Los datos macroeconómicos inundan el debate con facilidad. Son rimbombantes y pegadizos, y tienen un claro impacto en el sentir de la sociedad. “España es el país que más crecerá de los grandes de Europa en 2017”. Desde luego, uno es capaz de quedarse con esa frase sin gran esfuerzo. Además, suelen ser datos fácilmente traducibles y trasladables en los medios, lo que hace que convivamos con ellos a diario. Justo hace unos días, Borja Barragué comentaba en estas mismas líneas que el Banco de España revisaba al alza sus previsiones de crecimiento del PIB para España este año: un 2,8% frente al 2,5% anterior. Esta semana le ha tocado a la Comisión Europea realizar un ajuste similar, y las proyecciones de organismos como la AIReF apuntan, también, en la misma dirección.

Nadie negará que son buenas noticias, pero la lectura literal de los datos nos puede hacer perder perspectiva sobre cómo se reparte ese crecimiento. Todos no experimentaremos un crecimiento similar este año, de la misma forma que el impacto de la crisis no fue, ni por asomo, igual para los diferentes grupos que componen la sociedad.

Desde que Simon Kuznets comenzara, en mitad del siglo XX, a elaborar los primeros datos sobre desigualdad y establecer las primeras relaciones empíricas entre aquella y el crecimiento económico, la distribución de las ganancias y las pérdidas es un tema central en las ciencias sociales. El análisis en este ámbito es relevante al menos por dos razones. La primera, porque la investigación permite desentrañar los simples números que vemos en los titulares y dar visibilidad a aquellos grupos más vulnerables: así sabemos quién gana y quién pierde (o quién gana menos). La segunda, gracias a la primera, porque desde los poderes públicos se pueden desarrollar o impulsar políticas que den respuesta a estos condicionamientos y ayuden a las capas más desfavorecidas.

Así que, con esto en mente, cabe preguntarse qué cambios se observan en la sociedad española durante los últimos años y en quiénes debemos centrar nuestros esfuerzos. Es decir, cuáles son los grupos más vulnerables, qué ha pasado con ellos y cómo podemos ayudarlos.

En 2013, nos dieron la medalla de plata europea del desempleo juvenil, alcanzando una tasa del 55% y más que doblando la registrada por la UE-28 del 24%.

En la última década, como indican en un reciente trabajo publicado por el Observatorio Social de “la Caixa”, los jóvenes han sido uno de los grupos más afectados. Para hacernos una idea: apenas un par de años antes de estallar la crisis, en 2006, la tasa de desempleo de los jóvenes españoles (menores de 25 años) era del 18%, muy parecida a la media de la Unión Europea-28. Siete años después, en 2013, nos dieron la medalla de plata europea del desempleo juvenil, alcanzando una tasa del 55% y más que doblando la registrada por la UE-28 del 24%. Ni que decir tiene que esto no puede ser valorado tomando una visión estrictamente personal. Las consecuencias del desempleo no se reducen al ámbito económico, que sin duda es primordial. Es un fenómeno que se extiende hasta alcanzar nuestra salud, tanto física como mental, nuestro estado de ánimo o nuestra relación con el entorno, ya sea con amigos, pareja o familia.

Es un fenómeno que se extiende hasta alcanzar nuestra salud, tanto física como mental, nuestro estado de ánimo o nuestra relación con el entorno, ya sea con amigos, pareja o familia

Como es lógico, este aumento drástico del desempleo juvenil ha tenido su reflejo en las estructuras de los hogares. En el gráfico de más abajo, extraído de los indicadores de juventud del informe que mencionaba, podemos ver cómo ha variado la situación económica de los jóvenes que viven con sus padres de 2005 a 2015. A destacar: en 2015, tan solo el 11% de los jóvenes menores de 25 años trabajaban a tiempo completo, la tercera parte que en 2005. Al mismo tiempo, se ha duplicado la proporción de jóvenes desempleados que continúan viviendo en el hogar parental, pasando del 11% en 2005 al 20% en 2015, y han aumentado 15 puntos porcentuales su peso relativo los jóvenes estudiantes hasta alcanzar un 60% del total. Dadas las malas perspectivas laborales de los jóvenes, la salida más factible parece ser continuar con su formación. Una buena decisión. Esto iría en consonancia, a su vez, con la tendencia de reducción de la tasa de abandono escolar que observamos desde 2009 (aunque continuamos con la mayor tasa de la OCDE).

Gráfico 1: Situación económica de los jóvenes que viven con sus padres

Evidentes son, también, las cicatrices de un episodio de la magnitud de esta crisis. Algunas, muy bien dibujadas en el último informe sobre España que elaboró la OCDE hace un par de meses, donde aparecen algunos indicadores bastante impresionantes: tenemos la segunda mayor tasa de temporalidad de todo el grupo de aventajados, el menor porcentaje de transición a un empleo fijo desde uno temporal (un pobre 10% del total), la mayor tasa de pobreza relativa después de redistribuir de los 35 países, y un porcentaje de transferencias recibidas por la decila más baja ridículo (menos de un 5%; en Finlandia reciben más de un 20%).

Si en conjunto salimos mal parados, los jóvenes, peor. Para ellos, la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social ha pasado de un 22% en 2005 a un 39% en 2015

Si en conjunto salimos mal parados, los jóvenes, peor. Para ellos, la tasa de riesgo de pobreza y exclusión social ha pasado de un 22% en 2005 a un 39% en 2015. Casi el doble. Hace 10 años, de hecho, nos encontrábamos unos 6 puntos por debajo de la media de la UE-28. Ahora la superamos en 10 puntos porcentuales. El resto de Europa ha mantenido constante su tasa mientras la nuestra se disparaba, algo comprensible dado el carácter escasamente protector de nuestro sistema para las capas más necesitadas.

Gráfico 2: Jóvenes en riesgo de pobreza y exclusión social

Poco más podemos decir. Los datos macro (algunos), bien. En cambio, seguimos con un mercado de trabajo y un sistema de protección que no logran incorporar ni proteger a una parte importante de la población. Mientras las rentas del trabajo sean la fuente principal de ingresos para las personas, tener un mercado de trabajo disfuncional generará dinámicas disfuncionales. Y mientras el sesgo de nuestro Estado de Bienestar continúe dejando de lado a los jóvenes y los más necesitados, la recuperación no será inclusiva. Una lástima, porque para eso celebramos el crecimiento.

Artículo realizado con la colaboración del Observatorio Social de “la Caixa”