Hace tiempo que le vengo dando vueltas a esto de la inestabilidad. No voy a descubrir nada si digo que vivimos tiempos de inestabilidad, ya sea económica, social, política o ideológica. Aparecen nuevas tendencias constantemente. Las teorías y modelos de gestión cambian, nuevos modelos económicos aparecen y van ocupando el lugar de los más tradicionales de manera brusca… Y la tecnología no hace sino acelerar todo esto, comprimiendo tiempos y exigiendo nuevos conocimientos. La innovación (el cambio) se ha instalado como elemento fundamental de las empresas, como decisión estratégica inevitable para, no ya vencer a la competencia, sino no perder la posición que ya se tiene.

La economía colaborativa aparece para trastocar lo intocable, las fuentes de ingresos. La economía circular pone el valor en evitar los desechos reinterpretando la basura como nueva materia prima, y al mismo tiempo supone un golpe en la línea de flotación de los países productores de materias primas, que ya no serán tan importantes. El Design Thinking y el Lean Startup asumen que el conocimiento nace de la microsegmentación, del dato cercano, no de las grandes tendencias, que se reposicionan no como fuentes de conocimiento, sino como confirmación del mismo.

Trabajamos desde lo pequeño, buscando en esa cercanía una estabilidad que lo macro no nos aporta. Tratamos de dimensionar a partir de lo que controlamos, tratando de conseguir la resiliencia sin saltos mortales, sólo dando pequeños pasos de adaptación.

Últimamente noto una cierta obsesión por los mapas. Da la sensación de que queremos que nos guíen, que nos den las claves de dónde vivimos y qué caminos hemos de seguir para llegar a un nuevo lugar. Un mapa es una herramienta curiosa. Depende cómo la utilices te sirve para una cosa u otra. Puedes querer cambiar y llegar a un nuevo lugar. Si es así deberás elegir si quieres el camino más rápido o el menos peligroso. Lo ideal es que coincidan, pero no suele ocurrir. Se supone que cuando quieres ir a otro lugar es para estar mejor, por lo que asumes que ese cambio es un bien, algo deseable. Sin embargo, es posible que quieras llegar el primero o sólo llegar. No es lo mismo, y la estrategia del viaje es distinta.

Hay otro enfoque en el uso del mapa. Los hay que no quieren moverse de donde están, que les gusta su territorio e incluso no les gusta compartirlo. En ese caso la clave está en analizar a quién tengo alrededor, quién puede llegar rápidamente donde yo estoy y qué poder tiene de ocupar mi espacio. Suelen ser personas que entienden los mapas como algo estático, con unas dimensiones fijas. Los territorios no crecen o menguan, sólo permanecen. Creo que es una visión cortoplacista y desenfocada.

Me gustan más los mapas inestables, líquidos como diría Bauman. Mapas que dan un cierto margen de autogestión, donde el viaje es tan importante como llegar. Los entornos líquidos parecen ser anárquicos, pero no lo son, lo que ocurre es que están asentándose, definiendo sus fronteras, marcando los caminos más cortos y más seguros. Dan más oportunidades de elegir.

Una sociedad líquida no es una sociedad sin valores, al contrario, es una sociedad con demasiados valores, demasiados para ser homogénea, para ser pétrea. Pero esa proliferación de valores nos lleva a la incertidumbre, al abismo de la inestabilidad, de la pérdida de referencias estáticas y dadas. No hay referencias, sólo alternativas.

Las empresas están en un momento clave. Las más tradicionales, las que llevan mucho tiempo en el mercado, han de asumir que éste ya no es lo que era, y no sólo eso, sino que mañana no será lo que es hoy. Que las formas de hacer las cosas se quebraron y se siguen quebrando. Que la inestabilidad es el estado natural de los mercados.

Las barreras de entrada a los mercados se caen, los productos sustitutivos creen alrededor de mi marca, los clientes son también proveedores y los proveedores clientes, y el valor ya no es lo que era. Ya el valor no está sólo en el precio, sino que podemos acceder a nuevas formas de valor. El conocimiento es clave, y es un elemento dinamizador fundamental para las empresas. Acceder a él hace que una empresa sea resiliente o no. Pero seguimos valorando más el trabajo físico, o al menos es lo único que pedimos al trabajador como elemento diferenciador (no en todos los trabajos, evidentemente).

Las empresas, las organizaciones, son contrarias a la inestabilidad. La inestabilidad se caracteriza por:

- Pérdida de referencias y búsqueda de otras nuevas

- Abundancia de “soluciones alternativas”

- El valor de conocimiento crece de manera exponencial

- Es más importante saber cómo crear un camino que tenerlo

- La resiliencia es una parte de la gestión

- La innovación es una parte de la gestión

- El factor “edad” pierde importancia, para lo bueno y para lo malo

- No hay valores dominantes. El terreno está abonado para los charlatanes

- El cambio es un estado en sí mismo

Por supuesto, hay una gran resistencia al cambio, a navegar en la inestabilidad, pero eso es lógico, es humano. La inestabilidad nos obliga a asumir que hasta nuestra zona de confort ha dejado de ser un territorio para pasar a ser un estado: yo no estoy en mi zona de confort y por eso me encuentro cómodo y a gusto, puesto que asumo el cambio y la inestabilidad como algo natural me encuentro a gusto y creo mi zona de confort.

Hemos dejado de centrar nuestra reflexión en el producto (estático, sólido, conocido, definido) a hacerlo en nuestros clientes (cambiantes, diversos, dispersos, desconocidos, indefinidos). Hemos pasado de modelos de gestión piramidalmente sólidas a otros transversalmente líquidos, donde el matiz tiene valor, donde el diseño del modelo es el primer paso de la gestión. Ya no nos es dado, sino que nos dejan una caja con piezas que hemos de montar sin instrucciones. Modelos de gestión personalizados.

Al final, si la sabemos gestionar, la inestabilidad es una ventaja, un valor a proteger. Nos abre puertas, nos hace estar alertas, no dar nada por supuesto, nos hace investigar, conocer nuevos modelos, nos hace centrarnos en el valor del conocimiento, nos convierte en empresas inteligentes, dispuestas a apostar por modelos de gestión alternativos, nos hace ser abiertos.

Lo mejor o lo peor, según se mire, es que la inestabilidad no es una opción. Trabajar en el mundo actual implica ser capaz de asumir la incertidumbre como parte de la ecuación. Si busca un mapa, deje la hoja en blanco y empiece a caminar, a partir de ahí irá dibujando su territorio.