En los últimos tiempos el superávit comercial de Alemania ha vuelto a los titulares. A principios de este mes, justo antes de la reunión del G20 en Hamburgo, la revista británica The Economist sacaba el tema en portada y lo calificaba como “el problema alemán” (una frase con enorme carga histórica). El asunto tiene su enjundia. Alemania ha logrado en 2015 y 2016 un superávit comercial por encima del 8% del PIB, o lo que es lo mismo, ha exportado alrededor de 300.000 millones de dólares más que ha importado, convirtiéndose de lejos en el país con el superávit más abultado. Como referencia, el superávit de China es solo de 200.000 millones de dólares.

Desde el punto de vista económico, el enorme superávit alemán tiene varias lecturas. Para la escuela neoclásica, muy centrada en la oferta, el poder exportador alemán demuestra la excelencia y eficiencia teutona. Los alemanes han desarrollado un modelo de capitalismo, y unos productos, que son la envidia del mundo, y que crean su propia demanda. Si un consumidor o empresario tiene el dinero para hacerlo, seguramente comprará una lavadora, un coche o una máquina de alta precisión o un robot alemán.

Para los keynesianos, en cambio, el superávit alemán es un dolor de cabeza constante. Alemania sigue una política neomercantilista de reducción de salarios y se aprovecha de la demanda, o sea, de los estímulos que generan otros países, sobre todo EE UU, Reino Unido y China, pero también en su día la periferia de la zona euro. Bajo esta lógica, Alemania es una fuerza deflacionaria peligrosa. Para poder competir con sus productos, los demás Estados también tienen que bajar sus salarios (véase España hoy) y eso hace que el mundo esté constantemente al borde de la recesión.

Para evitar esto, desde Londres, y cada vez con más insistencia desde Washington desde que Donald Trump ha llegado a la presidencia, se pide, y hasta se le exige a Alemania que cambie de política económica; que estimule la subida de los salarios, que reduzca los impuestos y que aumente la inversión pública. Es decir, que desate de una vez por todas una expansión fiscal. Trump ha declarado en varias ocasiones, incluso ante la mismísima canciller alemana, Angela Merkel, que cree que el superávit alemán es malo para EE UU y ha amenazado con subir los aranceles a las importaciones provenientes de Alemania.

Esta crítica no es nueva. Washington lleva denunciando los superávits alemanes desde los 60 del siglo pasado cuando el Wirtschaftswunder (el milagro económico) alemán ya empezaba a hacer mella en la industria estadounidense. Sin embargo, desde la disciplina de la economía política internacional, que combina el estudio de la economía internacional y las relaciones internacionales (incluida la geopolítica), este nuevo enfrentamiento diplomático-comercial entre Estados Unidos y Alemania es significativo porque demuestra que EE UU está perdiendo poder estructural, mientras que Alemania lo está ganando, un síntoma más del declive hegemónico estadounidense y un paso más hacia un orden geopolítico más multipolar.

Poder monetario internacional

En la literatura de la economía política internacional hay un concepto muy útil para explicar esta evolución: el poder monetario internacional, que se define como la capacidad que tiene un país para evitar los costes en el reequilibrio de su balanza de pagos. En la economía mundial hay países que tienen grandes superávits, es decir, exportan mucho más que importan. Por ejemplo, Alemania, China y Japón. Hay otros que suelen tener déficits: EE UU, el Reino Unido y España, antes de la crisis. Cuando esos déficits o superávits se vuelven excesivos, se produce un ajuste, y ése suele ser doloroso, sobre todo para los países en déficit. De nuevo España es un buen ejemplo. Ha tenido que acometer una devaluación interna para aumentar su competitividad y reducir el déficit por cuenta corriente.

Sin embargo, si un país tiene poder monetario internacional puede usarlo de dos maneras. En primer lugar, puede postergar el ajuste en su economía porque puede seguir financiando su déficit comercial de manera muy barata. Estados Unidos, tradicionalmente, ha sido el país con más poder de retraso del ajuste. Al emitir la moneda internacional por excelencia, los tipos de interés que paga por endeudarse son muy bajos. Esa es la razón por la que EE UU ha sido capaz de vivir por encima de sus posibilidades durante más de 40 años. Con el euro, los países europeos también aumentaron su poder monetario. Eso explica el boom crediticio que disfrutó España en la primera década de la moneda única. Es difícil imaginar que nuestro país pudiese financiar un déficit por cuenta corriente del 10% sin el euro.

Ahora bien, el país de la zona euro que ha aumentado más su poder monetario es Alemania. No solo puede financiar su deuda a tipos bajísimos, hasta negativos, lo que quiere decir que los inversores le pagan a Alemania por comprar su deuda. Cuando ha llegado el ajuste en esta última crisis, ha sido capaz, primero, de defenderse del poder de desvío del ajuste de EE UU y, a su vez, gracias a la flexibilidad de su economía, amortiguar el impacto de la crisis y desviar muchas de sus exportaciones hacia Asia, principalmente China, al mismo tiempo que Estados Unidos estaban reduciendo su propio déficit por cuenta corriente.

