León Tolstói moldeó la literatura rusa junto a Dostoievski, Chéjov, Pushkin y Gógol. Entre los nombres y apellidos que se afincan en los clásicos del país euroasiático el escándalo de Anna Karénnina al dejar a su familia para alimentar sus aventuras románticas personales, o la coquetería caprichosamente humana de Natalya Rostova en Guerra y paz, siguen leyéndose un siglo después con prejuicios y reacciones no muy disímiles a los de aquellas élites arcaicas que se horrorizaban con tanta facilidad en las ficciones de Tolstói.

El tamaño de su nombre es tan amplio como los años que han pasado desde que escribió Infancia su primera obra publicada en 1852 mientras servía en el ejército. Esta autobiografía seguida por dos tomos más: Adolescencia (1854) y Juventud (1856), se establece como el punto común que une a los grandes contadores de la literatura, sin importar la época o el lugar: el diario y la libreta como meta personal se convierten en el confesionario perfecto para cuestionar lo incuestionable en una década determinada.

Esas pequeñas anotaciones que se transforman en grandes obras fueron particularmente punzantes en el caso de Tolstói, quien inclusive inspiró un movimiento “Tolstoiano” basado en su filosofía y pensamiento religioso. El novelista ruso, quien luchó por muchos años con dudas existenciales tan individuales como sus posiciones, llegó a ser un duro crítico de la Iglesia Ortodoxa de Rusia, e inclusive fue expulsado de esta tras la publicación de Anna Karénnina y su tajante crítica “nacional” en 1877.

Su crítica no fue solo contra el Estado y sus instituciones, sino que en sus disertaciones intentó encontrar una lógica en la figura de Jesús como ser humano, concentrándose particularmente en su famoso Sermón de la Montaña. Aunque se identificaba a sí mismo como cristiano, Tolstói no creía en Cristo como aquél ser milagroso y divino que resucita y transforma el agua en vino. Para el escritor la clave en la incógnita de Jesús no residía en su “divinidad” sino en sus enseñanzas e indicaciones.

En cuando a la universalidad de Tolstói esta no solo reside en sus novelas sino en el cuestionamiento emocional y espiritual que lo alejó de la coalición más poderosa de Rusia entonces, la Iglesia y el Estado, para inclusive plantearse el suicidio ante el sin-sentido de sus funciones.

Conocedor de ambas caras, la aristocrática y la ascética, su linaje y riquezas fueron un punto de ebullición para reñir contra la corrupción y falsedad de aquellas instituciones que gobernaron su vida durante tantos años. Desde adolescente entabló un viaje de autoconocimiento, no tan acelerado como el de Rimbaud, pero si igualmente sostenido en las ambivalencias morales de la sociedad. Tolstói logró beneficiarse de todo lo que hace un gran escritor: cuestionar y examinar, señalar lo común y fiscalizarlo por no extenderse en sus pluralidades. Por ejemplo, escribe sobre el “quimérico” concepto del amor y analiza sobre “el conocimiento confuso que tienen los hombres sobre que en el amor existe el remedio para todas las miserias de la vida”.

“Todo hombre sabe que en el sentimiento del amor hay algo especial, capaz de resolver todas las contradicciones de la vida y de dar al hombre ese completo bienestar, cuya lucha constituye su vida. (…) Pero es un sentimiento que viene rara vez, dura solo un poco, y es seguido por sufrimientos aún peores, dicen los hombres que no entienden la vida.

Para estos hombres, el amor no aparece como la única y legítima manifestación de la vida, como concibe la conciencia razonable, sino solo como una de las mil eventualidades diferentes de la vida; como una de las mil fases variadas a través de las cuales el hombre pasa durante su existencia.” […]

En el estudio La relevancia contemporánea del pensamiento político de Leo Tolstói del Dr Alexandre J. M. E., éste reflexiona sobre los innumerables libros y ensayos publicados por el novelista ruso en sus últimos treinta años de vida. El ensayo propone que sus posiciones radicales en cuanto a la política y la religión, que llegaron incluso a ser tildadas como un “Cristianismo Anárquico”, su descontento con el Estado, la Iglesia, la economía y las revoluciones en Rusia, son tan válidas y relevantes en el siglo XXI como lo fueron en el siglo XIX.

“El estado, ya sea autocrático o democrático, continúa usando la violencia o la amenaza de esta para imponer su voluntad a quienes disienten de su agenda. La Iglesia continúa prestando poca atención a lo que Tolstói ve como las implicaciones claras y verdaderamente revolucionarias de la enseñanza y el ejemplo de Jesús. Un sistema económico profundamente injusto sigue prosperando en lo que Tolstói vio como la premisa inaceptable de la propiedad privada”, escribe el académico.

Por esto la contribución de Tolstói sigue siendo única, no solo en su defensa intransigente hacia la no violencia y hacia la enseñanza como ejemplo, tal cual la implementaría Gandhi décadas después con el sacrificio no violento como método revolucionario. En la era de la globalización Tolstói podría advertir hoy lo mismo que advertía tras convertirse al “cristianismo” con casi 50 años de edad.

“Muchos se han inspirado para seguirlo desde entonces. Pero sigue siendo cierto que la mayoría de la gente aceptará felizmente la necesidad de usar la violencia a veces, y especialmente para cambiar lo que se considera un sistema político y económico profundamente injusto. Pocas personas cometen el mal voluntariamente, o al menos racionalizan más el mal que cometen como el daño colateral de los medios que están justificados por el fin que se persigue. El pensamiento de Tolstói es una advertencia contra esta lógica. Advierte que los medios se convierten en fines, que los fines se pierden si se adoptan medios violentos. Tolstói advierte contra la adopción de la violencia para expresar ese descontento”, concluye Alexandre.

Pero aunque la visión de Tolstói es revolucionaria, también es esencialmente masculina. Es cierto que sus novelas más leídas y universales se producen con la escritura de personajes femeninos que forman parte de un evento único que cuestiona la civilización elitista y social de la época. Sucede con la inusual independencia de Anna Karénnina, o en La Sonata de Kreutzer, en donde este reflexiona sobre las relaciones maritales de una manera tan franca como inocente al entrever clichés y formas machistas sobre el amor y el “cortejo” sentimental. No obstante, el fracaso de su matrimonio y las borrascas maritales que lo atormentaron durante este muestran sus semillas en cada personaje torturado e infiel de sus novelas, nunca con mayor fuerza como en La muerte de Iván Ilich.

Es evidente que las novelas de Tolstói surgen de los pequeños detalles de su diario, se nutren de chismes, recuerdos de la infancia, rutina familiares y jergas sociales.En una de sus primeras anotaciones a la edad de 18 años, en marzo de 1847 escribe lo que sería la eterna pregunta de su vida y su trabajo, la esencia de su literatura y de sus confesiones tardías:

“Sigo encontrándome con la pregunta: ‘¿Cuál es el objetivo de la vida del hombre?’ Y, sin importar el resultado que logren mis reflexiones, sin importar lo que considere fuente de vida, invariablemente llegó a la conclusión de que el propósito de nuestra la existencia humana es proporcionar un máximo de ayuda para el desarrollo universal de todo lo que existe (…) Esta es toda la esencia de la vida: ¿quién eres? ¿Qué eres?”