Para muchos, la riqueza implica una cantidad ilimitada de bienes: cuanto más tiene, mejor. Después de todo, la riqueza trae todo tipo de ventajas, como mejor salud, mayor libertad y control sobre su vida, objetos más lindos, respeto de sus amigos y pares. Sin embargo, nuevas investigaciones sugieren que la riqueza también trae algunos costos y afecta nuestras interacciones sociales de una manera que pasamos por alto.

La brecha de la empatía

La vida para los pobres puede ser desafiante: menos recursos para cubrir las necesidades básicas, más inestabilidad en el hogar y en la vida laboral, y condiciones de vida más amenazantes. Por este motivo, es posible suponer que las personas de clases sociales más bajas serían más egoístas y menos dispuestas a considerar las necesidades de los demás que los individuos más ricos, que pueden permitirse el lujo de ser amables.

Pero un creciente número de hallazgos sugieren lo contrario: los que tienen menos recursos atienden más las necesidades de los demás. Por ejemplo, en uno de nuestros estudios se descubrió que las personas que conducían los automóviles más viejos, más baratos eran más propensas a detenerse por un individuo que estaba intentando cruzar la calle en una senda peatonal. Aquellos con los medios para conducir los autos más lindos solían acelerar sin detenerse.

Esto puede reflejar diferencias básicas en cuanto a cómo los ricos y los pobres atienden las necesidades de los demás a su alrededor. Si bien las personas adineradas pueden contar con su dinero en tiempos difíciles, los pobres dependen más de otros e invierten más en sus relaciones.

Los datos muestran que los individuos de menos recursos dedican más tiempo a socializar con otras personas que sus equivalentes más adinerados, que pasan más tiempo solos.

En las interacciones observadas con extraños, la clase trabajadora se compromete más y es más amable, suele hacer contacto visual o asentir mientras el otro habla. Durante las mismas interacciones, las personas de clase media parecen más groseras, más distraídas, miran sus teléfonos celulares o hacen garabatos en un trozo de papel.

La gente de estratos sociales más bajos también tiende a sentirse más conectada emocionalmente con otras personas. Por ejemplo, los estudiantes en un estudio de laboratorio interactuaron con otros participantes en una situación de entrevista simulada estresante. Los participantes procedentes de entornos de bajos ingresos sentían más compasión por los demás que aquellos de más alto nivel económico. En otro estudio, los participantes de nivel socioeconómico más bajo fueron más capaces de inferir correctamente las emociones de los demás; en otras palabras, tuvieron más empatía.

Las diferencias de riqueza en la atención a otros puede ayudar a explicar lo que algunos investigadores han denominado la “brecha de dar”: aquellos con menos recursos suelen ser más generosos, una tendencia que parece haber aumentado a través del tiempo.

En encuestas de donaciones benéficas en Estados Unidos, los hogares de menores ingresos donan un porcentaje más alto de sus ingresos a caridad que aquellos hogares de clase media. Del mismo modo, estudios de laboratorio descubrieron que los adultos, e incluso los niños, de condición socioeconómica más baja comparten más bienes valiosos (como puntos canjeables por dinero o fichas canjeables por premios) con desconocidos.

Mientras que los individuos más ricos tienden a pensar que tienen derecho y merecen más que los otros, por ejemplo, descubrimos que es más probable que estén de acuerdo con la declaración, “Si estuviese en el Titanic, merecería estar en el primer bote salvavidas”. Los individuos más pobres comparten más de sus recursos limitados.

La riqueza y la maldad

La riqueza también se asocia con tendencias a actuar de manera poco ética. En los estudios de hurto en tiendas, los participantes más instruidos, de ingresos más altos, son más propensos a cometer un acto de robo. Y los datos impositivos del Servicio de Impuestos Internos indican que las personas más ricas mienten sobre los impuestos con mayor frecuencia que aquellos con menos ingresos.

