La frontera que existe entre Corea del Norte y Corea del Sur tiene nada más y nada menos que 238 km de longitud. Más allá de las características físicas, esta valla permanente les recuerda a ambos países que la guerra acabó, pero la tensión no. Lo corroboran los checkpoints previos a la zona desmilitarizada que puede visitarse —más conocida como DMZ (Demilitarized Zone)—, la presencia constante de militares (en una zona en teoría pacífica) y la innumerable cantidad de reglas que hay que cumplir para acceder allí.

Más de un millón de turistas al año visitan la DMZ desde el lado surcoreano: no solo los extranjeros sienten curiosidad, también los coreanos quieren presenciar cómo una franja de 4 km de ancho separa su país en dos. Para acceder a la zona hay que ir, de forma obligatoria, con un viaje organizado; la opción de presentarse allí por libre con un coche particular es implanteable. Los requisitos básicos para poder contratar la susodicha excursión se basan en no ir vestido con pantalones rotos, tirantes o chanclas; enviar con antelación la información del pasaporte y no ejercer la profesión de periodista.

Dentro del tour que ofrecen las cientos de agencias de viajes para ver estos kilómetros de territorio neutro, se inicia con la visita a un centro de visitantes de la JSA (Joint Security Area), que tiene una sala de conferencias y una tienda de souvenirs. El recuerdo estrella es un trocito de alambre de púa situado en una placa metálica: representa en relieve la división de las dos Coreas.

El resto de objetos que venden varían desde billetes de Corea del Norte, ropa de camuflaje con las siglas DMZ, juguetes que imitan vehículos militares o gorras con «Panmunjom» (el pueblo sobre el que se asienta la frontera) grabado encima.

Tras la tienda de souvenirs la visita prosigue hacia el «Área de seguridad compartida», el espacio más popular del viaje. Se trata de la única zona de la frontera donde los soldados de ambas partes están situados frente a frente, a escasos metros, día y noche. El soldado estadounidense que desde el traspaso del primer checkpoint lidera el tour explica que los soldados que hacen guardia en esa zona pasan 12 horas al día sin variar su postura con un intervalo de 15 minutos para ir al servicio. Insiste en que para ellos es un honor cumplir con esa función porque sienten que están protegiendo a su país.

Al otro lado de la barrera hay soldados norcoreanos y un edificio con cristales opacos. Un grupo de turistas chinos observa atentamente desde la puerta: la frontera también supone un negocio para Corea del Norte. Las fotos al edificio y a los soldados norcoreanos están terminantemente prohibidas, solo se permite fotografiar dentro de la sala donde se firmó el acuerdo, custodiada por un soldado de cada bando.

La siguiente parada se trata de un mirador desde el que se puede observar lo que los surcoreanos llaman el «Propaganda Village» y los norcoreanos, «El pueblo de la paz». Sorprendentemente, es una población deshabitada con figurantes que que aparentan ser ciudadanos que residen allí, temporizadores que encienden y apagan las luces a determinadas horas y habitaciones sin muebles ni personas dentro.

Según el guía norteamericano, fue una estrategia de Corea del Norte para aparentar lujo y atraer a los soldados que estuvieran dudosos en la época que siguió al armisticio.

No resultan menos excéntricos los túneles que se pueden examinar durante el itinerario: tras una bajada de más de un kilómetro con casco y linterna incluidos, se accede a lo que según explican fueron los intentos de Corea del Norte por invadir Corea del Sur. La versión oficial es que Corea del Norte ha negado rotundamente estos hechos, a pesar de que durante el paseo dentro del túnel se pueden observar cascos, camisas, placas y pantalones del ejército norcoreano. Recuerda en cierto modo a una obra de teatro o a un museo.

La penúltima parada tampoco está libre de sorpresas: junto a una valla plagada de tiras de colores con mensajes que claman la paz, un puente donde intercambiaban prisioneros, una estación de tren impecable pero inutilizada y un memorial por las víctimas de la guerra, hay un parque de atracciones.

El final no pierde ese tinte de espectáculo que ha caracterizado todo el circuito: la visita acaba con la parada obligatoria en una tienda de joyas coreanas ya ubicada en Seúl, con el irracional pretexto de permitir a los visitantes «celebrar la paz».