Desde la revolución agraria, el progreso tecnológico siempre ha alimentado fuerzas opuestas de dispersión y concentración. La primera ocurre con la erosión de viejos poderes y privilegios; la segunda, cuando se expande el poder y el alcance de quienes controlan las nuevas capacidades. La denominada Cuarta Revolución Industrial no será una excepción.

La tensión entre dispersión y concentración ya se está agudizando en todos los niveles de la economía. A lo largo de la década de 1990 y los comienzos del nuevo milenio, el comercio creció dos veces más rápido que el PIB, sacando de la pobreza a cientos de millones. Gracias a la globalización del capital y del conocimiento, los países fueron capaces de desplazar recursos a sectores más productivos y mejor remunerados. Todo esto contribuyó a la dispersión del poder de mercado.

Pero esta dispersión se produjo en paralelo a una concentración igualmente marcada. A nivel sectorial, un par de industrias clave –especialmente en los sectores financiero y de tecnologías de la información– lograron una creciente cuota de ganancias. Por ejemplo, en Estados Unidos el sector financiero genera solo el 4% del empleo, pero representa más del 25% de los beneficios empresariales. Y la mitad de las compañías estadounidenses que generan ganancias del 25% o más son firmas tecnológicas.

Lo mismo ha ocurrido al nivel organizacional. El 10% más rentable de las firmas estadounidenses es ocho veces más rentable que la empresa media. En los años 90, este múltiplo era solo tres.

En gran medida, la creciente desigualdad económica se puede explicar por estas consecuencias de la concentración. La investigación de César Hidalgo y su grupo del MIT revela que en los países donde la concentración sectorial ha disminuido en las últimas décadas, como Corea del Sur, la desigualdad de ingresos ha disminuido. Y en los países donde esa concentración ha aumentado, como Noruega, la desigualdad se ha incrementado.

Se puede observar una tendencia similar a nivel organizacional. Un estudio reciente de Erling Bath, Alex Bryson, James Davis y Richard Freeman demostró que la dispersión del salario individual desde los años setenta está asociada a diferencias salariales entre empresas y no dentro de ellas. Los economistas de Stanford Nicholas Bloom y David Price confirmaron este resultado, y sostienen que prácticamente todo el aumento de la desigualdad de ingresos en Estados Unidos se debe a la creciente brecha en los salarios promedio que pagan las empresas.

Semejantes resultados no son solo el fruto de cambios estructurales inevitables, sino también de decisiones sobre cómo manejar esos cambios. A finales de los años setenta, a medida que se arraigaba el neoliberalismo, los responsables políticos ponían menos atención al hecho de que las grandes empresas convirtieran sus ganancias en influencia política y, en cambio, les preocupaba que los gobiernos protegieran a compañías no competitivas.

Teniendo esto en mente, los responsables políticos comenzaron a desmantelar las normas y regulaciones económicas que se habían aplicado después de la Gran Depresión y fomentaron las fusiones verticales y horizontales. Tales decisiones jugaron un papel importante en posibilitar una nueva ola de globalización, que difundió cada vez más el crecimiento y la riqueza a todas las naciones, pero también sentó las bases para la concentración de los ingresos y la riqueza dentro de los países.

La creciente “economía de plataformas” es un buen ejemplo. En China, el gigante del comercio electrónico Alibaba está liderando una iniciativa masiva para conectar las áreas rurales con los mercados nacionales y globales, incluyendo su plataforma de consumidor a consumidor Taobao. La iniciativa acarrea una dispersión sustancial: en más de 1.000 comunidades rurales chinas –los llamados “pueblos Taobao”– ahora más del 10% de la población se gana la vida vendiendo productos en esta plataforma. Sin embargo, dado que Alibaba ayuda a construir una economía inclusiva que comprende a millones de mini-multinacionales, al mismo tiempo expande su propio poder de mercado.

Actualmente, los responsables políticos necesitan un nuevo enfoque que resista la concentración excesiva. Esto que puede generar mayor eficiencia, pero también permite a las empresas acumular ganancias e invertir menos. Por supuesto, Joseph Schumpeter sostuvo que no hay que preocuparse demasiado por los ingresos monopolísticos, ya que la competencia borraría rápidamente la ventaja. Pero el desempeño de las empresas en las últimas décadas muestra un panorama diferente: el 80% de las compañías que obtuvieron una rentabilidad del 25% o más en 2003 también lo hacían diez años después. (En los años noventa, esa proporción se situaba en torno al 50%).

Para contrarrestar esa concentración, los responsables políticos en primer lugar deben implementar leyes de competencia más inteligentes, que no solo se centren en la cuota de mercado o en el poder de fijación de precios, sino también en las muchas formas de extracción de rentas, desde derechos de autor y normas sobre patentes que permiten a sus titulares beneficiarse de descubrimientos ya viejos, hasta el mal uso de la centralidad de la red. La pregunta no es “cuán grande es demasiado grande”, sino cómo diferenciar entre grande “bueno” y “malo”. La respuesta depende del equilibrio que las empresas logren entre captación y creación de valor.

Asimismo, los responsables políticos deben facilitar la creación de nuevas empresas. Un vibrante ecosistema emprendedor sigue siendo el antídoto más eficaz para la extracción de rentas. Por ejemplo, las tecnologías digitales tienen el potencial de contener más eficazmente el poder de los grandes oligopolios que la aplicación de severas medidas políticas. Con todo, las economías no deben depender únicamente de los mercados para producir el “movimiento” que tanto necesita el capitalismo. De hecho, incluso cuando los responsables políticos se llenan la boca con alabanzas al espíritu de emprendimiento, en muchas economías avanzadas ya está bajando el número de nuevas empresas.

Por último, los responsables políticos deben ir más allá de la presunción neoliberal de que ascenderán aquellos que trabajan duro y cumplen las reglas. Después de todo, la otra cara de esa visión, que se basa en una creencia básica del efecto igualador del mercado, es lo que Michael Sandel denomina nuestra “soberbia meritocrática”: la idea equivocada de que el éxito (y el fracaso) depende solo de nosotros.

Esto implica que las inversiones en educación y capacitación, aunque sean necesarias, no serán suficientes para reducir la desigualdad. También se requieren políticas que aborden frontalmente los sesgos estructurales, desde los salarios mínimos hasta los proyectos de un ingreso básico universal.

La economía neoliberal ha llegado a un punto de inflexión que ha sustituido la tradicional división política entre izquierda y derecha por una división diferente: entre aquellos que buscan formas de crecimiento menos propensas a la concentración extrema y aquellos que quieren acabar con la concentración cerrando mercados y sociedades abiertas. Ambas partes desafían las viejas ortodoxias, pero mientras una busca eliminar el “neo” del neoliberalismo, la otra intenta desmantelar el liberalismo completamente.