Los cambios que experimenta el cuerpo humano cuando se practica ejercicio son insospechados. Más allá de tonificar los músculos o quemar grasas, hay órganos muy distantes entre sí que mejoran su funcionamiento gracias a unas vesículas microscópicas que se sabe lo que hacen, pero no cómo se generan.

Durante los años 80, una marca de bicicletas estáticas lanzó una campaña para concienciar sobre la necesidad de hacer ejercicio. El lema era «Quien mueve las piernas mueve el corazón». Esa idea también está presente en frases como «Quien mueve las manos mueve la cabeza» y todo el mundo sabe que cuando «mueves tu cucu / me hipnotizas como un gato / y mis ojos como platos / no te pueden dejar de mirar».

Hacer ejercicio es clave para el buen funcionamiento del cuerpo humano. Sin embargo, los científicos no acaban de explicarse cómo es posible que esa actividad física ponga en marcha procesos fisiológicos en partes del cuerpo aparentemente desconectadas entre sí.

Hasta ahora se pensaba que esas conexiones se producían por el aumento del ritmo cardiaco y del flujo sanguíneo. Sin embargo, los efectos del ejercicio iban más allá de una mayor transmisión de oxígeno a las células.

Por esta razón, como explica la página web Cell.com, los investigadores decidieron centrar su atención en las vesículas, unos glóbulos microscópicos que se encuentran en el interior de las células y que contienen material biológico.

En un primer momento se pensó que su función era purificar las células, pero ahora se sabe que también contienen material genético y proteínas, una cualidad que les permite transmitir mensajes biológicos a otras células.

Con esos datos, vincular el ejercicio y la activación de esas vesículas era un razonamiento muy fácil de hacer. El problema es que había que probarlo. Para ello, los autores de la investigación Extracellular Vesicles Provide a Means for Tissue Crosstalk during Exercise idearon un nuevo experimento que requería de voluntarios aficionados al ejercicio… y poco impresionables.

Eligieron a varias personas a las que colocaron un catéter en las arterias femorales. El objetivo era extraerles sangre mientras pedaleaban en una bicicleta estática. El ejercicio debía durar una hora, a lo largo de la cual la resistencia de la bicicleta aumentaba y, en consecuencia, también el esfuerzo. Después de esa primera fase, los voluntarios descansaban cuatro horas, al cabo de las cuales se les volvió a hacer una extracción de sangre.

Cuando se analizaron las muestras, los médicos comprobaron que el número de esas vesículas con proteínas aumentaban considerablemente durante el periodo de ejercicio y disminuían después del tiempo de descanso. El problema era que esos resultados no aclaraban a qué órganos afectaban esas vesículas, razón por la cual decidieron seguir con los experimentos.

Esta vez, en lugar de seres humanos, los elegidos fueron animales. Concretamente, ratones. A estos roedores se les inyectó un líquido marcador fluorescente, que permitía rastrear mejor el movimiento de las vesículas por el interior del cuerpo.

Eso permitió saber que el destino al que se dirigían las vesículas era el hígado. Este dato tenía sentido para los investigadores, habida cuenta de que es un órgano clave a la hora de ayudar a producir energía al organismo. Una vez que las vesículas llegaban al hígado, sus paredes se disolvían y la carga proteica era absorbida por ese órgano.

El doctor Martin Witman, del departamento Cellular and Molecular Metabolism del Garvan Institute of Medical Research de Sidney y uno de los científicos responsables del estudio, ha valorado de forma positiva este descubrimiento que, finalmente, arroja luz sobre la relación entre ejercicio y su efecto en diferentes órganos corporales como la retina, los músculos o los huesos. Además, según un reciente artículo de Nature Reviews Endocrinology, el ejercicio físico también mejoraría la memoria, el metabolismo y los procesos tumorales porque ayudaría a la redistribución de las células cancerígenas.

Sin embargo, aún quedan muchas incógnitas por resolver. La primera de ellas y tal vez la más importante: ¿de dónde salen esas vesículas? ¿Qué las genera? Sea como sea, de lo que no hay duda es de que, para averiguarlo, los médicos y tú vais a tener que levantaros del sofá y mover el culo. Literalmente.