La crisis en España también ha sido industrial. El desplome de la construcción tuvo un efecto arrastre sobre la industria, que vio como desaparecían 842.600 puestos de trabajo entre 2007 y 2014. Aunque no se ha recuperado todo el terreno perdido, en el último año han aumentado tanto el empleo (+1,9%) como el valor añadido (+2,4%) del sector.

Sin embargo ello no basta. La reindustrialización se presenta como uno de los grandes desafíos, sobre todo para aquellos que, como la Unión Europea, otorgan a la industria un papel fundamental para una recuperación económica que debe estar basada en la competitividad, la innovación y el emprendimiento.

¿Qué le ha ocurrido a la industria?

Los datos avalan un intenso proceso de desindustrialización de la economía española: el sector industrial, que llegó a alcanzar el 30,8 % del PIB en 1975, bajó al 18,75 % en el 2000 y hoy está en el 16,5 %. En 40 años su peso en el PIB se ha reducido a la mitad.

Un proceso de desindustrialización acrecentado, además, por una crisis económica que impactó fuertemente en el sector. En término de empleo, por ejemplo, ha disminuido el porcentaje de ocupados desde el 18,8 % en el año 2000 al 13,98 % el pasado año. Durante la crisis, la industria facturó un 4 % menos y redujo su masa salarial en un 1,5 %. Además, la inversión cayó en unos 15.000 millones y su VAB decreció un 1,1%. Con todo, ha resistido mejor que en otras crisis pasadas.

Frente a esta pérdida de peso de la industria, el sector servicios ha sido el que más ha crecido:

Así, en los últimos 20 años el ritmo de crecimiento de la industria ha sido menor que el del PIB (1,5 %, frente al 2,1 %) y ha perdido mucho más empleo que los servicios. No obstante, en términos agregados ha incrementado la productividad puesto que ha crecido con menos empleo.

Pero la desindustrialización no solo afecta a España, sino que todos los países de la OCDE han visto perder peso a sus manufacturas tanto en VAB (excepto Alemania) como en empleo. Por ejemplo, entre 2008 y 2015 la ocupación alemana se redujo un 5 %, mientras que en España lo hizo en casi un 14 %.

La clave para más y mejor crecimiento

La Comisión Europea advertía en un informe de 2014 que con la globalización y la fuerte competencia de las economías emergentes, la prosperidad económica de Europa a largo plazo dependerá de la solidez de su base industrial, y no solo del sector bancario y de servicios. Sin embargo, España presenta un problema estructural y no es capaz de conseguir incrementos sostenidos de productividad. Mientras nuestros “socios” europeos ven aumentar su productividad total de los factores, España sigue estancada.

La industria es un sector clave por sus numerosos efectos de arrastre al utilizar una gran cantidad de inputs intermedios y tener muchas más interrelaciones con el resto de sectores económicos. Ello unido a su importante papel como una de las principales fuentes de inversión en I+D+i.

Hablar de reindustrialización significa, por tanto, definir el futuro que se quiere para la economía del país y su estructura productiva. Pero este proceso debería orientarse hacia una industria distinta, adaptada a las nuevas tecnologías y a la digitalización.

La realidad demanda una industria intensiva en tecnología ligada a la digitalización y a nuevas realidades como la robótica. Por tanto, el concepto de “reindustrialización” habría que definirlo como “más productividad real, más eficiencia y más empleo de calidad”. Y eso se consigue con más productividad total de los factores. Es necesario un esfuerzo adicional en inversión y formación, de manera que se genere una industria competitiva en capital tecnológico y humano.

Obstáculos para el sector industrial

Dado que la industrial es fundamental para el crecimiento, la pregunta que cabe plantearse es cómo impulsar un proceso de reindustrialización y, sobre todo, cómo hacer que la capacidad de este sector para el aprovechamiento de economías de escala o su aportación a la productividad se extiendan al resto de sectores.

Un gran escollo para la actividad industrial es el reducido tamaño de su tejido empresarial, que explica en gran parte el bajo porcentaje de ocupación del sector. El 84,9 % de las empresas tenía menos de 10 trabajadores en 2014, mientas que el 12,3 % tenía entre 10 y 40 empleados. Tan solo el 0,4% de las firmas contaba con 250 o más ocupados. Pero la realidad es que el 33% del empleo y el 55,5 % de la facturación total están en manos de las grandes compañías.

Contamos con un sector industrial de pequeño tamaño empresarial y con un muy reducido número de firmas grandes que son su núcleo fundamental

Este reducido tamaño empresarial limita en parte la capacidad exportadora y la competitividad del sector en el exterior. En 2014 el porcentaje de exportaciones respecto al total de facturación fue del 20,5 % en el caso de las pequeñas empresas, mientras que el porcentaje asciende al 35,1 % en el caso de medianas firmas. Los datos son concluyentes. El 70,3% de las ventas en 2014 se realizaron en España, el 19,9 % en la UE y el 9,8% en el resto del mundo. Sin embargo, las diferencias son importantes entre sectores: desde el 71,6 % de ventas exteriores en el caso actividades vinculadas a material de transporte, al escaso 19 % de las industrias alimentarias.

Con todo, la industria debe hacer un mayor esfuerzo de internacionalización, también fuera de la zona euro, y atender a las oportunidades que ofrecen los mercados emergentes

Debate abierto

La industria es fundamental para impulsar el crecimiento, las economías de escala, la innovación o la productividad. Sin embargo, mucha gente se pregunta hoy: ¿es necesario aprobar medidas para reindustrializar?, ¿de verdad el sector industrial aporta más al crecimiento y a la productividad que el sector servicios?

De hecho, una postura sostenida por cada vez mayor número de expertos es aquella que no privilegia a la industria respecto a otros sectores como servicios.

La productividad industrial fue de 66.019 euros en 2014. Pero la mejor medida para la productividad es el Valor añadido/Salarios y, en este caso, es idéntica para ambos sectores: 1,8. Por ello, aumentar el peso de la industria no garantiza con total certeza un incremento de la productividad agregada.

Pero al margen de este debate, el futuro está en apostar por la mejora de los factores productivos, en la productividad total de los factores, en la tecnología y en la innovación, y no en selecciones sectoriales. La frontera entre industria y servicios es difusa, y no parece claro cuál de ellos es mejor para crecer más y tener más renta per cápita.

Lo que sí es evidente es que la variable clave del crecimiento y del bienestar es la productividad.

Por lo tanto, no se trata solo de tener más industria. No es una cuestión de sectores, sino de vectores de modernización: digitalización, investigación y desarrollo, internacionalización, innovación, productividad, flexibilidad laboral… Vectores que generen un tejido empresarial innovador y productivo y que, además, no deberían ser exclusivos de la industria.