Vivimos un momento marcado por las dudas y los interrogantes en torno al orden mundial. Hemos presenciado una pérdida de confianza en instituciones fundamentales --partidos políticos, gobiernos nacionales, autoridades regionales-- y entre socios dedicados a la inversión y al comercio internacional.

A menudo, usamos el término "confianza" sin detenernos demasiado en lo que significa. Pero un análisis llevado a cabo por Luigi Zingales y otros lo define como "capital cívico"; es decir, "las creencias y los valores comunes y persistentes que ayudan a un grupo a superar el problema del consumidor parásito en pos de una actividad socialmente valiosa".

Los autores observan que cuando la confianza existe y es recíproca --cuando hay confianza en las políticas, las instituciones y los sistemas--, las economías pueden lograr más.

Pero cuando la confianza se agota, cuando la gente concluye que el "sistema" no refleja sus valores, escapa a su control y ya no la beneficia, las economías operan de manera deficiente.

La pérdida de confianza obedece a tres razones:

Primero, la reacción a la globalización; más concretamente, las dislocaciones que han ocurrido en nuestra economía mundial interconectada. Mucha gente cree que no ha producido resultados justos, y que no se les ha exigido cuentas a los dirigentes y a sus principales beneficiarios.

Segundo, la crisis financiera internacional, y la recuperación que llevo una década, exacerbaron esta tendencia. Se ha culpado a los gobiernos por no haber evitado la crisis y luego por agravar las dificultades al no instrumentar una recuperación rápida. Para muchos, la última década demostró claramente que los intereses especiales se habían hecho con las instituciones, que la corrupción es endémica y que los trabajadores son quienes pagan los platos rotos.

Los banqueros fueron blanco de una ira profunda, aunque, irónicamente, las encuestas recientes muestran que los bancos están volviendo a inspirar confianza. Eso refleja sin duda la reforma que siguió a la crisis, lo cual pone de relieve una lección clave: la confianza es algo que se puede recuperar.

El tercer factor es la tecnología. El avance de la automatización, la inteligencia artificial, los datos masivos, el comercio electrónico y las tecnofinanzas ofrecen posibilidades enormes. Pero también están agudizando la preocupación en torno al futuro del trabajo, la sostenibilidad de las empresas tradicionales, la propagación del ciberdelito y la armamentización de los datos. No es de sorprender que estemos presenciando una pérdida de confianza en los gigantes de la Internet.

El avance de los movimientos y los partidos políticos populistas y del proteccionismo quizá sea la consecuencia más obvia de la recesión de confianza, junto con la indignación en muchos países que suscita la desigualdad de los ingresos . Pero hay en juego una tendencia más profunda, un cambio que se produce cuando la gente le concede su confianza a entidades locales o unitemáticas que parecen devolverle una sensación de control. Entre ellas, hay organizaciones de la sociedad civil, movimientos sociales y políticos y comunidades que se forman en Internet.

Aunque la descentralización le da a la gente la sensación de pertenecer y produce un impacto local, esta fragmentación acarrea una consecuencia desfavorable fundamental. Cuanto más confianza se pone en los niveles locales y descentralizados, menos poder y autoridad tendrán sus depositarios para abordar y solucionar problemas que por naturaleza propia requieren una autoridad descentralizada y, en un número creciente de casos, cooperación regional e internacional.

Por ejemplo, la confianza en algunas instituciones europeas ha suscitado temores en cuando a la posibilidad de una autoridad excesivamente amplia. El descontento y la sospecha frente a órganos y regulaciones supranacionales ha generado una reacción negativa en recientes elecciones.

Europa enfrenta vulnerabilidades adicionales mientras algunos elementos del proyecto regional sigan estando incompletos. Se expone a una mayor pérdida de confianza mientras no concluya la labor sobre la unión bancaria y la armonización de regulaciones y prácticas nacionales en el sector financiero. Del lado positivo, el avance hacia una mayor integración podría renovar la confianza. Lo que está resultando difícil es hacer frente a la reducción del riesgo --los legados de la crisis y de la falta de disciplina a nivel de políticas nacionales-- mientras se asientan los elementos de la distribución del riesgo. Mientras no exista un equilibrio adecuado, mantener la confianza podría ser una tarea ardua, si los ciudadanos de algunos países sienten que son quienes pagan, y los de otros, quienes reciben.

A nivel internacional, la desconfianza ante los acuerdos y las instituciones mundiales se hace especialmente evidente en el ámbito del comercio internacional y de la inversión extranjera directa; no tenemos más que pensar en el vuelco hacia las negociaciones y los tratados bilaterales y la mención de medidas unilaterales. La cooperación en beneficio mutuo es la única manera de evitar el riesgo de una escalada perniciosa de las tensiones comerciales. Pero, con el mismo criterio, la globalización no recibirá un apoyo amplio y sostenido si no está basada en prácticas de inversión y comercio libres y equitativas. Eso requiere la voluntad de actualizar las reglas y las instituciones teniendo en cuenta la creciente complejidad y avance de la economía internacional, así como el hecho de que la tecnología está alterando el panorama económico. Todos los países tienen que empeñarse en mejorar sus propias políticas y en colaborar para tener en cuenta las dislocaciones provocadas por la globalización y la tecnología.

El FMI no es ajeno a la desconfianza. Nos hemos encontrado en el ojo de la crisis y hemos sido blanco de controversias. Una y otra vez, nos hemos visto sometidos a presiones de reforma para poder atender las necesidades y expectativas cambiantes de la comunidad internacional. Las sentimos nuevamente hoy, al abordar la cuestión de la red mundial de protección financiera, que es necesaria como un baluarte ante crisis futuras.

Durante la última década, el FMI ha dado importantes pasos para que sus procesos decisorios reflejen mejor la evolución de la economía mundial; en consecuencia, los países de mercados emergentes tienen hoy más voz.

Nuestra labor debe continuar. Debemos estar más atentos a las ideas y a las quejas que llegan desde todos los rincones del planeta, y esto implica atender las inquietudes respecto de la corrupción. Debemos demostrar que somos una institución competente que aprende y evoluciona. Pero, fundamentalmente, debemos demostrar que aún hay razones para colaborar en pos de bienes mundiales que benefician a todos los pueblos y que trascienden las fronteras nacionales y pueblerinas.

Es crucial preparar el multilateralismo para un mundo en el cual la confianza y la autoridad están más descentralizadas. Nuestras instituciones multilaterales son más críticas que nunca. La manera de recuperar la confianza es cerciorándonos de que la cooperación produzca beneficios concretos y ampliamente diseminados para todos. Podemos restablecer la confianza en las instituciones y en aspiraciones más ambiciosas si nos proponemos recuperar el sentido de que trabajando juntos podemos lograr algo concreto.