«¿Matar a mi jefe? ¿Me atreveré a vivir el sueño americano?», esa pregunta que se hizo Homer Simpson antes de empuñar una estaca y un martillo contra el señor Burns se la han hecho de manera metafórica (o no) muchos trabajadores que acabaron montándoselo como freelances. El jefe suele percibirse como un incordio en nuestra autonomía y en nuestra tranquilidad; por eso, imaginamos que la felicidad empieza donde acaba su estampa diaria en el púlpito del despacho.

Pero ¿todo el mundo puede ser feliz sin jefe? ¿Se requiere una personalidad específica para poder sobrevivir sin perder parte de la cordura? En el imaginario común, el freelance posee un espíritu independiente, una necesidad de libertad y una desenvoltura natural para conseguir clientes, relacionarse y enfrentarse por sí mismo a los contratiempos. Sin embargo, esto no tiene por qué ser así.

Primero deberíamos analizar los motivos reales que se esconden detrás de la decisión de trabajar como colaborador por cuenta propia. La plataforma Field Nation publicó un estudio sobre el tema en 2016 para el que entrevistaron a 863 personas. Según sus resultados, el 86% de los freelance eligió ese camino voluntariamente y el 95% tiene una visión positiva de su trabajo.

Si nos acercamos a España, el panorama cambia. Un estudio realizado por Adecco concluyó que siete de cada diez autónomos preferiría trabajar por cuenta ajena. Mientras el 57,7% de los freelance aseguraba ser feliz con su condición, el 41,8% confesó que optó por esta modalidad por necesidad y por falta de alternativas.

Muchos freelances, por ejemplo en oficios como el periodismo, se han dado de alta el régimen de autónomos ante la imposibilidad de desarrollar su carrera en alguna empresa. En estos casos, los alicientes que llevan a muchos a embarcarse en este camino (la posibilidad de obtener más dinero y de dirigir el propio destino profesional) quedan neutralizados: se cercenan por la necesidad de tener que publicar artículos de todo tipo con tal de llegar a fin de mes.

Es fácil que quienes lo eligen intencionadamente posean una personalidad acorde a los avatares del trabajo sin jefes. Los obligados por las circunstancias, en cambio, no tienen por qué disponer de ese espíritu: sus posibilidades de sentirse realizados y felices se reducen.

Hace unos días, Lynda Dishman publicó en Fast Company una guía sobre las características personales que te convierten en un buen candidato al desempeño por cuenta propia. Un factor de felicidad, según el texto, es sentir que estás creciendo en tu sector diseñándote a ti mismo y construyéndote una imagen y un valor diferencial.

Los freelances, además, no deben sentirse fácilmente amenazados por lo impredecible del comportamiento de los clientes ni con la variabilidad de los ingresos ni hiperventilarse al tener que afrontar la organización económica, contable o fiscal de su propia actividad. Se requiere una capacidad de romper las fronteras de tu oficio sin que eso te haga sentir al borde de un precipicio.

Según el artículo de Dishman, los freelances que desarrollan trabajos creativos (se refiere a la música, la escritura o el diseño gráfico) registran los niveles más bajos de felicidad (solo un 38% de ellos admite estar satisfecho).

Este tipo de trabajos difícilmente puede desarrollarse dentro de los cauces de la estabilidad y los contratos fijos. Hay opciones, pero son escasas y muchas veces están desconectadas del verdadero propósito; ocurre, por ejemplo, con la docencia, recurso al que se ven empujados los músicos o los escritores. Por lo tanto, de nuevo, la alternativa freelance no es estrictamente una elección, y quizás ahí radique la fuente de insatisfacción. La elección es dedicarse a la literatura; la única alternativa de monetizarlo, el trabajo autónomo.

¿Felicidad o autoexplotación?

La personalidad óptima para ser feliz como freelance estaría inundada por el sentimiento de vocación. Hacia esa óptica se encaminan las descripciones (a veces más cercanas a la arenga) que se están expandiendo sobre el hombre-freelance. Como ejemplo extremo puede tomarse el cartel publicitario que diseñó la plataforma Fiverr.

Sobre la ilustración de una mujer despeinada y agotada, se leía lo siguiente: «Tomas café como almuerzo. Tu siguiente paso es acabar lo que has empezado. Tu droga favorita es la privación de sueño. Puede que seas un hacedor».

Lleva tiempo pariéndose una mitología en este terreno que acaba vinculando el sacrificio desmedido con la sensación de autorrealización. Byung-Chul Han lo explica en su ensayo La sociedad del cansancio: «El sujeto de rendimiento se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento. El exceso de trabajo y rendimiento se agudiza y se convierte en autoexplotación. Esta es mucho más eficaz que la explotación por otros, pues va acompañada de un sentimiento de libertad».

El explotador es el explotado en pos del crecimiento profesional y personal: dos facetas que se solapan hasta que resulta imposible diferenciar dónde acaba el trabajador y dónde empieza el individuo.

Ni en caso de invertir mucho esfuerzo y autocontrol parece fácil fijar y respetar un horario laboral: el tiempo de trabajo se expande como un chicle. Uno puede encontrarse estresado y cansado, pero como estos estados psicológicos forman parte del relato de construirse a sí mismo, jamás los percibirá como fuente de infelicidad. Por otro lado, la dificultad de concentrarse derivada del agotamiento obliga a empeñar muchas más horas para culminar encargos que podrían solventarse en menos tiempo.

Pese a estas complejidades, gran parte de los freelance jamás renunciarían a su independencia para aceptar un contrato fijo: se sienten felices. No depender de una sola empresa o un solo jefe aporta libertad de movimiento. En el caso del trabajo a distancia, uno puede cambiar de vivienda siempre que le apetezca y se lo permita su economía: trabajar desde la ciudad, el pueblo, el campo o desde otros países.

Esta independencia permite, además, si se conoce bien el mercado, escoger aquellas áreas de especialización que se adapten a la materia con la que nos sentimos más cómodos, y eso, en determinados oficios, puede llegar a compensar una buena parte de las incomodidades del trabajo autónomo.

Sin embargo, quizás exista una distorsión en el debate. ¿Por qué necesitamos preguntarnos si los freelances son felices? Por un lado, al tratarse de una figura que se aleja de la forma habitual de ganarse la vida, se pone la lupa sobre ella. Por otro, todos hemos asumido que el trabajo tradicional no despierta demasiada felicidad en los empleados y, automáticamente, pensamos que su reverso, el profesional sin jefes, debe ofrecer algún tipo de panacea. Como hemos visto, la panacea no es universal.