Este año recordamos (celebrar resulta una palabra inadecuada) el primer centenario de la Revolución bolchevique quizás, como señala el historiador Richard Pipes el hecho histórico de mayor incidencia del siglo XX, sin duda el de mayor impacto. La revolución implementó el grueso del credo marxista en la práctica, un modelo que será replicado en otras partes del globo con idénticos y trágicos resultados. Al margen de los países de Europa del Este o la revolución castrista en Cuba, movimientos controlados en mayor o menor medida por Moscú, la China de Mao Zedong será el otro gran foco de comunismo desde 1949 y hasta las postrimerías del siglo XX con la llegada al poder de Deng Xiaoping. En la gran hambruna en la China de Mao (Acantilado, 2016), el intelectual holandés Frank Diköter aborda el convulso y dramático periodo del maoísmo.

El libro detalla con gran rigor y nivel de detalle como China “descendió a los infiernos”, en palabras del propio autor, durante el quinquenio posterior a 1958 conocido popularmente como el Gran Salto Adelante, y que resultará en un gran salto al vacío. Mao pretendió el rápido progreso de China para que esta convergiera (y superase) económicamente al Reino Unido en menos de 15 años (Kruschev había hecho la misma referencia respecto a los Estados Unidos) con una estrategia estructurada en dos frentes: por un lado, el desarrollo de la industria pesada; por otro, una ambiciosa reforma agrícola que buscaba la autosuficiencia alimentaria del país. Todo ello, utilizando el defectuoso instrumental marxista.

En 1922, el economista austríaco Ludwig von Mises ya había advertido sobre la imposibilidad científica del socialismo real. En un sistema de planificación central, argumentaba Mises, con los medios de producción colectivizados e intervención en los precios es imposible el cálculo económico que permite a una economía funcionar normalmente. En ausencia de precios libres, es imposible invertir y producir de manera racional y ordenada, lo que se pretende como “planificación” se convierte simplemente en caos económico (véase su magnífico Socialismo). Tanto en la Unión Soviética como en la China de Mao el guión será exactamente este.

El sistema de precios, producción y cuotas, diseñado desde los Ministerios de Pekín, obligó a grandes masas de población a desplazarse de las ciudades al campo, donde se las obligó a trabajar en tareas que no conocían, y que en muchos casos no estaban preparadas para desempeñar. Se instauraron grandes comunas agrícolas, las primeras en la provincia de Henan en Abril de 1958, luego extendidas a todo el país, donde trabajaban la tierra hasta cien familias. Las gentes fueron obligadas a trabajar siguiendo técnicas inadecuadas (por ejemplo se llegó a obligar a trabajar el campo de noche utilizando incomodas e inservibles lámparas de luz), o procedimientos pensados y diseñados de espaldas a la realidad del terreno y sin tener presente la importancia del saber práctico de cada trabajador.

La obsesión planificadora no únicamente incluyó la colectivización de la tierra, los campesinos también fueron desposeídos de sus utensilios, herramientas, e incluso de sus casas antes de ser forzados a integrarse en las mencionadas comunes. La producción paso a ser tremendamente frágil y expuesta cualquier inclemencia climática o plaga. La producción caerá ya en 1959 en un 15%, y en 1960 no llegará al 70% (según estimaciones) de los niveles alcanzados dos años antes; la producción de cereales (según las estadísticas oficiales) pasará de 200 millones de toneladas en 1958 a sólo 143 en 1960. Una producción que, además, será distribuida de manera igualmente desigual entre la ciudad y el campo lo que agravará aún más el hambre a la que se someterá durante esos años dramáticos a la sufrida población rural.

Uno de los grandes desastres económicos de aquellos años de gran caos fue el que derivará de los quiméricos objetivos con respecto a la producción de acero fijados por los planificadores. En su obsesión por igualar la producción de acero del Reino Unido, los comunistas empujarán a muchas comunas a fundir sus herramientas en hornos de fundición caseros, incapaces de producir acero de calidad. Unos planes kamikazes que solo servirán para destruir los pocos bienes de capital que tenían los campesinos chinos.

