Enciendes la televisión y de repente la totalidad de Ciudad de México está en llamas. En el plazo de una semana, la megalópolis norteamericana ha sido consumida por el fuego. Hay que volver a empezar de cero, tras siglos de desarrollo y de evolución. ¿Por dónde empezar? ¿Cómo empezar de nuevo?

La historia anterior es fruto de la utopía hoy, pero no en los libros de historia. Mucho antes de que sustituyéramos la madera o el adobe por el cemento y el ladrillo, mucho antes de que el racionalismo urbano se impusiera sobre planos irregulares y caóticos, una ciudad de tamaño medio o grande podía ser pasto de las llamas en un abrir y cerrar de ojos. Hay numerosos ejemplos que ponen de manifiesto lo frágil de las ciudades del pasado, pero también su carácter permanente, su capacidad de recobrar inusitada vida tras la tragedia y resurgir con igual o más fuerza. El suyo es un relato de admirable obstinación.

Londres, Lisboa, Copenhague, Chicago. Su perfil, su espíritu, quedó definido años atrás a través del fuego y las cenizas, y su fisionomía actual es deudor tanto del drama del incendio como de la inventiva posterior. Veamos sus casos.

Lisboa y el terremoto que lo truncó todo

Aquí tenemos a Lisboa en 1598, dibujada por Braun and Hogenberg en un libro esencial para entender la historia de los mapas urbanos.

Aquí la tenemos poco más de un siglo después, representada por Gabriel Bodenehr en su Europeans Macht und Pracht. La fisionomía de la capital portuguesa, cuya población en ese periodo de tiempo apenas había aumentado, mantenía su esencia: una estructura irregular donde destaca la entrada al puerto, con una gran plazoleta y explanada, y la suntuosa Alfama a la derecha.

Todo cambió cuando un terremoto asoló la ciudad en 1755, terremoto que causó miles de muertos y que aún hoy es considerado uno de los mayores de la historia (el epicentro se situó a centenares de kilómetros al sur de las costas atlánticas española y portuguesa, pero logró derrumbar el centro de Lisboa). El subsecuente incendio acabó con gran parte de la capital portuguesa, pero no con toda. La Alfama sobrevivió, y aún hoy es uno de los vestigios más hermosos de aquella Lisboa aún inmaculada, antes del terremoto.

Cuando el primer ministro de Portugal se planteó la tarea de reconstruir Lisboa, obvió por completo el trazado medieval descrito visualmente más arriba. En su lugar, optó por una versión más racional y acorde a los planes urbanísticos modernos. Ilustrado que era, Sebastião José de Carvalho e Melo diseño él mismo un nuevo plano de Lisboa, con un claro dibujo reticular (calles paralelas y perpendiculares, manzanas regulares) que hoy conforma el corazón de la capital lusa. Un ensanche a la fuerza.

Pocos años después, la vista de la ciudad era sustancialmente distinta, más limpia, más ordenada, hasta derivar en la Lisboa del presente, una ciudad de más de 500.000 habitantes (la mayor parte de su crecimiento se da a partir de la segunda mitad del siglo XIX) que, sin embargo, mantiene el aspecto ligeramente caótico y encantadoramente decadente común a todas las grandes ciudades portuguesas.

Londres, de ciudad del pasado a ciudad moderna

A mediados del siglo XVII, Londres aún no era la capital omnipotente del mayor imperio que habían observado los ojos de la humanidad. Al contrario, y según John Evelyn, afamado escritor inglés de la época, era un cúmulo de edificios de madera irregularmente distribuidos en los últimos compases de la cuenca del Támesis, asentados sobre el antiguo y ya olvidado asentamiento romano. Londres, de hecho, es una de las pocas ciudades británicas que continuaron una población construida por los romanos, pero hoy resulta imposible descubrirlo paseando por sus calles. ¿Por qué? Por el incendio de 1666.

Ya vimos cómo era Londres antes de él aquí, a través del dibujo de Claes Van Visscher:

Un cúmulo de desastrosos acontecimientos provocó que, una noche de septiembre de aquel año, la ciudad intramuros de Londres, de alrededor de medio millón de habitantes, se perdiera para siempre. El carácter hacinado e irregular de su fisionomía urbana, unido al abundante uso de madera como material de construcción (más barata que la piedra), provocó que un incendio pequeño en una panadería se extendiera rápidamente por las cuatro esquinas de la capital inglesa, provocando su total destrucción:

Londres entró en fase apocalipsis.