El concepto de poder monetario internacional se sustenta, por lo tanto, sobre dos elementos. Uno es el poder de retrasar el ajuste macroeconómico y el otro es el poder de desviar parte del coste del ajuste sobre los socios comerciales. Estados Unidos durante décadas tuvieron esas dos herramientas, pero esta crisis ha demostrado que han perdido mucho poder de desvío del ajuste en relación con Alemania. El superávit comercial alemán es un desequilibrio estructural en el sistema monetario internacional, pero en los 70 y 80 del siglo pasado EE UU era capaz de reducirlo utilizando varias armas, tal y como lo explica Randall Henning.

En 1971 el presidente Richard Nixon, por ejemplo, desancló el dólar del patrón oro (y como consecuencia acabó con el sistema de Bretton Woods) para devaluar la moneda estadounidense y así reducir el déficit comercial de EE UU, que era especialmente abultado con Alemania y Japón. En esa misma década el entonces presidente Jimmy Carter implementó una política fiscal superexpansiva que exportaba inflación a Alemania y minaba su competitividad; y en los 80, todavía en la Guerra Fría, Ronald Reagan incluso amenazó a Alemania y Japón con retirar las tropas estadounidenses asentadas en sus países si no revalorizaban sus monedas frente al dólar. Es así como se llegó al conocido como el Acuerdo del Hotel Plaza en Nueva York de 1985. Es importante además señalar que en todos estos casos EE UU siempre buscó, y encontró, a Francia como aliado para presionar a los alemanes.

El poder de Trump

La pregunta ahora es si Donald Trump va a poder desplegar el mismo poder monetario sobre Alemania. En principio está usando las mismas tácticas: amenaza de aranceles, asustar a los alemanes con retirarse de la OTAN, exigir la revalorización del euro y coqueteos con el presidente francés, Emmanuel Macron. Sin embargo, hoy en día EE UU no tiene las mismas palancas de presión. Por dos razones. Europa, sobre todo la zona euro, está más unida. Y China ejerce de contrapoder a EE UU. Si Trump impusiese aranceles sobre los productos alemanes, empujaría a Berlín más cerca de Pekín. Si se retirase de la OTAN, perdería a los europeos como aliados y aceleraría la integración militar europea.

Apreciar el euro tampoco es fácil. El Banco Central Europe tiene muchos más resortes y poder que el Bundesbank en los 80. Y por ahora su política monetaria va a seguir laxa. Finalmente, es verdad, que Macron se ha acercado a Trump e incluso puede que se alíe con él para presionar a Merkel con el fin de que relaje su política fiscal y así reducir el superávit alemán. Pero si lo hace es por interés propio. Porque a Francia le interesa una política más expansiva de Alemania mientras hace las reformas internas y como posible chantaje para que Berlín ceda en la creación de un presupuesto para la zona euro, el siguiente paso en la integración de la unión monetaria.

Hasta ahora, desde la creación del euro, Francia nunca se ha puesto del lado de EE UU en las reuniones del G20 que han abordado el superávit alemán. Es difícil que esto cambie. Lo más normal entonces es que el superávit alemán vaya a continuar, ya que es reflejo del éxito del capitalismo renano, basado en una especialización sin parangón, tanto en la formación como en la producción. En 2016 no solo Alemania (8,3%) superó la barrera del 8% de superávit. También lo hicieron Dinamarca (8,1%), los Países Bajos (8,4%) y Suiza (10,7%). Todos países con el mismo tipo de capitalismo y en lo más alto de los rankings de bienestar.

Claro está que por su tamaño el superávit alemán es el que más tensión crea en el sistema. Si uno desglosa los números (como se ha hecho aquí), observa que Alemania tiene un superávit con todas la regiones del mundo, siendo los más grandes con EE UU, Reino Unido y Francia. La única región del mundo que ha reducido su déficit con Alemania desde el comienzo de la crisis es el sur de la zona euro. Es más, con el precio del petróleo tan bajo, Alemania incluso tiene superávits con sus mayores proveedores de energía: Rusia y Noruega. Algo inaudito.

¿Qué se puede hacer entonces frente a semejante máquina de exportar? Introducir aranceles, como plantea Trump, no sería lo más recomendable para la economía global. Realmente, como apunta Martin Sandbu, no se puede hacer mucho desde fuera. Eso sí, Alemania tiene que reinvertir esas ganancias en alguna parte y es ahí donde hay que poner el foco. En primer lugar, sería bueno que el país invirtiese más en casa en infraestructuras y tecnología. Pero eso tiene que venir de los alemanes. Así como Grecia solo la pueden reformar los griegos, lo mismo vale para los alemanes y Alemania. Si, en cambio, quieren invertir ese dinero fuera (como así parece), pues se tendría que canalizar hacia inversión productiva y no meramente especulativa. Pero eso es una decisión sobre todo de los países receptores, incluido Estados Unidos.

De nuevo, España es un buen ejemplo. En vez de destinar la inversión (es decir, el gasto) alemana hacia el turismo, el ladrillo o los bonos del tesoro del Estado, es importante que vaya a la industria, la tecnología y la innovación, bien sea vía el sector privado o el público, a través de un tesoro de la zona euro o cualquier otro fondo que se cree. Pero es importante tener en cuenta que el destino de esa inversión depende tanto de los españoles como de los alemanes.