No hubo impasse, como llegó a sugerir México ante los ataques de Trump. Tampoco, como llegó a temerse la semana pasada, ningún país se levantó de la mesa. Las tres potencias norteamericanas cerraron este martes la segunda ronda de renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLC) con preacuerdos en los puntos en los que las fricciones son menores –pymes, facilitación comercial y obstáculos técnicos al comercio– y dejaron para la siguiente ronda de conversaciones, dentro de dos semanas en Ottawa, los asuntos en los que las posiciones son más encontradas: el déficit comercial, el capítulo 19 de resolución de controversias, las reglas de origen –el contenido regional obligatorio de cada producto– y la asimetría de derechos laborales y salarios a ambas orillas del río Bravo.

"Hay que cerrar lo que podamos en el corto plazo", subrayó el secretario (ministro) de Economía mexicano, Ildefonso Guajardo, como colofón a cinco días de conversaciones en la Ciudad de México. "También plasmar las diferencias y empezar a cerrar esos puntos para ver si podemos encontrar una cuadratura a este círculo". En ese sentido, el jefe de la delegación mexicana dejó caer un cierto reproche a sus pares estadounidenses: no haber clarificado todavía su posición sobre el contenido regional ni haber aportado una hoja de ruta para rebajar el déficit estadounidense con México y Canadá, el punto que ha llevado a los tres países a actualizar el tratado por insistencia de la Casa Blanca. "Tenemos que hacer un esfuerzo por plasmar en blanco y negro nuestras diferencias para poder encontrar un punto intermedio que no ocasione daños para ninguna de las tres economías". No obstante, Guajardo sí clarificó que "cualquier esfuerzo para rebalancear el comercio" se tendrá que hacer "sobre la base de la expansión del mismo, no de su restricción".

Las diferencias, en el fondo y en la forma, volvieron a quedar de relieve en la conferencia de prensa conjunta de los máximos responsables de la negociación. Mientras Guajardo y la ministra de Exteriores canadiense, Chrystia Freeland, exhibieron su buena sintonía, mostraron su "satisfacción" con la marcha de las conversaciones e incidieron en los puntos de entendimiento y en los "progresos" logrados, el representante comercial estadounidense, Robert Lighthizer, insistió en la necesidad de que el nuevo tratado beneficie a los trabajadores manufactureros de su país, uno de los colectivos que llevaron a Donald Trump a la presidencia. Aunque con un tono más moderado que en la primera ronda, celebrada a finales de agosto en Washington, Lighthizer subrayó la necesidad de que el futuro acuerdo "beneficie a todos y no solo a algunos": la misma consigna que su jefe, Trump, repite cada vez que se refiere al TLC. "Espero que cuando termine este acuerdo, el presidente lo apoye, porque yo no aprobaré nada que él no avale".

En el plano laboral, uno de los que más controversia ha generado –EE UU y los sindicatos canadienses sostienen que México incurre en competencia desleal mediante el mantenimiento artificial de salarios bajos–, el titular de Economía mexicano destacó que el "objetivo" de toda negociación comercial es "tener un impacto favorable en la calidad de los empleos y fortalecer los salarios de los trabajadores dedicados al sector exportador". "La duda", reconoció, es "a través de qué mecanismos lograrlo": si reforzando los derechos laborales o interviniendo directamente en los mercados. "Claramente habrá una discusión adicional en este punto, pero las posturas todavía no han sido claramente expresadas en la mesa". Guajardo también negó que la decisión de Trump de poner fin al programa que impide la deportación de 800.000 dreamers –migrantes mexicanos sin papeles que llegaron al país cuando todavía eran menores de edad– vaya a interferir directamente en las conversaciones comerciales: "Es un tema muy importante para nosotros, que puede afectar al proyecto de vida de una cantidad muy importante de mexicanos, pero no está técnicamente ligado a la negociación".

Más allá de los detalles técnicos, las negociaciones siguen estando marcadas por los exabruptos de Trump. Nadie sabe cómo se levantará mañana el líder de la primera potencia mundial, cómo reaccionará ante las novedades que lleve Lighthizer de vuelta a Washington o contra quién cargará en su próximo tuit. Sus ideas comerciales y las de parte de su equipo, advierte una alta representante de un importante organismo internacional, "se han quedado en el siglo XX mientras la economía de su país está en el XXI". Ese sigue siendo el mayor riesgo para la actualización del TLC.

La parte del equipo negociador que no comparte la visión proteccionista y reduccionista del magnate republicano ya ha empezado a dar signos de impotencia. "No me tienen que convencer", respondía recientemente un miembro de la delegación estadounidense a los intentos de persuasión de sus pares mexicanos y canadienses. "Solo denme victorias políticas para el presidente", subrayaba, según el parafraseo de una persona cercana a la conversación. Tras varias derrotas internas, tanto en el frente político como en el judicial, Trump ambiciona un acuerdo que pueda vender a su electorado como un gran logro. Un golpe encima de la mesa. Ante esa tesitura, los Gobiernos canadiense y mexicano echan cálculos para hacer compatibles los anhelos de la Casa Blanca con una posición aceptable para ellos mismos en sus respectivos países.

Ese reparto de victorias políticas será clave de la ronda de Ottawa. Después de "dos tomas de contacto" –la de Washington hace dos semanas y la de la Ciudad de México en los cinco últimos días– el encuentro de la capital canadiense será, según tres fuentes consultadas, el que empezará a marcar el devenir de la negociación. Todo, claro está, siempre y cuando Trump no haga descarrilar el proceso.

Escasa transparencia en las negociaciones

Si por algo se está caracterizando la negociación hasta ahora es por la opacidad. Varios centenares de negociadores, desde los ministros hasta el último técnico, han pasado casi una semana reunidos en un hotel de la capital mexicana con decenas de periodistas a solo unos metros. Pero la barrera de silencio se ha impuesto: pocos, muy pocos, cuentan detalles de unas conversaciones que marcarán el devenir de la economía regional. Hasta el comunicado de este miércoles, los Gobiernos ni siquiera han hecho pública la agenda diaria de negociaciones.

"Todo está siendo muy secreto", apunta Manuel Molano, director general adjunto del Instituto Mexicano para la Competitividad (IMCO), a quien estas dos primeras rondas le recuerdan mucho a la negociación del tratado comercial transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), del que la Administración Trump ya ha sacado a Estados Unidos. "Entonces, la primera versión del texto definitivo la hizo pública Wikileaks", lamenta Molano. "Había más discusión en prensa en los años noventa [cuando se negoció la actual versión del TLC] que ahora".