Visto en infografía moderna, el alcance de las llamas:

Al contrario que en el caso lisboeta, Londres sólo había sido parcialmente destruida. Su parte más importante, su corazón, sí, pero no enteramente sepultada por las llamas. Como es natural, eso provocó nuevos diseños urbanísticos renovadores que aspiraban a equiparar a la capital inglesa con la grandilocuencia barroca de otras como París. El propio Evelyn, citado más arriba, propuso un diseño de su puño y letra. Se presentaron otros, como el Christopher Wren o el de Valentine Knight.

Los ambiciosos proyectos de Evelyn y Wren contaban con un problema adicional: eran demasiado integrales, abarcaban partes de la ciudad que no habían sido devoradas por las llamas y que, por tanto, seguían en pie. Las numerosas expropiaciones, derrumbes y compensaciones que hubieran sido necesarios para ejecutarlos representaban una tarea demasiado ardua. Como consecuencia, la ciudad, mitad voluntad popular mitad resignación de las autoridades, fue reconstruida en torno a patrones similares al esquema clásico (con sus consecuentes mejoras). En 1899, Londres lucía así:

Más de trescientos años después, Londres es la principal ciudad de Europa y el faro por excelencia de la modernidad. Sus calles tienen poco de vetustas, han sido constanmente renovadas y evolucionan con el paso del tiempo, al contrario que otras ciudades europeas congeladas en un pasado permanente e idealizado. El incendio de Londres configuró su identidad moderna rompiendo con su pasado, pese al caos urbanístico sobre el que aún parece asentarse.

Copenhague y la desgracia repetida

Si bien Londres ardió por completo para no volver a hacerlo jamás, Copenhague, la capital y la ciudad más representativa de Dinamarca, lo hizo durante dos aciagas noches a lo largo del siglo XIX. La primera en 1728, cuando motivos semejantes (pobre diseño del entramado urbano, uso y abuso de la madera como material de construcción, falta de planificación en la prevención de incendios) llevaron a alrededor de un cuarto de la antigua ciudad medieval a perderse en las llamas.

Copenhague, antes, lucía así:

Una ciudad marítima y fortificada (al uso de la traza italiana, tan popular siglos atrás) con un trazado totalmente arbitrario que no respondía a las necesidades de las modernas ciudades, mejor planificadas. En el mapa de más arriba, obra de Joachim Hassin, se aprecia la extensión de las llamas en amarillo. En concreto, de la esquina inferior derecha de la ciudad representada con más detalle aquí:

El incendio fue progresivo y afectó de forma lenta a los diferentes edificios de la ciudad, siendo las autoridades incapaces de controlarlos hasta cuatro días después de haberse desatado. Como consecuencia, Copenhague tuvo que ser repensada, al igual que en los casos de Lisboa y Londres. Pese a que la totalidad del plano racional planteado por las autoridades danesas no fue seguido al pie de la letra (por idénticas dificultades, pero especialmente por la necesidad de utilizar madera en la construcción, mucho más barata), el diseño de las calles sí sufrió un cambio casi revolucionario, borrando el rastro de la ciudad medieval.

Apenas siete décadas más tardes de que la capital danesa perdiera un cuarto de su patrimonio histórico tras un espantoso incendio, la ciudad volvería a sufrir un destino parecido. En 1795 las llamas volvieron a apoderarse del casco histórico de Copenhague, acabando con gran parte del entramado clásico y medieval de la urbe. El siniestro llevó, de nuevo, a una renovada planificación, desterrando la esencia medieval y renacentista de la ciudad y permitiéndole repensarse de cara al siglo XIX. En 1857, Copenhague lucía muy distinta:

Nuevos ensanches extramuros y una mayor planificación derivaron en la esplendorosa actual Copenhague, y cimentaron el éxito posterior del célebre Fingerplanen, un modelo de crecimiento explorado por la capital danesa durante el siglo XX que concentra las nuevas construcciones y a la población sobre cinco arterias principales que, vistas desde el aire, se asemejan a los cinco dedos de una mano.