Hace meses que el Rif marroquí se encuentra en plena ebullición. Una revuelta encarnada por el Hirak, que enarbola legítimas reivindicaciones de orden político, económico, social y cultural sobre un trasfondo identitario, que amenaza con extenderse más allá de la provincia de Alhucemas, dejando en evidencia las lagunas del proceso de transición política en Marruecos.

El pasado 25 de junio, durante el Consejo de ministros que el rey marroquí, Mohamed VI, presidió en el Palacio Real de Casablanca, el jefe de Estado transmitió al Ejecutivo su descontento por la pobre progresión del plan de desarrollo Alhucemas, faro del Mediterráneo, cuyo lanzamiento se había producido apenas dos años antes. Tal y como dio cuenta el comunicado real vertido a la conclusión del cónclave por la agencia oficial, la MAP, el Rey encomendó a los ministros de Interior y de Finanzas la apertura de una investigación para dirimir responsabilidades por los retrasos y, de paso, resolvió privar de vacaciones estivales a los miembros del gabinete gubernamental implicados en los proyectos en la capital rifeña.

Tras casi nueve meses de protestas e interpelaciones directas de los contestatarios a la máxima autoridad del país, era ésta la primera reacción pública del soberano ante la situación en el Rif, donde se suceden las manifestaciones, a las que de forma sostenida acuden casi diariamente cientos de personas, desde que el 28 de octubre de 2016 un joven vendedor de pescado, Mouhcine Fikri, falleciera triturado en un camión de basura mientras intentaba recuperar la mercancía que la policía acababa de confiscarle. “Es difícil pretender una intervención directa del Rey sin que haya garantías de que su acto sea decisivo y traiga la calma a la región”, justifica Nouredín Miftah, director del semanario político Al Ayyam y presidente de la Federación marroquí de editores de periódicos.

Las únicas informaciones que habían trascendido sobre el parecer del soberano ante la crisis rifeña fueron las aportadas por el Presidente francés, Emmanuel Macron, de visita en Rabat el 14 de junio. “El Rey está preocupado por la situación en esta región de la que se siente próximo y donde acostumbra a pasar regularmente sus vacaciones”, dijo en rueda de prensa Macron, erigiéndose, quizá sin saberlo, en improvisado portavoz de Palacio. Interpelado por los periodistas, el líder galo desveló que Mohamed VI estimaba que “el movimiento de contestación es un derecho constitucional adquirido por los ciudadanos” y que “la solución a esta crisis solo podría hallarse abordando sus causas profundas, no únicamente a través de la represión feroz de los manifestantes”. Un anhelo que dista de lo constatado sobre el terreno durante los últimos meses. Lo más reciente, el 26 de junio, el día después del Consejo de ministros presidido por Mohamed VI y de la festividad del Aïd el Fitr, que marca el fin del mes sagrado musulmán del Ramadán, cuando los miles de personas que acudieron a las marchas convocadas en Alhucemas y otras localidades de la provincia para reclamar la liberación de los presos del movimiento fueron severamente contenidas. Las imágenes de la acción de las autoridades difundidas a través de las redes sociales suscitaron una gran ola de indignación, tanto dentro como fuera de Marruecos, si bien la respuesta oficial fue la de únicamente lamentar 39 heridos entre efectivos de las fuerzas del orden, obviando cabezas ensangrentadas de vecinos, mujeres desmayadas, heridos hospitalizados y 150 detenidos, el grueso de los cuales ha sido puestos en libertad.

