Si se primase el bienestar público, el debate urgente que debería estar teniendo ahora mismo Estados Unidos no es el terrorismo o la inmigración. Ni siquiera la contaminación es lo más importante. Son las drogas.

En una nutrida investigación publicada hace dos días por The New York Times se desvelaba que la cifra oficial de muertes causadas en 2016 por sobredosis va a situarse entre 59.000 y 65.000 personas.

Las estadísticas oficiales aún no han podido determinarlo, porque el diagnóstico final de las pruebas de toxicología de los fallecidos puede llegar a posponerse más de un año y medio. De los que han muerto por alguna sustancia siempre hay que quitar un pequeño porcentaje de muerte causada por el consumo sostenido o el abuso de alcohol y no directamente por la última dosis, como es en la mayoría de muertes por drogas. Pero hasta que no se determina concretamente si el sujeto ha entrado en una categoría u otra no puede incluirse su muerte en las estadísticas.

Pero los periodistas del medio han recopilado información de cientos de centros médicos por todo el país y sus resultados son sólidos. La horquilla va a estar ahí. 59.000 muertes (si cogemos el dato más modesto) puede parecer un número abstracto, pero si lo ponemos en contexto notaremos su gravedad: en 1990 perdían la vida 8.413 personas por esta misma causa. Y la cifra no ha hecho más que crecer.

Las estadísticas hablan: en 2017 da menos miedo un coche que una pastilla

Es decir, que en los últimos años el país ha visto cómo la categoría “accidente mortal”, una etiqueta que contiene las muertes involuntarias de muchos tipos (de drogas, pero también accidentes de coches y otro tipo de accidentes) ha pasado de ser la quinta a la cuarta categoría principal de muerte del país, y son las drogas las que han hecho crecer este número enormemente.

En los últimos tres años sólo las muertes anuales por sobredosis han sobrepasado a las muertes por arma de fuego en el pico de los violentos 90, las de la epidemia del SIDA de aquellos mismos años o las muertes por accidente de coche en los 70, cuando se empezó a actuar por una normativa estricta contra este tipo de sucesos.

Vamos a comparar lo que ha pasado entre las muertes de dos categorías distintas de “accidentes mortales”: la responsabilidad en la carretera y la mejora de los sistemas de seguridad en los vehículos ha hecho que el país haya pasado de perder a 25 personas de cada 100.000 ciudadanos al año en accidente, como pasaba en 1950, a que mueran 10.8. La concienciación en el consumo de opiáceos, por el contrario, ha fracasado estrepitosamente: ahora sabemos que 18 personas de cada 100.000 han muerto en 2017 por sobredosis. En 2014 éstos eran 14.7 personas. Y en 1999 sólo eran 6 de cada 100.000.

Si quieres ver unas gráficas más detalladas desgranando los tipos de consumo de drogas y su relación con las muertes por sobredosis, aquí tienes un buen enlace.

Sí: la mortandad, que no el consumo, causado por las drogas es ocho veces mayor hoy en día que en el la ola de heroína que asoló a Estados Unidos en los 70 o que la catástrofe del crack en los 90. Ya hay centros funerarios de ciertas regiones pequeñas que alertan de que los cuerpos que entran cada día sobrepasan sus capacidades y tienen que alquilar tráilers para apilar cadáveres. Los centros de desintoxicación no dan abasto, y no todos los seguros médicos cubren tratamientos de opioides.

La crisis de salud pública (que provocaron sin querer laboratorios y psiquiatras)

Desde hace cuatro o cinco años las autoridades sanitarias habían venido alarmando del nuevo repunte de la heroína. Los artículos contextualizaban: ahora que hay un inmenso nivel de desempleo, de insatisfacción laboral y de dificultades para el mantenimiento económico, cada vez más estadounidenses, sobre todo blancos pobres de zonas humildes, se están enganchando a aquella droga mortal que causó una oleada de pánico en los 70 y que es a día de hoy relativamente fácil de conseguir.

Pero a esta foto le falta la parte más importante. El problema del repunte de muerte por drogas no se entiende sin otros dos conceptos: adicción a los medicamentos y fentanilo. Los psicólogos y psiquiatras han hecho cargo de conciencia sobre la irresponsable extensión de medicamentos adictivosentre la población general, como pasó sobre todo con la oxicodona.

