Muchos han querido ver en el estado de ánimo que ha generado la crisis catalana un sentimiento similar al que suscitó el desastre del 98. Ese desgarro colectivo, ese vagar sin rumbo hacia lo desconocido, esa pesadumbre existencial sobre el ser y el sentido de España. Triple juego en Cuba no va de eso, pero sí contiene numerosos elementos que recuerdan temas, discusiones y argumentos que se han oído hasta la saciedad en las semanas pasadas.

La última novela de Bernar Freiría se desarrolla en una época de la Historia de Cuba, y de España, poco abordada por la literatura. Tal vez, precisamente, porque el drama del 98 dio paso más a la reflexión y a la introspección que a la creación.

Triple juego en Cuba narra la historia de un joven gallego que acaba asentándose en la isla en los años previos a la guerra de la independencia de España. Allí, su astucia, su capacidad de observación y de aprendizaje, y su ambición le llevan a convertirse en un espía para los tres bandos, el español, el de la insurrección cubana y el estadounidense, antes, durante y después de la contienda.

El autor va mezclando con habilidad los acontecimientos históricos, la descripción de los lugares y una trama de intrigas amena y en ocasiones trepidante.

Por sus páginas pasan personajes como los últimos capitanes generales españoles en Cuba: Arsenio Martínez Campos, Valeriano Weyler y Ramón Blanco y Erenas; los líderes cubanos José Martí, Antonio Maceo, Máximo Gómez, Juan Gualberto Gómez o Calixto García, entre otros; y el sinfín de tipos que formaban la sociedad cubana de la época, desde los españoles hasta los criollos; desde los acomodados hacendados hasta los capataces y los trabajadores de los ingenios y los centrales -el nombre que recibían en la isla las nuevas fábricas de azúcar tecnificadas-, obligados a jornadas interminables bajo condiciones inhumanas; desde los militares hasta los plateados -bandoleros de origen afrocubano, generalmente desertores-; comerciantes, funcionarios, campesinos, emigrantes llegados en busca de una vida mejor, antiguos esclavos… blancos, mestizos, negros. Pero también la luz, el calor sofocante, la lluvia tropical, la manigua y una Habana bulliciosa y llena de vida.

Freirías va desgranando de la mano de sus protagonistas temas que marcaron la historia de España. Como la ceguera y la indiferencia de las autoridades españolas ante el proceso independentista, movida por un inalterable complejo de superioridad.

Freirías va desgranando de la mano de sus protagonistas los grandes temas del momento, aquellos que marcaron la historia de España. Como la ceguera y la indiferencia de las autoridades españolas ante el proceso independentista, movida por un inalterable complejo de superioridad y una incapacidad absoluta de leer la marcha de los tiempos; como la corrupción genética del sistema; como la ineficacia empresarial de los propietarios -ya fueran -españoles o cubanos- con muy escasa visión de futuro, un futuro que sí veían, con claridad, los empresarios estadounidenses que ya entonces habían empezado a establecer sus redes en Cuba; como el idealismo ciego de los líderes de la independencia, que los llevó, a la postre, a echarse en manos de los norteamericanos; como la crueldad y la brutalidad de la guerra.

El autor describe con detalle el sinsentido de la política de tierra quemada que aplicaron ambos bandos, el cubano y el español, con el objetivo de no dejar nada en pie para el enemigo. Aguas envenenadas, pueblos arrasados, terrenos incendiados. Y en medio, como siempre, un campesinado sospechoso solo por seguir vivo.

La guerra alcanzó su momento más brutal con la llegada de Weyler, en uno de los episodios más vergonzosos de la historia colonial contemporánea de España. El carnicero, como acabó siendo apodado por la prensa norteamericana, puso en marcha los llamados campos de “reconcentración”, a los que llevó a los habitantes de las zonas rurales para acabar con el apoyo del campo a los rebeldes. Aunque las cifras varían enormemente, engordadas además por el amarillismo estadounidense, el propio Freiría afirma que entre 150.000 y 170.000 personas murieron de hambre y enfermedades en aquellos lugares.

La realidad es que la estrategia de Weyler estaba dando sus frutos y hasta podría haber logrado una victoria militar sobre el bando independentista, que controlaba el oriente de la isla, de no ser por el giro de la historia que supuso el asesinato del presidente del Gobierno, Antonio Cánovas del Castillo, y el consiguiente cambio radical de política hacia Cuba.

Pero para entonces, la opinión pública internacional, espoleada por los grandes periódicos norteamericanos, ya se había levantado contra la extrema crueldad del Ejército español. No hay que olvidar, tampoco, que Cuba fue el escenario de la puesta de largo del amarillismo en prensa y que William Randolph Hearst puede ser considerado el padrino de las fake news de hoy. Como dice uno de los personajes: “Si usted me dice que el mambí ahora no ataca, algo habrá que inventarse para seguir convenciendo a la opinión pública americana de que el buen pueblo cubano lucha con denuedo contra la España que los oprime”. El objetivo último: convencer a los ciudadanos, a los políticos y, especialmente, al presidente estadounidense, de la necesidad de intervenir en la guerra con la excusa de apoyar la causa de la libertad, una libertad teñida en realidad de intereses económicos.

Freiría ofrece una mirada libre de prejuicios. No toma necesariamente partido, a través de sus personajes, por uno u otro bando, sino que busca describir las múltiples aristas de una realidad bien compleja.

Y todo ello, ante la pasividad del Gobierno de Madrid (¿les suena?), que no supo o no quiso ver la importancia de su imagen y el impacto de la prensa internacional en su juego político. Ya decía el propio Cánovas que “la mejor política exterior que puede tener España es no tener ninguna”.

Lo que la trama recoge, además, a lo largo de todo el libro, es la tensión entre progreso y reacción que marcó la historia del siglo XIX español y sus dramáticas consecuencias en el XX. Una tensión que tuvo en la guerra hispano-norteamericana su exponente más simbólico y que el autor resume en dos metáforas de la época muy gráficas: “el toro contra el elefante” (representaciones simbólicas, cada uno, de los dos países) y “Frascuelo contra Edison”, el torero contra el inventor.

Bernar Freiría ofrece en Triple juego en Cuba un texto cuidado y bien escrito desde el punto de vista literario, y con una acertada combinación de rigor y documentación desde el lado histórico. Ofrece además una mirada libre de prejuicios. No toma necesariamente partido, a través de sus personajes, por uno u otro bando, sino que busca describir las múltiples aristas de una realidad bien compleja. Se notan ahí los diferentes “oficios” del escritor, que es catedrático de Filosofía y periodista.

Es mucho más de lo que a menudo se encuentra en las novelas históricas de corte comercial. Tal vez por ello esta obra ve la luz en Libros.com, una editorial de micromecenazgo, que permite a los autores romper con la tiranía de verse obligados a convertir todo lo que escriben en best-sellers.

1898 supuso la estocada definitiva para el Imperio español. Hoy, tras casi 60 años de castrismo, la isla se vuelve a asomar a un futuro incierto, con la retirada anunciada de Raúl Castro en febrero de 2018. ¿Podrá sobrevivir el régimen una vez perdido el apellido? ¿Será capaz el Partido de mantener su poder entre un Washington amenazante y una Venezuela en caída libre? Mientras esperamos a ver qué depara el futuro, Triple juego en Cuba nos permite conocer un poco mejor el pasado.