Reivindicaciones legítimas

La trágica muerte de Mouhcine Fikri suscita de forma espontánea las iras de la población, que se echa a las calles de la histórica capital del Rif, que apenas sí cuenta con 60.000 habitantes censados. “Queríamos que se clarificasen las circunstancias de la muerte de Mouhcine Fikri, que se llegase hasta el final en la investigación y que se castigase a sus asesinos”, exhorta Morad, un treintañero en paro presente en aquella marcha. Era la primera de muchas otras manifestaciones del Hirak (movimiento, literalmente), cuyas reclamas iniciales se limitan al dossier de Fikri y a las que rápidamente se adhirieron el grueso de organizaciones civiles, sindicatos y partidos, aunque únicamente a nivel local. “La no satisfacción de nuestras demandas ciudadanas, la acusada presencia de los cuerpos y fuerzas de seguridad en las calles de nuestra ciudad, la gestión de las protestas bajo un prisma preeminentemente represivo y la ausencia de interlocutores válidos para iniciar un diálogo nos han impelido a seguir, ampliando nuestras demandas y luchando por lo que nos parece justo de forma pacífica”, explicaba Najib Ahamjik, uno de los principales lugartenientes de Naser Zafzafi, líder del Hirak, antes de su arresto. El vacío político en el Gobierno, resultado del bloqueo de Palacio a Abdelilá Benkirán, ex jefe de Gobierno y líder del islamista Partido Justicia y Desarrollo, la regresión de las libertades públicas y la represión de la contestación abonaron las tesis del ala dura del Hirak, rechazando el diálogo directo con representantes del Estado y de los partidos políticos.

Las demandas se van ampliando y estructurando hasta destilar un auténtico programa de orden político, económico, social y cultural

Las demandas se van ampliando y estructurando hasta destilar un auténtico programa de orden político, económico, social y cultural. Además de mantener la necesidad de llegar al fondo de la investigación sobre la muerte de Mouhcine Fikgri, el Hirak también reivindica arrojar luz sobre el deceso en extrañas circunstancias de cinco jóvenes en una agencia bancaria de Alhucemas tras la manifestación del 20 de febrero de 2011, que dio comienzo a la “primavera árabe” marroquí. Los activistas del Hirak también piden la liberación de todos los prisioneros políticos rifeños y el fin de la persecución de la que son objeto los pequeños cultivadores de cannabis de la región, pero también la abrogación simbólica del Dahir (decreto) de 1958, promulgado en el marco de la represión operada por Hasán II, que hace de Alhucemas una región militarizada. Los contestatarios rifeños acusan a la administración de corrupción y de servir a los intereses de lobbies inmobiliarios, reclamando el fin de las expropiaciones justificadas en nombre del interés general y la confiscación de las tierras colectivas. Además, piden que la función pública reclute a sus funcionarios entre los habitantes de la región y que el tamazight (beréber) se erija en la lengua de la administración local.

Los militantes reclaman la supresión del “bloqueo económico” y el fin la “corrupción generalizada” en aras de promover el despegue económico del Rif. La marginalización económica de la región está provocada por la política de Hasán II, que tras liderar una violenta represión a finales de los 50, nunca volvió a visitar la zona durante su reinado. A pesar de los intentos de Mohamed VI de reconciliarse con el Rif, lo cierto es que las condiciones socioeconómicas no han cesado de degradarse, estimándose que la tasa de paro es superior al 25% (frente a apenas el 10% en el resto del país), siendo especialmente acusada entre los jóvenes, donde el desempleo rebasa el 40%. La crisis económica en Europa y el descenso de las remesas enviadas por los rifeños de la diáspora y las políticas públicas para erradicar la cultura del cannabis, del que viven miles de familias, no han hecho sino empeorar la situación. Para revertirla, el Hirak hace especial hincapié en el sector pesquero, principal fuente de empleos de la provincia y que, en manos de lobbies, adolece de estructuración y modernización. Para impulsar la creación de empleo, se aboga por la puesta en marcha de unidades industriales de transformación de pescado y la mejora de la situación social de los pequeños pescadores. Consideran la agricultura como otro sector con un potencial enorme en una región cuya producción agrícola es de las más bajas del país, a pesar de ser considerada como una de las más fértiles.

Las infraestructuras se antojan clave, ya que el despegue económico pasa por una mejor conectividad de la región, haciendo que llegue el tren y una autopista a la provincia, y acelerando los trabajos de la vía rápida entre Alhucemas y Taza, al norte de Fez. La ampliación del aeropuerto Charif Idrissi y la apertura de nuevas conexiones aéreas también figuran en la agenda económica del Hirak. A nivel social, destaca la demanda de poner en marcha una universidad pluridisciplinar, la creación de un instituto de formación y la ampliación de la red de escuelas e institutos, pero también la construcción de un hospital, un centro de oncología, ambulatorios de proximidad y un centro para discapacitados. La cultura está asimismo muy presente en el programa de los activistas a través de la edificación de una biblioteca provincial, un centro cultural, un teatro, un conservatorio y la conclusión del proyecto de museo del Rif promovido por el Consejo Nacional de Derechos del Hombre pero que acumula importantes retrasos a causa de “complicaciones administrativas”.

