El mundo se enfrenta a un gran dilema. Para sostener el desarrollo se necesita un crecimiento económico veloz como el de los últimos 50 años, pero ahora sabemos que esto puede traer consecuencias graves, sobre todo para el medio ambiente. ¿Cómo equilibrar la necesidad de crecimiento y desarrollo con la de garantizar sostenibilidad?
El enorme aumento del ingreso per cápita de los últimos 20 años sacó de la pobreza extrema a más de mil millones de personas. En los países en desarrollo, la expectativa de vida aumentó 20 años desde mediados de los setenta, y la tasa de analfabetismo adulto cayó casi a la mitad en los últimos 30 años.

Pero este veloz crecimiento generó grandes presiones sobre el medio ambiente y fue acompañado por un aumento en la desigualdad de ingresos, que en muchos países ya alcanzó máximos históricos (aunque se redujo entre países). Esto lleva a pensar que un crecimiento más lento sería mejor para el mundo.

En tal caso, la solución ya está a la vista. Según un nuevo informe del McKinsey Global Institute (MGI), el envejecimiento poblacional y la caída de las tasas de fertilidad en muchas partes del mundo pueden limitar considerablemente el crecimiento global en los próximos 50 años.

De hecho, incluso con un aumento acelerado de la productividad como el del último medio siglo, el crecimiento global caería un 40%, muy por debajo de la tasa exigua de los últimos cinco años. También se prevé que la creación de empleo se desacelere significativamente. De modo que aun con menos crecimiento poblacional, el aumento del ingreso per cápita caería un 19%.

Es verdad que en los próximos 50 años el PIB se triplicaría y el ingreso per cápita se duplicaría. Pero esa tasa de crecimiento a largo plazo sería muy diferente de la de los diez lustros que terminan, cuando el PIB se multiplicó seis veces y el ingreso per cápita casi tres veces.

A pesar de sus beneficios potenciales, sobre todo para el medio ambiente, esta inminente desaceleración trae consigo importantes riesgos. El crecimiento no es un fin en sí mismo, pero permite alcanzar numerosas metas sociales, entre ellas crear oportunidades económicas y laborales para millones de personas vulnerables y pobres, y proveer bienes sociales como educación, atención de la salud y pensiones.

¿Cómo asegurar la satisfacción de estas necesidades a pesar de las restricciones demográficas y ambientales? El primer paso es acelerar el aumento de la productividad. La aceleración necesaria es impresionante (un 80% para sostener el crecimiento del PIB en general y un 22% para sostener el aumento del ingreso per cápita en los niveles del último medio siglo). Pero sobre la base de estudios realizados en cinco sectores económicos, el informe del MGI señala que aunque esto es “extremadamente difícil”, no es imposible, y no depende de avances tecnológicos impredecibles.

Tres cuartas partes del potencial repunte de la productividad pueden salir de la implementación en países que hoy están rezagados de medidas que ya demostraron su eficacia en otros: modernizar la venta minorista, consolidar la producción de automóviles en menos fábricas más grandes, mejorar la eficiencia del sistema sanitario y reducir el derroche en el procesamiento de alimentos. El resto puede salir de innovaciones tecnológicas, operativas y empresariales, como el desarrollo de nuevas semillas que aumenten la producción agrícola, el uso de materiales nuevos (por ejemplo, compuestos de fibra de carbono) para fabricar autos y aviones más livianos y resistentes, o la digitalización de las historias clínicas.

Otro importante motor de crecimiento sería mejorar los niveles de empleo y productividad de las mujeres. Hoy, sólo la mitad de las mujeres del mundo en edad de trabajar tienen empleo, ganan aproximadamente tres cuartas partes del salario masculino a igual ocupación y están sobrerrepresentadas en trabajos informales, temporales y de baja productividad.

El MGI estima que aumentar la tasa de empleo de las mujeres puede aportar casi un 60% del crecimiento potencial de la fuerza laboral en los próximos 50 años. Pero esto demanda que tanto empleadores como gobiernos se esfuercen en eliminar prácticas discriminatorias que impiden la captación, retención y promoción profesional de las mujeres, junto con políticas de crédito, impositivas y de apoyo familiar que ayuden a los trabajadores a equilibrar sus responsabilidades laborales y domésticas.

En tanto, para mitigar el impacto medioambiental de un alto crecimiento continuo, el mundo debe mejorar considerablemente la eficiencia en el uso de recursos. El MGI y otros grupos han identificado numerosas oportunidades de crecimiento respetuosas del medio ambiente derivadas de un uso más inteligente de recursos limitados.

Tómense por caso las mejoras en eficiencia energética, que pueden reducir a la mitad la demanda prevista de energía de aquí a 2020. El ejemplo de California (la octava economía del mundo) demuestra que la aplicación de estrictas normas de eficiencia energética puede ser favorable al crecimiento y al empleo. De hecho, esas políticas han mantenido la demanda de energía per cápita de California constante desde hace tres décadas (mientras crecía un 50% en el resto de Estados Unidos) sin dañar el crecimiento.

Mejorar la productividad de los recursos es deseable tanto para las empresas como para los consumidores, porque supone grandes ahorros. Felizmente, hoy las políticas que apuntan a ese fin tienen más apoyo, tanto en países desarrollados como en desarrollo.

Pero incluso si el aumento del empleo femenino y una mayor productividad con uso eficiente de recursos permitieran altas tasas de crecimiento económico, queda todavía un serio desafío: la desigualdad de ingresos. De hecho, entre esta y el crecimiento no hay una relación sencilla; al fin y al cabo, la desigualdad ha aumentado tanto en economías desarrolladas de crecimiento lento como en países emergentes de alto crecimiento.

Según el economista francés Thomas Piketty, la desigualdad de ingresos aumenta cuando la rentabilidad del capital supera al crecimiento económico; luego, un crecimiento más veloz, por sí mismo, puede reducir la desigualdad. Con un enfoque diferente, economistas del Fondo Monetario Internacional también hallaron una relación positiva entre menor desigualdad de ingresos y mayor crecimiento, y concluyeron que las políticas redistributivas pueden propiciar un crecimiento más veloz y más sostenible.

El crecimiento todavía importa. Conforme los factores demográficos se tornen adversos y los desafíos medioambientales se hagan aún más notorios, las empresas y los gobiernos deberán pensar seriamente en cómo mejorar la eficiencia de los recursos y al mismo tiempo promover un crecimiento económico más inclusivo.

Con la colaboración de Project Syndicate.

Autor: Laura Tyson es ex directora del Consejo de Asesores Económicos del presidente de EEUU, Jonathan Woetzel es director de del McKinsey Global Institute.

REUTERS/Issey Kato