Legañosos y atolondrados: observar el panorama de un aula de instituto o de una clase universitaria a primera hora de la mañana puede equivaler a enfrentarse a una horda de zombis. Y si bien el café sustituye su necesidad de ingerir a humanos vivos, sus efectos para con el estudio son similares: un estudio de la Universidad de Nevada, otro más, ha concluido que los estudiantes rinden más a las 11 de la mañana que a las 8.

¿Y a qué se debe el misterio? Lo explicamos en su momento en este vídeo: la mayor parte de los adolescentes cuentan con un cronotipo, el ciclo de sueño diario que todo ser humano tiene en su interior al modo de reloj biológico, muy tardío, lo que significa que se acuestan tarde y se levantan tarde. No por vagancia, sino por cuestiones determinadas genéticamente, a menudo irreformables. Así las cosas, madrugar les penaliza mucho.

Y decimos "otro estudio" porque no es el primero: uno de los más célebres es el del investigador Cristoph Randler, que llegó a la conclusión, amparándose en un meticuloso estudio comparativo de alumnos de distintas edades, de que los jóvenes con cronotipos más tempraneros gozaban de mejores resultados académicos durante su adolescencia. En esencia, al resto madrugar le suponía una carga con consecuencias a largo plazo en su vida laboral.

Si bien no todos los alumnos tiene el mismo cronotipo, la mayor parte de ellos, al ser adolescentes, lo tienen tardío. El periodo de sueño óptimo para cada ser humano también depende de la edad, y mientras los niños y los ancianos encuentran su pico de actividad muy pronto, los adolescentes lo hallan muy, muy tarde.

¿Qué han descubierto e investigado los especialistas de la Universidad de Nevada? Lo cuentan en NPR con más detalle: en esencia, que el 83% de las personas estudiadas (de una muestra de alrededor de 200 alumnos de diferentes edades) podrían exprimir mejor sus habilidades como alumnos si las clases comenzaran a las 10 o a las 11 de la mañana, y no a las 8 o a las 9 de la mañana, como es habitual en los colegios.

Los hallazgos de Nevada apuntalan otros descubiertos con anterioridad y lo explicado más arriba: no todos los adolescentes tienen un cronotipo tardío, porque cada uno de nosotros contamos con el nuestro propio, pero una mayoría sustancial si lo retrasa durante su pubertad. Resultado: la habitual estampa zombi en los colegios a primera hora.

Mapa de cronotipos: los adolescentes suelen estar en la parte naranja-roja de la tabla.

De hecho, esto fue lo que motivó la investigación en primer lugar: Mariah Evans, profesora de sociología de la Universidad de Nevada, observó con preocupación que sus alumnos se quedaban dormidos frente a sus lecciones. En colaboración con Jonathan Kelley, colega de centro, y Paul Kelley, de la Open University de Reino Unido, elaboraron el estudio y concluyeron, como explica gráficamente Kelley, que obligar a una persona de 20 años a despertarse a las 8 de la mañana es como hacer lo propio con una de 45 a las 5.

La solución que proponen es la que llevan reclamando años asociaciones como b-Society, un grupo de activistas por los latesleepers, los búhos que se duermen tarde y se despiertan aún más tarde: que cada alumno pueda elegir su tabla de horarios. Que todos compitan en igualdad de condiciones en función de las horas en las que son más efectivos frente al profesor o realizando trabajo académico. Por ahora, el sistema beneficia a los madrugadores.