La epopeya de Abdelkrim

“Los males que padece Alhucemas son comunes a otras regiones y deben ser curados a escala nacional. Reducir el Hirak a una simple contestación social implica arriesgarse a no comprender el movimiento porque esta región tiene sus particularidades. La historia del Rif ha alimentado la desconfianza y la animosidad entre los habitantes y el poder central”, enfatiza Aicha Akalay, directora del semanario TelQuel. La epopeya de Abdelkrim el Jatabi, símbolo del irredentismo local, es omnipresente en la memoria colectiva del Rif. En 1921, el hijo del jefe de la tribu de los Beni Urriaguel desata las hostilidades contra el invasor español, que ocupa el norte de Marruecos bajo forma de Protectorado desde 1909. Derrotado el Ejército español el 21 de julio de 1921 en el conocido como “desastre de Anual”, Abdelkrim proclama la efímera República del Rif, en vigor entre 1923 y 1926, que aún hoy suscita los fantasmas de quienes ven aquí el germen del independentismo rifeño. Pero más allá de la importancia de la figura de Si Mohand, como se conoce aquí a Abdelkrim, la historia del Rif está jalonada de otros episodios de desafíos, revueltas y represión.

Los males que padece Alhucemas son comunes a otras regiones y deben ser curados a escala nacional

Cuando en marzo de 1956 se proclama oficialmente la independencia de Marruecos de España y Francia, el Ejército de Liberación, fundado por resistentes rifeños el octubre del año anterior, resuelve no entregar las armas al considerar que se mantiene la tutela colonial, generando tensiones en el bando nacionalista. En noviembre de 1958, los rifeños presentan un programa de 18 puntos al rey Mohamed V, en donde se recogen las preocupaciones de la población, que van desde la evacuación de tropas extranjeras hasta el regreso de Abdelkrim el Jatabi a Marruecos, pasando por la creación de empleos, la bajada de impuestos y la representación política. La respuesta de Rabat fue una dura represión militar. Unos 30.000 hombres dirigidos por el entonces príncipe heredero, el futuro Hasán II, logran la pacificación. La represión provoca miles de muertos (entre 2.000 y 8.000, según fuentes), numerosísimas víctimas, así como el incendio y destrucción de bienes. Sofocada la rebelión a sangre y fuego, el Rif es sometido a un estricto régimen militar, que ahonda la ya de por sí maltrecha situación social, forzando a los rifeños a emigrar hacia Europa desde comienzos de los 60, acrecentando su leyenda de “región maldita”.

En un contexto socioeconómico desastroso, inmerso el Estado en pleno proceso de ajuste incentivado por el FMI y el Banco Mundial, el 19 de enero de 1984, primero como revuelta estudiantil en Alhucemas que se extendió a Nador, los habitantes del Rif se sublevan una vez más contra sus condiciones de vida bajo el régimen de Hasán II. Las medidas que limitan las actividades ilícitas de las que vive buena parte de la región y el incremento del coste de la vida y de los productos básicos desencadenan la denominada “revuelta del hambre”, que es reprimida duramente por las autoridades. Las fuerzas del orden disparan sobre todo lo que se mueve. Se producen cientos de arrestos. El balance oficial presentado el 25 de enero por el primer ministro es de 16 personas muertas y 37 heridos, con numerosos daños materiales. Asociaciones de defensa de los derechos humanos denuncian la existencia de fosas comunes, lo que dejaría en evidencia que el número de fallecidos fue muy superior al presentado oficialmente por el Estado. El 22 de enero, a través de un discurso televisado, el soberano insultaba a los rifeños, a quienes tildaba de “apaches”, “contrabandistas” y awbach (deshechos de la sociedad), evidenciando su desprecio por el Rif, región que castigó y nunca visitó oficialmente durante su largo reinado.

