Muchas personas creativas sufren, de diferente forma, el llamado síndrome del impostor. Es decir, tienen miedo a defender sus ideas y a creer que realmente aportan algo original. Para luchar contra eso, necesitan cultivar su confianza y hacerse oír aunque sientan que nadie quiere escucharlas. De eso y de otras muchas cosas se hablará en el European Creativity Festival que se celebra del nueve al once de noviembre en Barcelona.

El síndrome del impostor consiste, básicamente, en la imposibilidad de asumir, reconocer y celebrar nuestros propios éxitos. Los triunfos se consideran producto de la suerte o de cualquier factor que no tenga que ver con el esfuerzo y el talento de quien los cosecha. A esa sensación, penetrante como el zumbido de un moscón en una habitación en silencio, suele acompañarla el miedo a que los demás descubran que somos mucho menos capaces de lo que creen. ¡Maldición! ¡Algún día todos sabrán que solo somos mediocres, con suerte!

Valerie Young, experta en este síndrome, asegura que hay cinco comportamientos que suelen camuflarlo. Los cuatro primeros: decir que se es únicamente perfeccionista, obseso del trabajo duro, individualista impenitente o eterno aprendiz. La máscara más sofisticada es la quinta: creerse que no es posible ser buenos en todo lo que exige de ellos un esfuerzo significativo. Si se les da bien escribir, diseñar o pintar, ¿por qué necesitan diseñar, pintar o escribir tanto para conseguir lo que quieren? ¿No será que son, en realidad, solo unos currantes que compensan con mucho sudor la falta de auténtico talento?

El síndrome del impostor consiste, básicamente, en la imposibilidad de asumir, reconocer y celebrar nuestros propios éxitos.

Esto, seguramente, ocurre con más frecuencia en el mundo de la creación. Aquí es donde más convencido hay que estar de uno mismo y de la originalidad de unas ideas para defenderlas con éxito. Por eso, como recuerda Zélia Sakhi, la socia y directora creativa de la consultora digital Mobiento que hablará en el European Creativity Festival, «muchos creativos sufren el síndrome del impostor porque creen que no trabajan lo suficientemente duro, que sus ideas no son lo suficientemente buenas o que no están cualificados para el papel que desempeñan».

¿Pero por qué llegan a esa conclusión tan errónea sobre su talento? En gran medida, porque existe un canon muy estrecho que impone cómo debe comportarse exactamente un creativo. O lo cumples o estás fuera. Esto afecta a las personas, sí, pero también a equipos y departamentos enteros.

En esa línea, Sakhi recuerda que decenas de organizaciones asumen que, para proponer algo distinto, hace falta ser el típico que ofrece «ideas abstractas llenas de opiniones personales». Naturalmente, esa visión miope excluye a millones de personas. Entre ellas destacan, por ejemplo, las que intuyen e imaginan un escenario de futuro apoyándose en la tecnología y en una interpretación original de los datos. ¿Desde cuándo los ingenieros no pueden ser, muchas veces, tan rompedores como los artistas? ¿Acaso cientos de start-ups revolucionarias no son un ejemplo de ello?

El selecto club de los ‘listos’

Howard Gardner, profesor de Psicología de la Universidad de Harvard, ha sugerido que nuestra sociedad considera inteligentes sobre todo a las personas que poseen dos de las ocho inteligencias que él y su equipo han identificado. Esto significa que, si hay una forma de ser creativo para cada una de las ocho inteligencias, que es lo que sostiene Sakhi, solo reconocemos la creatividad de una minoría. Cuando hacemos eso, fomentamos el síndrome del impostor en todos los que no caben en el molde.

En palabras llanas, lo que sugiere Gardner es que para que la sociedad te considere inteligente, un requisito imprescindible para que luego te considere creativo, basta con que domines el lenguaje oral y escrito o que apliques con eficacia la lógica y el pensamiento abstracto. Así, se quedan ‘sin premio’ todas las otras altas capacidades que implican la profunda comprensión de uno mismo y del otro, la visión espacial, el lenguaje corporal o las habilidades físicas y la música. ¿De verdad Leo Messi no es un profesional creativo? ¿No lo fue Nelson Mandela? ¿No lo ha sido el bailarín Sergei Polunin? Los prejuicios nos llevan, demasiadas veces, a menospreciar la inteligencia de todos los que la expresan con el cuerpo.

Este embudo no solo deja fuera a las personas, sino también a equipos y departamentos. Sakhi explicará en su ponencia en el European Creativity Festival esta semana que, cuando ella se puso a los mandos de la dirección creativa, su «mayor interés se concentraba en cómo podía estimular las mentes de cada vez más gente y no únicamente las del equipo creativo». Las ideas originales surgen y trascienden las paredes de un departamento o despacho y afirmar lo contrario implica perder grandes oportunidades. Enormes, en realidad.

El embudo y el síndrome del impostor no operan en el vacío. Lo hacen en un contexto en el que, además, muchas mujeres se quejan de que, en las conversaciones con los hombres, ni las dejan hablar ni las consideran como iguales. Algunas también se sienten culpables de no haberse afirmado con contundencia en decenas de ocasiones y atribuyen ese miedo, esa timidez y ese silencio a una educación y una sociedad profundamente desigual.

Aunque es cierto que los estudios no han revelado que las mujeres sufran más que los hombres el síndrome en el mundo del trabajo o la universidad en general, lo cierto es que, como recuerda Zélia Sakhi, «las directoras creativas solo llegan al 11% en una industria donde las mujeres representamos el 46% de la plantilla». En estas circunstancias, concluye, «¿Se silencia y ridiculiza más a menudo a las mujeres por sus ideas? Probablemente. ¿Nos hace eso menos capaces a las creativas de liderar una empresa? Desde luego que no».

Ni siquiera las mujeres que han llegado alto, como la socia y directiva de Mobiento, están a salvo de las dudas. Así lo reconoce ella misma: «El detonante [del síndrome del impostor], lo que me hace dudar de mí misma hoy, es el hecho de que me invitan a eventos de la industria creativa en parte porque soy mujer, que me llevan a mesas de debate porque soy mujer, que me entrevistan porque soy mujer». Aquí, advierte, «lo fácil sería decir que no estoy cualificada para participar». Y guardar silencio. Y, seguramente, cabrearse después por haberlo guardado cuando tenía tanto que decir.

Así que esta semana en el festival de Barcelona, cuando esté en la tribuna, Zélia Sakhi intentará no olvidar que «si recibimos un poco de atención por una vez, incluso sesgada, eso también ayudará a que nuestras amigas e hijas alcancen los puestos que se merecen en el futuro». Después de todo, concluye, «si te dan un megáfono, mejor será que lo utilices».

Y el consejo vale también para todos los creativos, hombres y mujeres, que dudan de sí mismos hasta el límite y desconfían más de sus propias ideas que de las del resto. Tendrán que aprovechar sus propios megáfonos, encontrarlos, escucharse a sí mismos y hacerse escuchar… Y creer que los escuchan porque se lo merecen. Porque tienen algo importante y urgente que decir.