Desde que en el siglo XIX Fermina Orduña, la primera española que logró obtener una patente en nuestro país, registró un sistema para repartir leche fresca por los pueblos, llevando a la propia vaca en carromato, nuestra forma de comprar los productos se ha ido moldeando a base de sucesivas transformaciones.

Hacer la compra ya no es lo que era. De pequeño iba al mercado con mi madre, al puesto de un tendero humilde que era el padre de un amigo del cole. De adolescente iba al súper con los colegas, a por provisiones para el botellón o al chino si surgía la necesidad a deshoras. Ya ni me muevo. Un chaval en bicicleta me trae lo que necesite. Me digo que lo hago por falta de tiempo. Qué se yo… Igual me he vuelto un poco vago.

Hace años que compramos los billetes de avión por internet, que reservamos online los hoteles, que pedimos la tecnología a tiendas chinas para que nos salga más barata… Primero desde la web y luego desde el móvil, hemos abrazado el comercio electrónico poco a poco, desterrando muchas reticencias.

Estamos empezando a derribar la última barrera: la de la compra habitual. Solo un 10% de los consumidores españoles la hace a través de internet, e incluso la complementan con visitas a la tienda física, donde la mayoría adquiere al menos los productos frescos: carne, pescado, frutas y verdura. Estos aparecen en menos del 25% de los pedidos, según un estudio de la Universidad Complutense de Madrid.

Pero torres más altas han caído. Amazon Prime Now lleva más de un año funcionando en Madrid (en julio celebró su primer aniversario), algo menos en Barcelona. La acogida, aparentemente, ha sido buena. Los abanderados del cambio son clientes de entre 30 y 50 años, con mayor nivel académico, mayores ingresos que la media y que aducen la falta de tiempo, como el que suscribe.

Gracias a ellos, o más bien a nosotros, las tiendas online tienen cada vez más tirón en España. La facturación del comercio electrónico creció más de un 20% en el segundo trimestre de 2016. Sin embargo, mientras sectores como el turismo, la moda o la electrónica tiran del carro, la compra de alimentos a través de internet sigue siendo testimonial. Casi nula.

«Nuestra web es una mierda». Con palabras así de contundentes admitía Juan Roig, presidente de Mercadona, que la plataforma de comercio electrónico de la cadena de supermercados líder en nuestro país deja mucho que desear. Y no le preocupa demasiado: a día de hoy, solo el 1% de sus ventas tienen en lugar en internet.

No da dinero. Muy poquita gente se atreve a hacer la compra desde casa, ya sea porque les da reparo pedir unos filetes sin haberlos visto o porque no quieren pagar gastos de envío o una suscripción anual. O igual es que les gusta ir al supermercado y recorrer los pasillos. Coger ideas. Ver lo que compran. Las ventajas siguen siendo muchas.

Pero si nos hemos acostumbrado incluso a comprar ropa sin probárnosla, será cuestión de tiempo que encarguemos la verdura y el pescado a través de una app para que un tipo en una bicicleta nos los traiga hasta la puerta de casa.

O tal vez no sea necesario. En su más reciente movimiento para devorar el sector, la todopoderosa Amazon se ha hecho con la cadena estadounidense Whole Foods, reclutando así un ejército de tiendas con las que librar su lucha por las compras del futuro. El modelo puede ser el de Prime Now, que ya conocemos, o quizá el que la multinacional ya está probando en Seattle con su Amazon Go, la tienda sin tenderos. En cualquier caso, lo único que necesita Jeff Bezos para llevarnos de la mano a ese futuro es el pequeño aparato conectado que todos llevamos en el bolsillo.

Pero torres más altas han caído. Amazon Prime Now lleva más de un año funcionando en Madrid (en julio celebró su primer aniversario), algo menos en Barcelona. La acogida, aparentemente, ha sido buena. Los abanderados del cambio son clientes de entre 30 y 50 años, con mayor nivel académico, mayores ingresos que la media y que aducen la falta de tiempo, como el que suscribe.

Gracias a ellos, o más bien a nosotros, las tiendas online tienen cada vez más tirón en España. La facturación del comercio electrónico creció más de un 20% en el segundo trimestre de 2016. Sin embargo, mientras sectores como el turismo, la moda o la electrónica tiran del carro, la compra de alimentos a través de internet sigue siendo testimonial. Casi nula.

«Nuestra web es una mierda». Con palabras así de contundentes admitía Juan Roig, presidente de Mercadona, que la plataforma de comercio electrónico de la cadena de supermercados líder en nuestro país deja mucho que desear. Y no le preocupa demasiado: a día de hoy, solo el 1% de sus ventas tienen en lugar en internet.

No da dinero. Muy poquita gente se atreve a hacer la compra desde casa, ya sea porque les da reparo pedir unos filetes sin haberlos visto o porque no quieren pagar gastos de envío o una suscripción anual. O igual es que les gusta ir al supermercado y recorrer los pasillos. Coger ideas. Ver lo que compran. Las ventajas siguen siendo muchas.

Pero si nos hemos acostumbrado incluso a comprar ropa sin probárnosla, será cuestión de tiempo que encarguemos la verdura y el pescado a través de una apppara que un tipo en una bicicleta nos los traiga hasta la puerta de casa.

O tal vez no sea necesario. En su más reciente movimiento para devorar el sector, la todopoderosa Amazon se ha hecho con la cadena estadounidense Whole Foods, reclutando así un ejército de tiendas con las que librar su lucha por las compras del futuro. El modelo puede ser el de Prime Now, que ya conocemos, o quizá el que la multinacional ya está probando en Seattle con su Amazon Go, la tienda sin tenderos. En cualquier caso, lo único que necesita Jeff Bezos para llevarnos de la mano a ese futuro es el pequeño aparato conectado que todos llevamos en el bolsillo.