La metrópolis del futuro será surcada por peatones bala que caminarán por las aceras a 15 o 17 kilómetros por hora. Los centros de ciudad que prioricen la movilidad de los peatones se contemplan como una opción de futuro cada vez más deseable. La Gran Vía de Madrid lo ha ensayado en los últimos tiempos. Sin embargo, algunos dudan de lo eficiente que será desplazarse de un punto a otro en urbes grandes y, además, llegar a tiempo a los sitios. Unos ingenieros suizos responden a la preocupación ideando un sistema de transporte rescatado de viejas novelas de ciencia ficción: una red de aceras o pasarelas móviles.

Seguro que Esperanza Aguirre montaría en cólera, pero este sistema libraría a la ciudad del caos eterno del tráfico, con sus consiguientes dosis de ruido, contaminación e histeria, y además optimizaría la velocidad de nuestros movimientos. El equipo de la Escuela Politécnica Federal de Lausanne ha analizado la hipotética implantación de este método desde todos los puntos de vista, y están convencidos de su viabilidad.

La idea no es nueva: «Este concepto de transporte está presente desde el siglo XIX, y ha fascinado a escritores de ciencia ficción y diseñadores urbanos», cuenta a Yorokobu Riccardo Scarinci, responsable de la investigación. Incluso hubo algún novelista que imaginó un sistema masivo de pasarelas que alcanzaran los 100 kilómetros por hora, una velocidad que pone realmente difícil mantener los ojos en las cuencas. Entre quienes fantasearon con surfear las aceras, recuerda Scarinci, estaban Isaac Asimov, Robert A. Heinlein o H. G. Wells.

Algunas muestras de pasarelas se presentaron, incluso, en exposiciones universales como la de París en 1900 o la de Columbia en 1893. Eran carriles paralelos que se movían a velocidades distintas hasta alcanzar los 9 kilómetros por hora. La forma de acelerar era saltando de uno a otro.

Aquello quedó como una ocurrencia. Las ciudades concedieron casi unánimemente el gobierno del espacio a los coches propios, y se estructuraron en consecuencia. Ganó la industria automovilística; las petroleras.

Este tipo de aceras no es una excentricidad, basta prestar un poco de atención para comprobarlo. En algunos espacios de tránsito que abarcan una distancia considerable y en los que sólo se concibe el paso de peatones se han acabado instalando. Por ejemplo, en algunos intercambiadores del metro de Madrid funciona una versión algo rudimentaria de esta propuesta. O al otro lado Atlántico, el aeropuerto de Toronto cuenta con unas pasarelas más sofisticadas y cercanas a los que propone Scarinci.

El equipo se imaginó un escenario en el que los gobiernos restringieran drásticamente el tráfico de vehículos privados. Tuvieron que fantasear con ello porque, según cuentan, lejos de lo que se había especulado en décadas anteriores, la presencia de transportes públicos y personales, pese a los avances, sigue dominando el espacio callejero.

Precisamente por ese retraso en vaciar la ciudad de coches, hay que acelerar el proceso, «principalmente por los impactos en la congestión, la contaminación y la habitabilidad de la ciudad; el tráfico de transportes privados disminuye la calidad de vida y elimina espacio para otras actividades», apremia el ingeniero suizo.

Lejos de lo que dice el sentido común, las pasarelas podrían competir en velocidad con autobuses y coches. «La naturaleza discontinua de estos sistemas reduce la media de tiempo empleado para llegar a los sitios». Muchas veces, asumimos que al montar en un vehículo a motor llegaremos antes. Es algo automático, como si la velocidad fuera una característica inherente a las chapas y no una circunstancia que depende de factores externos; de los semáforos y de lo atestada que esté la calle.

Sin embargo, Scarinci ha comprobado lo contrario. Según su estudio, los autobuses, en el centro de la ciudad, alcanzan una velocidad media de 15 a 20 kilómetros por hora. En las horas punta, los coches privados se encallan en un rito de unos 15 kilómetros por hora. Las pasarelas móviles «pueden lograr velocidades máximas de 15 o 17 kilómetros por hora gracias a la posibilidad de que los peatones caminen por encima de la cinta», matiza. Otro cantar es el tranvía que, al disponer de una vía exclusiva, se acelera hasta los 45 kilómetros por hora.

Las pasarelas deslizantes superarían también el volumen de personas que pueden mover los autobuses en una hora, aunque volverían a quedar por detrás de los tranvías. El espacio necesario para instalar estas pasarelas, no obstante, sería menor al que exige cualquier otra opción de transporte. El coste de instalación, en cambio, sería más alto que el de los autobuses, aunque, al final, ahorraría mucha más energía.

El escenario futuro, para Riccardo Scarinci, es una «mezcla modal» de sistemas de transporte equilibrados y sostenibles que otorgue a cada medio su papel más óptimo. Los tranvías y los metros pervivirán, y la bicicleta seguirá conquistando el terreno. Los coches se emplearán sólo para compartir con otros usuarios. También apuesta por teleféricos urbanos o sistemas como el segway. Los camiones, en cambio, conservarían su derecho de acceso a los cogollos de las ciudades para poder distribuir sus mercancías y no dañar la capacidad de abastecimiento del comercio. Aunque en esto, apunta el New York Magazine, se olvidan de que serán los drones quienes abastecerán los almacenes del futuro.

Este equipo de ingenieros sueña con construir autopistas de pasarelas que eviten las intersecciones y los semáforos. Para comprender su idea, lo más fácil es imaginar la ciudad como una inmensa telaraña de cintas de las que mueven las maletas en el aeropuerto. No es que los peatones vayan a ser lanzados a las pasarelas sin piedad, chocándose unos contra otros o precipitándose desde varios metros de altura; la idea es inspirarse en las mecánicas de distribución y cambios de direcciones que ya se utilizan en redes como estas. Hablan de «intersecciones cruzadas, plataformas giratorias, pasarelas circulares».

El resultado será una ciudad más sostenible pero más mecanizada: los ritmos de la urbe nos harán dar, quizás, un paso más en el camino de convertirnos en peatones autómatas. Habrá aceras, estará la alternativa de la lentitud y la contemplación igual que hoy, pero también estaba la opción de no vivir con la cabeza hundida en la pantalla del móvil y pocos decidieron escogerla.