Hace apenas cuatro meses, cuando el europeísta Emmanuel Macron fue elegido presidente de Francia, parecía que la Unión Europea finalmente podía aspirar a un período de calma. Pero la calma es lo último que se puede ver en las calles de Barcelona, donde las manifestaciones a favor de la independencia catalana se han topado con protestas igualmente potentes en su contra.

En la medida que escala el conflicto interno en España, un retorno a la crisis en Europa puede parecer prácticamente inevitable. Sin embargo, lo que está sucediendo en España, en verdad, indica que la recuperación económica europea se está fortaleciendo, a la vez que se ponen de manifiesto los límites de lo que la UE puede alcanzar.

La fortaleza de la recuperación económica de la UE se refleja en la ausencia de alguna reacción significativa del mercado financiero ante las escenas tumultuosas de Cataluña. Si se hubiera producido una situación similar hace unos años, habría habido una corrida sobre los bonos gubernamentales españoles y la bolsa de España se habría derrumbado. Hoy, en cambio, los mercados están tomando con calma la profunda incertidumbre política del país.

La fortaleza de la recuperación económica de la UE se refleja en la ausencia de alguna reacción significativa del mercado financiero ante las escenas tumultuosas de Cataluña

Este voto de confianza está erigido sobre cimientos sólidos. Toda la economía de la eurozona está creciendo a tasas que, aunque no son espectaculares, sí son respetables. Y la economía española ha venido creciendo más rápido que el promedio de la eurozona, manteniendo al mismo tiempo sus cuentas externas con un leve excedente.

Esto significa que la recuperación de España se basa en una oferta en ascenso, y no en una creciente demanda doméstica, como fue el caso durante el auge de la construcción previo a la crisis. Si a esto le sumamos la existencia de instituciones de la eurozona que pueden abordar las dificultades financieras temporarias que enfrentan los bancos o los estados, se vuelve más claro por qué la profunda crisis política de España no ha estado acompañada por peligrosas volatilidades del mercado financiero.

Sin embargo, la crisis de Cataluña también subraya las limitaciones del modelo de integración de la UE, que están arraigadas en el hecho de que la Unión, en definitiva, está basada en el estado-nación. No se puede describir este modelo como intergubernamental. Más bien, está basado en una implementación indirecta: casi todo lo que hace y decide la UE es llevado a cabo por los gobiernos nacionales y sus administraciones.

Esta distinción se hace más notablemente visible en el ámbito de la política monetaria, donde el mecanismo de toma de decisiones, definitivamente, no es intergubernamental: el Consejo de Gobierno del Banco Central Europeo opera sobre la base de una mayoría simple.

Pero el mecanismo de implementación es, en efecto, indirecto: una vez que se toma una decisión, ésta es llevada a la práctica por los bancos centrales nacionales -una estrategia que puede tener importantes implicancias-. Por ejemplo, las enormes operaciones de compra de bonos nominalmente realizadas por el BCE en los últimos años han sido manejadas, en gran medida, por los bancos centrales nacionales, que compran los bonos de sus propios gobiernos.

El Tribunal de Justicia de la Unión Europea en Luxemburgo -otra institución común de crucial importancia- también se basa en un mecanismo de toma de decisiones que no es intergubernamental. Sin embargo, sus jueces son nombrados por los gobiernos nacionales, y las cortes y administraciones nacionales hacen cumplir sus decisiones.

Una comparación con Estados Unidos pone en relieve la debilidad de esta estrategia. Si bien la Reserva Federal de Estados Unidos también tiene una estructura regional, los Bancos Distritales de la Reserva Federal cubren varios estados y no están vinculados a un gobierno o institución estatal. De la misma manera, los jueces de la Corte Suprema de Estados Unidos son nombrados por instituciones federales (el Senado acepta o rechaza a los candidatos sugeridos por el presidente), no por los gobiernos estatales.

Una unión que se basa en el estado-nación puede funcionar siempre y cuando funcionen sus miembros individuales. Pero hoy ese modelo está alcanzando sus límites.

Para la UE, depender de sus estados miembro para construir instituciones comunes fue, probablemente, la única manera de empezar el proceso de integración, dada la profunda desconfianza entre los países que se habían enfrentado en tantas guerras brutales. Y, sin embargo, una unión que se basa en el estado-nación, no sólo para la implementación, sino también para la legitimidad, puede funcionar siempre y cuando funcionen sus miembros individuales. Pero hoy, cuando la mayoría de ellos están asolados por luchas internas, ese modelo está alcanzando sus límites.

En Grecia, los sistemas administrativo y judicial débiles han impedido la recuperación económica. En Polonia y Hungría, gobiernos "iliberales" están minando la independencia judicial. Y, en España, el sistema político parece incapaz de resolver el conflicto entre el gobierno regional de Cataluña, con sus aspiraciones a una mayor autodeterminación, y el gobierno central en Madrid, que sostiene que hasta la mera consideración de este cuestión socavaría el orden constitucional.

Inclusive Alemania enfrenta desafíos políticos internos. Tras haber perdido casi una quinta parte de sus votantes en la elección federal reciente, la canciller Angela Merkel tendrá que lidiar con tres socios rebeldes de la coalición durante su cuarto -y probablemente último- mandato. En cuanto a Italia, las encuestas de opinión sugieren que una mayoría de los votantes hoy respaldan a partidos populistas y/o euroescépticos.

Si bien parece improbable que los partidos abiertamente euroescépticos ganen poder en alguna parte, estos giros políticos no favorecen la integración europea. La UE enfrenta una escasa hostilidad manifiesta. Hoy, más bien, enfrenta una "indiferencia obstruccionista", ya que muchos de sus estados miembro están cada vez más preocupados por sus desafíos internos, lo que hace que la integración europea sea algo a lo que no se le presta demasiada atención en gran parte del continente.

Los líderes de la UE que todavía quieren promover la integración ya no pueden contar con el argumento, utilizado durante la crisis financiera, de que no hay otra alternativa. Y el consenso permisivo de los primeros años de la integración hace mucho que se esfumó. Si se ha de progresar hacia una "unión cada vez más estrecha", los líderes de Europa tendrán que encontrar un nuevo modelo que pueda superar la apatía cada vez más profunda de sus ciudadanos.