La noche del 24 de febrero de 2004 un temblor de tierra de una magnitud de 6,3º en la escala de Richter asola Alhucemas y localidades vecinas como Imzouren. El balance definitivo es de 629 muertos y 926 heridos, dejando sin hogar a más de 15.000 personas. Las carencias de la región quedan nuevamente en evidencia. El Estado promete un vasto programa de inversiones en infraestructuras y en viviendas para el realojamiento de los damnificados, que nunca se cumple. Los retrasos e insuficiencias de los proyectos gubernamentales se sitúan en el origen de movimientos sociales como el de Tamasint, que organizan marchas y manifestaciones que, en muchos casos, son violentamente reprimidas. En 2011, el Movimiento del 20 de febrero, versión local de la “primavera árabe”, también está presente en Alhucemas, donde varios inmuebles son incendiados y hasta cinco jóvenes son hallados calcinados entre los escombros sin que la justicia llegue a dilucidar responsabilidades. En 2012, un movimiento social en Beni Buayach concluye con disturbios y fuertes condenas para sus promotores. “Pregunte a quien quiera. Nadie trabaja aquí. En Rabat todo va bien. En Casablanca todo va bien. Pero aquí, no tenemos nada. Alhucemas es pobre y nosotros, hoy al igual que ayer, seguimos discriminados”, se lamenta Mokhtar, un vendedor ambulante que acaba de instalar su puesto de frutas frente al mercado de El Klet, en pleno centro de la capital rifeña.

Zefzafi, entre héroe y villano

El Hirak es un movimiento de contestación que nace de la emoción tras la muerte de Mouhcine Fikri y que se alimenta de una situación de desesperación social sobre un marcado sustrato identitario. Además de contener reivindicaciones de toda índole, el Hirak es la expresión de un sentimiento de cólera, contra la humillación (hogra, en árabe marroquí) y los abusos de parte del Majzén, el régimen tradicional marroquí. Nadie encarna mejor el Hirak que su líder, Naser Zefzafi, un joven sin apenas formación que desarrolló diferentes trabajos, como el de portero en un bar, antes de multiplicar sus intervenciones públicas, tanto en las calles de Alhucemas como a través de las redes sociales, hasta convertirse en el símbolo de la revuelta. Las acusaciones de populismo han perseguido a Zefzafi. “El problema de la mayoría de actores del campo contestatario es la falta de formación política. Cuando se abre una ventada de oportunidad no tienen otra alternativa que la improvisación, tomando elementos de aquí y de allá para movilizar. Y el recipiente global del que bebe es el populismo”, estima el politólogo Nabil Muline. Es por ello por lo que el líder del Hirak utiliza diferentes registros: izquierdista, pacifista, regionalista, étnico e incluso religioso. “Zefzafi pone el acento sobre las características de la gente de la región, excluyendo a los demás. Somos rifeños, valientes herederos de El Jatabi… Un registro que impide al movimiento cambiar de escala, pasar de la dimensión regional a la nacional y obtener la simpatía popular a lo largo y ancho del territorio marroquí, pudiendo entonces ejercer una mayor presión sobre las autoridades”, estima Muline.

El problema de la mayoría de actores del campo contestatario es la falta de formación política

Objetivo a batir durante meses, objeto de una campaña de desprestigio y difamación en toda regla, en la que, entre otros, se le acusó de estar a sueldo de Argelia, recibir dinero del narcotráfico o incluso padecer trastornos mentales, Zefzafi fue arrestado el 29 de mayo tras haber irrumpido en una mezquita del centro de Alhucemas acusando al imán de utilizar el púlpito con fines políticos. Trasladado a la sede de la Brigada Nacional de la Policía Judicial en Casablanca, al igual que otros responsables del movimiento, Zefzafi fue oficialmente acusado de “atentar contra la seguridad interior, la integridad territorial del Reino, incitación a la rebelión armada” y de “recibir dinero y apoyo logístico del extranjero”. “Los dirigentes del Hirak, y sobre todo su figura más visible, Naser Zefzafi, no dudan en criticar al Rey en lugar de utilizar los eufemismos habituales como Majzén, régimen o Rabat. Y esta es la causa principal de su arresto y de la campaña de difamación orquestada contra el movimiento”, estima el historiador Maati Monjib. Según éste, “reconociendo implícitamente la legitimidad del monarca como primer responsable del país, Zefzafi lo pone públicamente ante sus responsabilidades y habla de sus ausencias prolongadas en el extranjero. Las críticas que dirige hacia la monarquía, corrosivas a la larga, han hecho encolerizar al entorno real y de ahí el envío de un contingente desproporcionado de fuerzas del orden a la región y los arrestos”. “Todos somos Zefzafi” se ha convertido desde su detención en uno de los lemas del movimiento, cuya cara más visible desde entonces es Nawal ben Aissa, ama de casa de 38 años de edad y madre de cuatro niños.