Pero desde los años 80 cada vez más estadounidenses viven medicados tomando sustancias que rebajan su ansiedad o su estrés. En concreto, se estima que 95 millones de ciudadanos han tomado pastillas con receta en el último año (más gente toma analgésicos que gente fuma), que se extienden más de 300 millones recetas de fármacos de este tipo al año y que casi dos millones de personas del país son dependientes de los opióides.

Y de esta expansión y normalización de las drogas legales, en parte también las ilegales. Muchos de los que alguna vez han tenido acceso a estos analgésicos los sigue consumiendo años después buscándolos en el mercado negro. O no necesariamente el mismo producto que tomó entonces, ya que el mercado es variado y es posible ir comprando compuestos cada vez más muertes para ir superando el punto de tolerancia.

También otros se apuntan al plan por contagio, y como las barreras para adquirir los medicamentos cada vez son más estrictas, sobre todo desde una nueva normativa en 2005, y sus precios más caros, se lanzan al mercado sumergido. Como explican las autoridades, no están muriendo jóvenes irresponsables enganchados a las drogas desde su juventud, sino personas de todo el espectro demográfico.

El fentanilo: los 0.25 miligramos que están matando a miles de adictos al diazepan

Y ahí entramos con lo que se ha vendido en la prensa como “la droga 50 veces más potente que la heroína”. El fentanilo y sus múltiples variantes son un inmenso peligro público muy difícil de controlar. Esta droga sintética se ha comercializado (y sigue comercianizándose) como analgésico para distintos dolores, aunque cuando se empezó a ver su potencia y adicción las autoridades sanitarias fueron eliminándola del mercado.

Pero los laboratorios ilegales también tomaron nota de la fórmula. Desde el año 2005 los traficantes experimentaron con su comercialización. ¿Resultado? Un pico brutal de muertes estadounidenses entre 2005 y 2007causado por una mala remesa de un centro mexicano. Los traficantes lo mezclaban con la heroína, ya que el fentanilo es brutalmente más potente, mucho más barato de producir (un traficante puede comprar un kilo de polvo de fentanilo por 3.000 dólares y venderlo por un millón en la calle después de cortarlo) y no puede distinguirse del jaco a simple vista.

También, cuando vemos en las estadísticas de los últimos tres años las cifras de muertes por heroína debemos tener en cuenta que en muchos de esos casos una buena parte de la sustancia consumida contiene trazas de fentanilo o alguna de sus variantes.

Se tumbó a los responsables de aquella cadena de muertes, pero no la idea comercial: los traficantes empezaron a fabricar el compuesto con más cuidado y a venderlo explicando sus condiciones. Una dosis de 0.25 miligramos puede ser mortal y la velocidad del efecto se multiplica, con lo que es muy difícil llegar a tiempo para salvar a la gente de una sobredosis, pero también produce mucho más placer en el usuario. Un chute 50 veces más potente a 100 dólares el gramo.

Pero como hemos dicho, no sólo los heroinómanos están en el mercado, sino también los que buscan unas pastillas que les relajen. Estudiantes, conductores de camiones, oficinistas estresados, amas de casa. Los narcos también venden desde hace años derivados de analgésicos cortados con fentanilo, en muchos casos sin informar al consumidor, y de ahí que muchas de estas muertes por sobredosis ocurran sin la consciencia del usuario de lo que está consumiendo, tal y como le pasó a Prince. La droga hace efecto inmediato y se muere al cabo de unos minutos.

La solución a esta crisis sanitaria tiene difícil encaje, y el horizonte no es demasiado esperanzador: la DEA ha empezado a ver cómo se extiende mínimamente el consumo del carfentanil, literalmente un tranquilizador de elefantes 100 veces más potente que el fentanilo. En China no es una sustancia controlada, así que hay quien la está introduciendo en el país donde mueren cada año más de 15.000 personas por sobredosis de medicamentos con prescripción médica y, ahora, también 60.000 personas por sobredosis de sustancias ilegales.