La palabra kamikaze hace referencia a seis significados distintos, entre ellos un cocktail y una película. Su origen, sin embargo, se remonta a dos siglos atrás, cuando un tifón determinó la historia de Japón. Al contrario del uso que le dan con frecuencia, siempre relacionado con ataques suicidas, Kamikaze significa literalmente «viento divino».

Para entender mejor qué importancia tuvo el famoso tifón nos trasladamos al siglo XIII, cuando Japón era un país que intentaba mantenerse aislado, con el mar ejerciendo de barrera natural hacia el resto del mundo. En esa época, el pueblo creía en el sintoísmo: una religión nativa que consiste en venerar espíritus de la naturaleza (kamis) y en creer que Japón es el país de los dioses y los japoneses descendientes de ellos. Esto provocó que hubiera una sensación de superioridad hacia los otros pueblos, debido al hecho de estar «protegidos por fuerzas omnipotentes».

Cuando sus vecinos mongoles intentaron invadirlos con una flota en 1247, por primera vez, un tifón arrasó con todos sus barcos. Los guerreros murieron y el pueblo japonés se sintió bendecido, ya que no estaba remotamente preparado para esa batalla y hubiera perdido el combate.

Siete años más tarde, los mongoles volvieron a intentar invadir Japón, esta vez creando una flota mucho más grande y reforzando sus defensas. Aunque a esas alturas los habitantes del país del sol naciente ya habían previsto otra invasión y oponían resistencia, seguían siendo inferiores en número y equipos. Una vez más, un tifón arrasó con la flota mongola haciendo que sus soldados se ahogaran y Japón recuperara la calma.

El pueblo interpretó estos fenómenos meteorológicos como señales de los dioses, designando desde entonces el término «viento divino» para referirse a los tifones que los habían defendido. A partir de estos acontecimientos, Japón creyó durante siglos que estaba protegido por los dioses de la naturaleza y que por lo tanto era invencible.

Esta percepción duró hasta la Segunda Guerra Mundial. Tras haber atacado Pearl Harbor y continuar avanzando en el Pacífico, hubo una batalla que debilitó al ejército japonés e hizo que EEUU recuperara posiciones. Tras las pérdidas generadas por dicha batalla, los propagandistas militares japoneses utilizaron el «viento divino» para convencer a miles de jóvenes de que se alistaran. Les decían que no debían temer, ya que estaban seguros de que con la ayuda de los dioses ganarían la guerra. También creían profundamente que volverían a reencarnarse y a tener otras vidas.

Se creó entonces una unidad especial de «Cuerpos de Ataque Aéreo». La labor de sus pilotos consistía en estrellar aviones cargados de explosivos contra objetivos enemigos. No había posibilidades de sobrevivir, así que efectivamente, eran estrategias suicidas. Esta práctica se extendió tanto que se llegó a crear una ceremonia previa al suicidio: se les entregaba una bandera de Japón, una catana y una copa de sake o té antes de despegar.

Un año después de la creación de la unidad, EEUU lanzó dos bombas atómicas sobre Hiroshima y Nagasaki y la Unión Soviética entró en la guerra. Japón, tras las numerosas muertes producidas como consecuencia de las bombas nucleares, decidió rendirse. Para algunos de sus soldados, aceptar la derrota no era solo perder el control de su país, sino asumir que sus dioses les habían abandonado. Les resultaba tan incomprensible que acabaron con su vida.

Aunque el nombre de este destacamento era «Unidad Especial de Ataque Shinpū», por un error lingüístico los americanos difundieron fuera de Japón la asociación de «soldados suicidas» a la palabra Kamikaze, que fue aceptada mundialmente como válida hasta día de hoy.

Las profundas creencias del pueblo japonés en esa «protección divina» consiguieron determinar el curso de la historia de Japón; primero, creyendo que estaban protegidos y finalmente, provocando su autodestrucción.