Complot extranjero

Junto con la represión policial y judicial, la presencia de banderas de la República del Rif y amazighes (beréberes) en las manifestaciones ha hecho que desde Rabat se ponga el acento en las pretendidas veleidades separatistas del Hirak, orquestando una campaña mediática y a través de las redes sociales que intenta desacreditar el movimiento a ojos de la opinión pública y, de paso, evitar el riesgo de contagio a otras regiones. A finales del pasado mes de marzo, el diario casablanqués Al Ahdath al Maghribia publicaba una investigación basada en “numerosas informaciones recogidas de diferentes fuentes seguras” que concluía que la contestación en el Rif era, pura y simplemente, el resultado de “un complot financiado por personalidades públicas y barones de la droga instalados en Europa y en Estados Unidos, cuyo objetivo es fomentar el separatismo a través de la instauración de un clima de contestación social duradera e inestabilidad”. Las hipótesis sobre la mano negra de Argelia y del Frente Polisario, siempre en relación con los presuntos anhelos independentistas de la contestación, han sido frecuentemente evocados para deslegitimar el Hirak. La pista de Daesh y la existencia de un supuesto plan para la edificación de un Estado islámico en el Rif también han sido invocadas. Más recientemente, Rabat ha llamado a consultas a su embajador en La Haya para protestar por la negativa de las autoridades holandesas a repatriar a Said Chaou, un ex diputado marroquí, cercano familiar de Ilyas el Omari, presidente de la región Tánger-Tetuán-Alhucemas y secretario general del Partido Autenticidad y Modernidad, contra quien pesa una orden de arresto en Marruecos por tráfico de estupefacientes y a quien se atribuiría la financiación del Hirak con fines independentistas.

Mientras el Rey arremete contra sus ministros y se intenta relanzar el plan de desarrollo para la región de forma unilateral, sin haber emprendido conversación alguna con los contestatarios, la represión continúa sobre el terreno, con una acusada presencia de las fuerzas del orden y sucediéndose los enfrentamientos y arrestos. La campaña de descrédito, el arresto de los líderes del movimiento, las intimidaciones y amenazas de las que son objeto familiares y periodistas no han servido hasta el momento para disminuir la cadencia de las protestas. Estas incluso han trascendido las fronteras del Rif, destacando la marcha que tuvo lugar el 11 de junio en la capital, Rabat, donde decenas de miles de personas respondieron al llamamiento hecho por partidos de izquierda, militantes del 20 de febrero y del movimiento amazigh, a quienes se unieron sindicatos y formaciones islamistas, sobre todo Justicia y Caridad, principal organización islamista del país, prohibida pero tolerada de facto por las autoridades. Una movilización que nada tuvo que envidiar a las que se registraron durante las “primaveras árabes”, hace ya seis años. Casablanca, Meknés, Fez, Tánger, Oujda, Nador y decenas de pequeñas localidades han acogido marchas de apoyo al Hirak. También son habituales las concentraciones de solidaridad con este movimiento en capitales europeas que cuentan con una importante presencia de la diáspora rifeña, destacando las que tienen lugar en Alemania, Holanda, Bélgica, Francia y España. El enfoque eminentemente represivo elegido por las autoridades sorprende por su ineficacia en un país que había mostrado su capacidad para abrirse hacia la sociedad y operar cambios de forma gradual, preciándose de ser un islote de estabilidad en una región convulsa. El Hirak ha puesto en evidencia las contradicciones y límites del proceso transicional marroquí, la pervivencia de los viejos reflejos, las carencias y debilidades del sistema de partidos, así como la inexistencia de canales de intermediación entre la ciudadanía y el auténtico poder.