, y por tanto poseen la llave de los beneficios de todos los actores.

La cuestión más grave que precipita la economía colaborativa es el enfrentamiento que le plantean los negocios tradicionales. Éstos consideran que los colaborativos compiten con diferentes reglas de juego. Cuando se analizan las condiciones fiscales, la normativa sectorial, los compromisos con la comunidad de unos y otros, se constatan las grandes diferencias entre los tradicionales y los colaborativos. En los primeros impera el riguroso control, en los segundos la laxitud posible. La CNMV lo confirma: existe un desfase entre la evolución de este tipo de consumo y el avance jurídico. Es verdad, admite, que se trata de un fenómeno innovador, global, transversal, impulsado por el interés de la población por aprovechar los recursos infrautilizados, pero la falta de regulación resulta determinante (CNMV, 2016).

Los avances de la economía colaborativa lejos de ser motivo de discordia entre unos y otros deberían ser, por una parte, fuente de innovación para todos; y por otra, motivo para revisar la presión, sobre todo la impositiva, ejercida encima de los negocios establecidos, no sea caso que se apriete sobre lo existente y conocido y se desprecie lo que no se controla.

Este artículo ha sido originalmente publicado en Mundo Empresarial.