Oficiales siendo transportados a las zonas rurales para dirigir las comunas en 1957

La planificación socialista desincentivo el ahorro, el trabajo y la innovación. La productividad agrícola se hundió literalmente, como también lo hizo la producción de acero, y con ello el crecimiento económico y el progreso. Un caos económico acabó desembocando en la Gran Hambruna de principios de los 60s con consecuencias severas por todo el país que se llevó al límite de sus posibilidades. Las estimaciones más conservadoras estiman en 30–32 millones de personas los muertos como consecuencias directa de las políticas de Mao y resto de líderes del Partido Comunista. Igual que sucedió con la gran hambruna en Ucrania, también en otros rincones de la Unión Soviética, una parte importante de la población se la acabó empujando hasta el drama extremo del canibalismo (probablemente en el episodio más dramático del que se tenga documentación a este respecto).

Las nueva y detallada investigación de Dikötter arroja un balance aún más dramático donde no menos de 45 millones de personas fueron víctimas directas del nefasto experimento socio-económico impulsado por Mao y que acabará llevando al país al fanatismo de la Revolución Cultural. Una cifra que asciende (se estima) hasta los 65 millones de muertos para todo el periodo, más que en la Unión Soviética (claro que la población china es mucho mayor). Todo aquel que pusiese en tela de juicio la estrategia política de Mao y los resultados obtenidos, incluidos líderes tan notables como Liu Shaoqi o Deng Xiaoping, serían brutalmente reprimidos y purgados.

Pirámide población de la República Popular de China, 1982

El excelente trabajo de investigación de Dikötter no únicamente arroja una nuevas cifras con respecto a la magnitud de la tragedia (cualitativamente superior de lo que se pensaba inicialmente), sino también con respecto la naturaleza de muchas de estas muertes. Durante años, desde algunos ámbitos se había relativizado las muertes del maoísmo culpando de las mismas al mal tiempo y los fallos en la implementación del comunismo, a diferencia del sistema de persecución y violencia sistemática del estalinismo. Sin embargo, los nuevos datos e informaciones trabajados por Dikötter muestran una realidad muy distinta donde los juicios sumarísimos, las ejecuciones masivas, o el uso de la violencia, formaron parte del dramático paisaje de aquellos años.

Lograr la igualdad económica exige, de forma inevitable, del uso de la fuerza: nadie cede su propiedad libremente. La violencia y el terror son elementos consustanciales de cualquier régimen totalitario, especialmente de los regímenes comunistas. En Octubre de 1949, cuando Mao llega al poder, los comunistas llevaron a cabo una profunda colectivización de la tierra a gran escala; afectó no únicamente a los grandes terratenientes, sino también a pequeños agricultores y pequeño burgueses agrícolas. Siguiendo el modelo estalinista, se militarizó la sociedad y se paso el rodillo por las antiguas instituciones imperiales que, mal que bien, habían sustentado el país — especialmente la zonas rurales — , incluso durante los años más convulsos de la etapa de dominación extranjera y durante la cruenta guerra con Japón y posterior Guerra Civil, y el país poco a poco se iba deslizando por el lodazal del caos social y económico.

Durante años, una parte de la izquierda asoció los dramáticos resultados de las ideas marxistas a una mala aplicación práctica: el problema no era teoría diseñada por Marx y Engels sino la corrupción de estos ideales por parte de los dirigentes políticos encargados de llevarlas a cabo. El libro de Dikötter (nuevamente) demuestra justamente lo contrario: el desastre socio-económico, especialmente agudo entre los más desposeídos, no fue por un corrimiento en la aplicación de las ideas comunistas sino debido a su precisa implementación. De hecho, es únicamente a los pequeños mecanismos de corrupción del sistema de planificación, falseo de las cuentas, mercado negro, estraperlo, entre otras técnicas desesperadas para la supervivencia que, a la postre (también en la extinta URSS), permitía alargar la esperanza de vida de este tipo de regímenes que, de otro modo, hubieran colapsado mucho antes.

La lectura del libro de Dikötter no únicamente sirve para alumbra una parte fundamental en la historia reciente de China, sino que es un potente recordatorio de que sucede cuando una sociedad queda presa del liderazgo fanático de una sola idea.