En una investigación llevada a cabo en nuestro laboratorio, examinamos atentamente la conducta ética entre los ricos y los pobres de la sociedad. En un estudio, los participantes jugaron a un videojuego de lanzamiento de dados que supuestamente era un juego de suerte. Los participantes registraron sus propias puntuaciones, que determinaban las oportunidades de ganar algo de dinero en efectivo. Después de lanzar cinco veces los dados al azar por computadora, los participantes más adinerados solían informar puntuaciones más altas de 12, incluso cuando el juego estaba arreglado para que fuera imposible obtener más de 12. Además, descubrimos que los participantes más ricos expresaron su convicción de que la codicia es ética, y con sus actitudes de que la codicia es buena dieron lugar a ese comportamiento no ético.

En otro experimento, evaluamos si al hacer sentir a las personas relativamente más ricas o más pobres, al alterar si se comparaban con alguien mejor o peor que ellos, daría lugar a diferencias en el comportamiento inmoral. Las personas a las que se hizo sentir más ricas (comparándolas con alguien en la parte inferior de la escalera social) respaldaron decisiones poco éticas, como robar suministros de oficina del trabajo, e incluso se llevaban más caramelos de un recipiente que claramente era para niños. En esencia, sentirse más rico –independientemente de lo rico que se es realmente– puede producir un comportamiento más codicioso.

Los costos sociales de la desigualdad económica

En 2011, el movimiento de Occupy Wall Street (Ocupa Wall Street) arrasó en Estados Unidos, provocando protestas en contra de la desigualdad económica y denunciando que la riqueza da derechos, es codiciosa e inmoral. En consonancia con estas acusaciones, la investigación que describimos descubre que los individuos de clases más altas se sienten con más derechos, se preocupan menos por las necesidades de los demás, y en ocasiones se comportan de forma egoísta, incluso sin ética, para avanzar. Por este motivo, se entiende que exista un cierto grado de enojo hacia los ricos, en particular en medio de un clima de creciente desigualdad económica.

Sin embargo, el marcado individualismo entre los ricos puede tener más que ver con los efectos psicológicos de la desigualdad económica que con algunas características innatas de los ricos. Recordemos que en nuestros estudios, cuando hacemos que la gente se sienta más rica que otra, incluso los que son pobres en la vida real comienzan a actuar de forma más egoísta. En esencia, cuando las personas participan en comparaciones sociales que los favorecen en la escala social, esas que los hace sentirse mejor que otros, tienden creer que son mejores que otros, más importantes y más merecedores.

Nuevas investigaciones sobre cómo la desigualdad económica afecta la generosidad entre los ricos apoya esta idea. En estados donde la desigualdad era alta o donde la desigualdad se retrató alta de manera experimental (marcando diferencias relativas en la riqueza más destacada), los individuos con mayores ingresos tendieron a actuar con menos generosidad que las personas más pobres, al igual que los resultados anteriores que revisamos. Sin embargo, en estados más equitativos o cuando se retrató una baja desigualdad económica (es decir, cuando las diferencias relativas fueron menos notables), las personas más ricas se volvieron tan generosas como las demás. En otras palabras, en condiciones de mayor igualdad económica, es menos probable que los ricos se sientan desconectados y superiores a otros, y es más posible que actúen de manera generosa con sus recursos.

La desigualdad económica está ligada a una serie de males sociales generalizados y bien documentados: menor esperanza de vida, mortalidad infantil más alta, menor felicidad, mayor delito y menor confianza social, entre otros.

En parte por estos motivos, el Presidente Obama recientemente llamó a la desigualdad económica y a la ausencia de movilidad ascendente como el desafío que define nuestra época. Trabajar para reducir la desigualdad económica, por ejemplo, al garantizar el acceso a la educación de calidad para todos, expandir la cobertura médica o hacer estructuras de impuesto a las ganancias más progresivas, con seguridad ofrecería muchos beneficios sociales positivos para todos nosotros.

Nos ayudaría a garantizar que cada individuo en la sociedad tenga la misma oportunidad de tener éxito, mejorar los sentimientos de cercanía social y de conexión, e incluso alentar aquellos que son más privilegiados y poderosos en la sociedad a asumir las necesidades de otros, sus grupos y colectividades como propias.