El tiempo apremia para India. Si logra avanzar más rápido en la senda de las reformas estará llamada a convertirse, a causa de su dimensión territorial y humana, en la tercera economía mundial.

India celebró el pasado 15 de agosto el 70º aniversario de su independencia del Imperio británico. Hoy es una gran potencia económica emergente, miembro del G20 y de los BRICS y con una creciente influencia geoestratégica mundial que intenta frenar la penetración política y económica china en el sur y sureste del continente asiático.

El gran milagro indio no es tanto económico como político. Es un mosaico social, cultural y religioso de una dimensión y complejidad impresionantes que cuenta con una democracia parlamentaria (la mayor del mundo) que ha sabido gestionar la enorme diversidad del país. Un marco democrático adecuado a las especiales características indias que, a diferencia de China, funciona y permite la celebración periódica de elecciones y la alternancia política en el ejercicio del poder. Los procesos electorales se han desarrollado casi ininterrumpidamente desde 1947. Además, a diferencia de Pakistán y otros países vecinos, India no ha sufrido golpes militares.

El otro milagro, el económico, sigue afrontando incertidumbres. Sobre todo cuando se compara con los logros del coloso chino. China se abrió en 1978, antes y más rápido que India, priorizando el sector exterior y las inversiones para modernizar el tejido industrial y las infraestructuras. En cambio, la apertura india que arrancó en 1991, trece años más tarde, no priorizó ni invirtió suficientemente en las infraestructuras y los sistemas educativos ni de salud. Unos déficits que frenan las grandes potencialidades de un país con una mayoría de la población muy joven ansiosa de incorporase a un mercado laboral muy rígido e informal.

El primer ministro Narendra Modi llegó el poder en mayo de 2014 con un ambicioso programa para reformar un modelo económico caótico e insostenible en el que persistían altas dosis de proteccionismo económico en la industria y los servicios. Urgía mejorar la eficiencia de unas administraciones públicas muy endeudadas. Solo el 3% de los indios pagaban impuestos. La falta de ingresos públicos dificultaba las reformas estructurales y las inversiones en unas infraestructuras anquilosadas que asfixiaban las comunicaciones externas e internas. Además, se debía corregir el fuerte impacto medioambiental, algo que China sí se toma en serio.

Tres años después, las reformas indias han avanzado pero persisten los obstáculos políticos y sociales. Narendra Modi, sin apenas oposición política, conserva su credibilidad como líder político y gestor económico. Pero es mejor gestor que reformador. Empezó a tomar medidas legales para corregir la endémica corrupción pública. Además, lanzó la campaña “Make in India” para atraer las inversiones extranjeras, especialmente a las grandes empresas multinacionales, ávidas de penetrar en un país tradicionalmente cerrado al exterior. Y mejoró las cuentas públicas, también gracias a la brusca caída de los precios de las importaciones energéticas. En mayo 2014, el barril de petróleo superaba los 100$; en 2017 se sitúa cerca de los 60$. Las inversiones en las infraestructuras de carreteras, ferrocarriles y aeropuertos se dispararon. El 15 de septiembre Narendra Modi y Shinzo Abe inauguraron el primer AVE que unirá Bombay con Ahmedabad, una inversión 80% financiada por Japón.

Pero queda muchísimo por hacer. India aún se considerada un país difícil para hacer negocios y ocupa el 130º lugar entre 189 Estados en el ranking “Doing Business” del Banco Mundial. El sistema financiero está demasiado supeditado a los intereses de las grandes empresas públicas altamente endeudadas. El sector exterior no acaba de arrancar y las desigualdades territoriales y sociales siguen incrementándose en un país donde una mayoría de la población con escasa formación vive en las áreas rurales. Además, India necesita crear cada año 12 millones de nuevos puestos de trabajo.

La economía india creció un 7,1% en 2016, pero se está desacelerando. El Gobierno llevó a cabo dos importantes medidas económicas con resultados discutidos. El 8 de noviembre de 2016 decidió súbitamente poner fuera de circulación los billetes de 500 y 1000 rupias para sustituirlos por otros nuevos en un país donde el 80% de las transacciones económicas se hacían al contado. La medida pretendía frenar la economía informal y detener la circulación de dinero negro u opaco. Pero causó un cierto caos en la actividad económica. La economía se desaceleró al 6,1% en el primer trimestre de 2017 y al 5,7% en el segundo trimestre, el más bajo desde 2014. Por otro lado, otra reforma estructural de gran calado fue la introducción de un complejo sistema de impuestos unificados para bienes y servicios aplicables a los 29 Estados de la Unión a partir del 1 de julio. Pero muchas empresas, sobre todo las PYMES y pequeños comerciantes sufrieron problemas de liquidez. De todos modos, la desmonetización y el nuevo IVA tendrán un impacto positivo en las finanzas públicas. El número de declaraciones de la renta creció un 25%, pasando de hacerlo un 38% de contribuyentes en 2016 a un 46% en 2017.