The Rise and Fall of American Growth: The US Standard of Living since the Civil War, de Robert J. Gordon, aborda los inventos que propiciaron el mayor crecimiento económico de la historia. ¿Está la revolución de las tecnologías de la información al mismo nivel?

El economista Robert J. Gordon lleva mucho tiempo presentando argumentos en contra del tecno-optimismo que impregna nuestra cultura y la afirmación constante de que estamos en medio de una transformación revolucionaria. Desde los momentos álgidos de la locura de las punto.com, no ha dejado de pedir que veamos las cosas con perspectiva y ha insistido en que los logros actuales no pueden compararse con otras conquistas pasadas. La revolución de la tecnología de la información, dice, no está a la altura de ninguno de los cinco grandes inventos que impulsaron el crecimiento económico entre 1870 y 1970: la electricidad, el saneamiento urbano, los productos químicos y farmacéuticos, el motor de combustión y las comunicaciones modernas.

El rápido crecimiento económico que casi todos nosotros consideramos natural y que prevemos eterno fue, en su opinión, irrepetible. Los inventos mencionados se explotaron y perfeccionaron entre 1920 y 1970, y todas las cosas sucedidas desde entonces son meros ecos de aquella gran oleada. Hace un par de años, un voluminoso libro de economía causó gran revuelo en todo el mundo. El capital en el siglo XXI, de Thomas Piketty, se convirtió en un sorprendente éxito de ventas. El libro de Robert Gordon sobre el crecimiento económico tiene 768 páginas y su mensaje central es seguramente todavía más importante.

La obra de Gordon impresiona por su amplio alcance, pero su lectura es un verdadero placer. Describe cómo la fontanería interior y los servicios municipales de agua corriente y alcantarillado tuvieron consecuencias irreversibles para los seres humanos. La electricidad, la pasteurización, el teléfono y la penicilina, así como muchos otros inventos que hoy damos por sentados, cambiaron nuestra vida por completo. Sus descripciones no tienen nada de aburridas, porque, aparte de los criterios económicos habituales, recurre a muchas otras fuentes y anécdotas para contar y enriquecer un apasionante relato que aúna la innovación, la historia y la economía.

Durante la mayor parte de la historia de la humanidad, el progreso económico fue increíblemente lento; desde hace tres millones de años hasta los comienzos de la Revolución Industrial, el nivel de vida se multiplicó por dos, con un crecimiento del 0,00002% cada año. Entre 1800 y 1870 volvió a duplicarse, y entonces fue cuando despegó la economía mundial. La productividad creció a gran velocidad a partir del final del siglo XIX, alcanzó su cima en 1950 y después se frenó. El autor cree que las innovaciones han sido más lentas desde esa época y que los beneficios de las mejoras tecnológicas se han repartido peor. La primera afirmación sorprenderá a muchos lectores, pero la segunda es bien conocida y muy cierta.

La tesis de Gordon es que los métodos convencionales para medir el crecimiento económico omiten algunos de los principales beneficios para el nivel de vida y, por consiguiente, subestiman el progreso. Los criterios normales para medir el crecimiento no tienen en cuenta las mejoras en sanidad ni esperanza de vida, ni tampoco la influencia de la electricidad, el teléfono o el automóvil. El siglo revolucionario en Estados Unidos se inició al terminar la Guerra de Secesión, y no fue una revolución política sino económica: una revolución que, por primera vez en la historia, liberó a las familias del esfuerzo y el dolor diario del trabajo manual, las labores más pesadas, la oscuridad, el aislamiento y la muerte prematura.

Cien años más tarde, la vida cotidiana había cambiado hasta ser irreconocible. Las labores manuales al aire libre se habían sustituido por el trabajo en espacios interiores climatizados, las tareas domésticas estaban cada vez más en manos de electrodomésticos, la oscuridad se había llenado de luz y el aislamiento había desaparecido gracias a los viajes, al tiempo que las brillantes imágenes de la televisión llevaban el mundo a todos los cuartos de estar. Lo que sucedió entre 1870 y 1970 fue algo único en la historia. En opinión del autor, las innovaciones actuales son mucho más reducidas y contribuyen mucho menos a mejorar el nivel de vida que las de aquel siglo tan especial.

La serie de revoluciones económicas irrepetibles ocupan 14 capítulos de este libro, en el que Gordon explica cómo esos avances, conocidos de todos, impulsaron considerablemente el nivel de vida del estadounidense medio: la vivienda, el transporte y la salud son objeto de capítulos memorables, que recrean de forma muy vívida el enorme cambio experimentado en la vida de los hombres y mujeres normales, primero en Estados Unidos y luego, a veces hasta con medio siglo de retraso, en varias partes de Europa. Cuatro quintas partes del libro se leen muy fácilmente. Ahora bien, la tensión aumenta al llegar a las últimas décadas, en las que la obra se vuelve distinta, tanto en tono como en sustancia. Aquí surgen debates e interrogantes políticos aún sin resolver y que siguen generando grandes desacuerdos profesionales. El autor se vuelve más pesimista, lo cual no es extraño después de la estimulante historia del New Deal y la asombrosa maquinaria industrial de Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial, que contribuyeron a consolidar la hegemonía del país en la construcción del orden mundial, con el Plan Marshall, las instituciones de Bretton Woods y la lluvia de dinero dedicado a la enseñanza superior.

En los 70 empezaron a aparecer vientos que sacudieron las empresas estadounidenses: la competencia de Japón, la subida de los precios del petróleo y el aumento de la desigualdad entre los ricos y los demás. La productividad pasó de crecer un 2,8% entre 1920 y 1970 a sólo un 1,62% desde ese año hasta 2014. El envejecimiento de la población, el aumento de los costes sanitarios y educativos y el malestar social han quedado muy patentes en la campaña presidencial actual. Gordon no tiene muy buena opinión de los tecnoutópicos, pero no todos los observadores están de acuerdo con él en que la nueva economía de la tecnología de la información sea un espejismo. No se detiene demasiado en la inteligencia artificial ni tampoco en que, gracias a la impresión en 3D y a Internet, la revolución de la información está extendiéndose del mundo virtual al mundo físico. Los dos primeros tercios del libro son brillantes, pero el último resulta algo frustrante y es más difícil de leer. ¿Qué tiene que decir, por ejemplo, sobre la posición de Estados Unidos en el escenario global? No obstante, pese a las reservas que puedan suscitar los últimos capítulos, este es un libro magnífico y fascinante.