La guerra entre grandes potencias ha sido una posibilidad que se ha contemplado en todas las épocas. En ocasiones, estos temores se han materializado en conflictos de graves consecuencias: desde la guerra del Peloponeso hasta las guerras mundiales, pasando por las contiendas napoleónicas. Luego hay casos donde no ha habido enfrentamiento directo, como Estados Unidos y Gran Bretaña a principios del siglo XX. Aunque las dos contiendas mundiales marcaron el relevo al demostrar a Londres que ya no podía ser el único policía del mundo.

Allison ha plasmado este riesgo de conflicto con su concepto la “trampa de Tucídides”. Lo empezó a desarrollar hace algunos años en medios internacionales de referencia como Financial Times o The Atlantic y en 2017 lo ha expuesto al detalle en el libro Destined for War: Can America and China Escape Thucydide’s Trap?

Para el politólogo de Harvard, la confrontación se desencadena cuando la potencia emergente desafía el statu quo del país hegemónico del momento. Le da el nombre del historiador griego porque, para desarrollar esta teoría, se basa en la máxima de Tucídides que explica la guerra del Peloponeso (431-404 a.C.): el ascenso de Atenas entre las polisgriegas provocó tal preocupación en Esparta (potencia preponderante del momento) que acabó desembocando en un conflicto directo.

En el caso de la guerra del Peloponeso, todo comenzó cuando Esparta acudió en ayuda de su aliada Corinto que mantenía una disputa con Corcira (actual Corfu), aliada de Atenas. La escalada acabó arrastrando a las dos potencias griegas a un enfrentamiento directo.

Por lo tanto, y según desarrolla Allison en su obra, la trampa de Tucídides indicaría un elevado riesgo de conflicto entre China y Estados Unidos durante los próximos años. Este choque podría ser directo entre ambas potencias o a través de sus aliados, arrastrando a las tropas chinas y estadounidenses a una confrontación directa; y sucedería en algún escenario como el mar del Sur de China, las islas Senkaku o la península de Corea.

En su libro, Allison no toma únicamente el ejemplo histórico de Esparta contra Atenas. En total, se contemplan otros 16 casos donde una potencia emergente ha desafiado a la hegemónica. Toma el marco cronológico entre los siglos XV y XX. En 12 de estas ocasiones se ha acabado llegando al enfrentamiento directo como, por ejemplo, el Imperio Otomano y el de los Habsburgo en las primeras décadas del siglo XVI, Inglaterra y Holanda en la segunda mitad del XVII, Gran Bretaña y Francia entre el XVIII y XIX.

Pero para el académico de Harvard el reflejo histórico más claro de la rivalidad entre Estados Unidos y China se encuentra en la pugna por la hegemonía que protagonizaron Alemania y Gran Bretaña a finales del siglo XIX y principios del XX; y que acabó desembocando en la Primera Guerra Mundial.

Allison dedica uno de los capítulos más extenso del libro a la pugna entre los imperios germano y alemán. El autor ve las semejanzas entre el rápido desarrollo que experimentó Alemania en el último tercio del siglo XIX con el que protagoniza China desde 1978. Destined for War también muestra que en su libro el Reich alemán muy pronto se sintió bloqueado en su ascendencia al poder por los recelos de Gran Bretaña. De acuerdo a esta tesis, hoy en día, Pekín tendría una sensación similar respecto a Estados Unidos.

Más allá de las aspiraciones de ascendencia, el libro también se fija en otros paralelismos. Por ejemplo, resalta los rápidos ascensos económicos e industriales de Alemania y China en sus respectivas épocas, y cómo el actor emergente supera a la potencia hegemónica en campos como la producción industrial o el crecimiento del PIB antes de alcanzar el liderazgo mundial.

Un último punto dentro de las comparaciones que establece Allison es los recelos que despiertan las carreras armamentísticas. Nuevamente y recurriendo a la rivalidad británico-germana, el autor recuerda que Londres percibió como una seria amenaza para su imperio la expansión naval alemana. Y cree que tiene su reflejo en los recelos de Washington por el fuerte incremento del gasto militar chino en los últimos años.

Pese al tono general en todo el libro de Allison, establecer paralelismos históricos no es una ciencia exacta. Para Oriol Farrés, gestor de proyectos del CIDOB y responsable durante nueve años del anuario Asia-Pacífico de esta entidad, ambos contextos internacionales son muy diferentes. Según este experto, “la Alemania unificada surge en un mundo de grandes potencias en competencia donde la guerra es un estímulo para abrir mercados y tomar posesión de recursos”. Mientras que “la situación actual de interacción de las economías y sociedades chinas y estadounidenses aleja un escenario de enfrentamiento”.

Tampoco hay que perder de vista que la Trampa de Tucídides no se trata de un concepto que se quede en el ámbito académico o de la prensa. Farrés recuerda que la teoría “encaja en los postulados militaristas que han ganado fuerza con la presidencia de Trump, y es una visión que sirve a una serie de intereses y objetivos en política exterior”.

Entre los más firmes partidarios de esta visión en las elites de EE UU está Steve Bannon, uno de los principales asesores de la Casa Blanca hasta que fue cesado el pasado mes de agosto, quien había asegurado que las dos potencias irían a la guerra en los próximos diez años en el mar del Sur de China.

La visión de Pekín

Una de las críticas que se han hecho a la teoría de la Trampa de Tucídides es que se hace desde una óptica occidental. El propio presidente chino Xi Jinping declaró durante un discurso en 2015 que no creía en este concepto. Aunque advirtió que si se repetían los errores del pasado, sí que aumentará el riesgo de un enfrentamiento directo.

Manuel Montobbio, diplomático español y autor del libro Ideas chinas, recuerda que “los autores chinos dicen que la maldición de Tucídides se cumplirá si se piensa a la manera occidental”. En cambio cree que entre los pensadores estratégicos del gigante asiático hay opciones diferentes y que se pueden resumir en que “consideran que las interacciones entre dos polos, yin y yang, no son conflictivas, sino que pueden coexistir en un mundo perfectamente armónico”. Montobbio también recuerda que China no se ve a sí misma como una potencia nueva sino que Pekín considera que protagoniza “una reemergencia tras un paréntesis y ahora están recuperando una centralidad que siempre han tenido”.

Pese al tono determinista que domina buena parte del libro de Allison, deja espacio para el optimismo en la última parte de Destined for War. Se recogen cuatro casos donde una potencia ha tomado el relevo de otra en la hegemonía sin que se desencadene un conflicto. En concreto se tratan de la Monarquía Hispánica y Portugal a finales del siglo XV; Gran Bretaña y Estados Unidos a principios del siglo XX; la URSS y EE UU en la Guerra Fría o Alemania rivalizando con Francia y Gran Bretaña para liderar Europa desde 1989.

Para el experto de Harvard, en los casos que se ha evitado la guerra, normalmente han supuesto grandes cambios y esfuerzos en los gobiernos y sociedades de los países implicados.

Otro dato más para el optimismo y que rompe con el halo de determinismo que impera parte de la obra es que los ejemplos donde no ha habido guerra son recientes en la historia. Este dato da pie a pensar que las relaciones entre las grandes potencias han cambiado en estos siglos.

El autor ofrece diversas explicaciones para este cambio de actitud. Desde las más positivas, como que se pueden buscar afinidades culturales y sociales, hasta algunas más dignas de la realpolitik, como que el armamento nuclear convierte cualquier enfrentamiento en un juego peligroso con mucho que perder para los dos bandos (y conviene recordar que EE UU y China son potencias atómicas).