Cuesta pensar que los británicos puedan hacerse una idea precisa de los males del Brexit si, apenas aprobado en referéndum, España les manda a su capital a Ignacio Peyró (Madrid, 1980), que llega por los tejados de Chelsea cual Mary Poppins colgado del paraguas de su inteligencia y bonhomía. Lo hace en calidad de director del Instituto Cervantes de Londres, pero daría igual si se fuera de barman, de au pair o de sastre. Ellos ganan, nosotros perdemos.

Hay ahora en Madrid una saudade de Peyró que se refleja en las conversaciones entre amigos en las que lo recordamos, o en la asistencia masiva a sus actos públicos cuando viene a España, como fue el caso hace unos días con su charla sobre William Morris en la Fundación Juan March en Madrid. Uno sospecha que, de vivir en la misma ciudad, Peyró sería como Borges si uno consiguiera llegar a ser Bioy Casares. O al revés. Él, de entrada, ya ha escrito su canónico Pompa y circunstancia. Diccionario sentimental de la cultura inglesa (Fórcola), ha trabajado como speechwriter en Moncloa y dirige medios o secciones de medios como en Nueva Revista o The Objective. Yo, en cambio, no escribiré nunca ninguna invención de Morel.

A modo de fado, he releído su último libro, La vista desde aquí (Elba, 2017), una conversación con el escritor mallorquín Valentí Puig, a quien reconoce como uno de sus maestros y referentes en la literatura y el periodismo españoles, tanto en castellano como en catalán. Dice Puig que “agradecer es una de las formas adultas a las que, desafortunadamente, tardamos tanto en llegar”, algo que parece que no le ha ocurrido a Peyró con él. La mayéutica que el autor aplica sobre Puig deja perlas que reflejan bien un pensamiento conservador moderantista del que no me siento cercano pero que, debo admitir, también he tendido a simplificar, cuando no a despreciar. Le debo a Peyró y a Puig que me hayan obligado –de forma tan placentera, por otro lado– a un ejercicio de empatía y reflexión. Sus razones de fondo pueden no ser las mías, pero son legítimas, razonadas, y en muchos casos muy convincentes.

La vista desde aquí parte de un diagnóstico: “No hace falta fatigar de más las redes para observar una similar reacción contra la norma conversacional del respeto debido al otro

El libro está dividido en los temas esenciales de nuestro tiempo y en aquellos más inalterables: literatura y estilo, la función del arte, España en la Historia, el problema catalán, el papel de la religión, la incertidumbre global o los cambios profundos que las tecnologías producen en la forma en que vemos y nos relacionamos con el mundo. El resultado es una cosmovisión profunda (no exenta de humor e ironía) de una manera de ver el mundo no siempre comprendida. En palabras de Peyró: “Es curioso que ese conservadurismo de centro tenga un lastre de caricaturización tan fácil cuando está tan próximo a los tactos de la realidad”. Este libro libera de prejuicios, entre otras virtudes no menores en un momento de polarización artificial e hipertrofiada.

La vista desde aquí parte de un diagnóstico: “No hace falta fatigar de más las redes para observar una similar reacción contra la norma conversacional del respeto debido al otro: principios sagrados en nuestros días, la autenticidad y la autoexpresión rara vez van más allá de descubrir el punto de vista de uno mismo”. Y el libro reacciona con una petición de Puig muy pertinente: “Volvamos a la idea de una gran conversación y sepamos dar transparencia, claridad, nobleza, al lenguaje de la vida pública”. A su vez Peyró afirma que “toda cultura y toda literatura se alzan sobre el carácter perenne de esa ‘conversación con los difuntos’” que él busca ampliar con el muy vivo Puig.

Mis discrepancias esenciales están relacionadas con las opiniones que sobre el papel de las religiones cristiana e islámica ofrece Puig, pero sobre todo con su pesimismo sobre la posibilidad de construir un demos europeo. No obstante, sus opiniones nunca son caprichosas, y ofrecen un punto de vista que ayuda, en el peor de los casos, a cuestionarse sobre los propios argumentos y, finalmente, a reforzarlos o descartarlos. Y las coincidencia más sustanciosas tienen que ver con el papel, si no elitista sí minoritario de la alta cultura (“El público lector que reconozco cabría en una piragua comanche”), cierta cotidianidad ajena a modas de todo tipo (“Culinariamente, me considero un tradicionalista extremo”) y formas de ver la vida ligadas a la educación (“Una infancia feliz no tiene precio”) y a la historia (“El retorno a la armonía y las formas clásicas es, paradójicamente, la nueva transgresión”).

“Personalmente, creo en la revitalización de lo clásico, la exigencia de la alta cultura, el elitismo y lo que representó por exigencia estética frente a la cultura de masas”.

No comparto ciertas formas de pesimismo conservadoras, como ese ataque a un relativismo que yo no veo ni por tantos lados ni tan amenazador. Tampoco ciertas ideas asentadas sobre “nuevas generaciones sobreprotegidas, narcisistas, sin resiliencia, frágiles y sin curiosidad, vivirán en una burbuja, hasta que estalle”. Pero tales afirmaciones muestran una de las virtudes de este libro, y es que estamos ante una conversación inusitadamente libre en la era de lo políticamente correctísimo. Esta declaración de principios de Puig no es frecuente en nuestros días: “Personalmente, creo en la revitalización de lo clásico, la exigencia de la alta cultura, el elitismo y lo que representó por exigencia estética frente a la cultura de masas”.

Peyró hace una pregunta clave que va más allá de la disección de un tipo de pensamiento u otro, y que apela directamente a la capacidad y la legitimidad de seguir siendo críticos en un mundo hipertecnológico, sujeto a modas y donde la mirada retrospectiva parece reservada para nostálgicos populistas o reaccionarios: “¿Cómo poner racionalidad sin que nos tomen por luditas?” Leer esta conversación es una buena forma de empezar a hacerlo.