Pasados cincuenta años de la Guerra de los Seis Días, que marcó el inicio de la ocupación de Israel de Jerusalén Este y Cisjordania, Oriente Próximo sigue siendo una región en crisis perpetua. No es de extrañar que, al evaluarla, los políticos, los diplomáticos y la comunidad de donantes y organismos humanitarios se centren en el aquí y ahora. Sin embargo, si queremos romper el ciclo moderno de crisis que afectan a esta zona del planeta, no debemos perder de vista el futuro. Y cuatro tendencias ya están preparando una nueva serie de problemas para la próxima década.

La primera tendencia afecta al Levante. Ya se ha desmoronado el orden post-otomano que surgiera hace un siglo, basado en el nacionalismo árabe secular. Los dos estados que le dieron peso, Irak y Siria, han perdido su autoridad central y seguirán políticamente fragmentados y socialmente polarizados por al menos una generación.

En el Líbano, el sectarismo sigue siendo el factor definitorio de la política. Jordania ha alcanzado su punto de saturación de refugiados, y el constante ingreso de personas está sometiendo los recursos limitados a una presión cada vez mayor. En cuanto al conflicto palestino-israelí, en el horizonte político no se advierte ninguna nueva iniciativa o circunstancia que pueda romper el estancamiento.

Es seguro que en Oriente Próximo seguirán circulando grandes cantidades de desplazados, primero a las zonas más tranquilas de la región y, en muchos casos, más allá, principalmente a Europa. Es probable que ocurran disputas cada vez más intensas en torno a identidades nacionales, y tal vez incluso a la redistribución de las fronteras, procesos que desencadenarán nuevos enfrentamientos.

La segunda tendencia importante afecta al norte de África. Los estados más poblados de la región (Argelia, Egipto y Marruecos) mantendrán los órdenes sociales y políticos que se han arraigado en las últimas seis décadas de su historia poscolonial. Las estructuras gobernantes en estos países gozan de un amplio consenso popular, así como el apoyo de organizaciones influyentes, como sindicatos de trabajadores y agricultores. También tienen mecanismos efectivos de coerción que sirven de respaldo para una estabilidad relativa.

Pero nada de esto garantiza que las cosas salgan bien para estos gobiernos. Por el contrario, están a punto de enfrentarse a una enorme curva demográfica juvenil: en el norte de África, más de 100 millones de menores de 30 años entrarán al mercado de trabajo interno entre hoy y 2025. Y la gran mayoría de estos jóvenes, salidos de sistemas educativos fallidos, quedarán totalmente excluidos de la mayoría de los puestos de trabajo que ofrezcan una oportunidad de movilidad social.

Los sectores mejor equipados para absorber a estos jóvenes árabes son el turismo, la construcción y la agricultura. Pero no se avizora que el sector del turismo vaya a florecer, sobre todo debido al resurgimiento del islamismo militante que dejará al norte de África expuesto al riesgo de ataques terroristas en los próximos años.

Por otra parte, una disminución del mercado alimentario europeo y las menores inversiones en bienes raíces socavarán la capacidad de la agricultura y la construcción para absorber a estos trabajadores jóvenes. Por lo tanto, las probables consecuencias del aumento demográfico juvenil en el norte de África son una intensificación de la intranquilidad social y flujos migratorios potencialmente importantes hacia Europa.

El Golfo solía ser una válvula de seguridad regional. Durante más de medio siglo, los países del Golfo absorbieron a millones de trabajadores, principalmente de las clases medias bajas de sus vecinos árabes. Fue también la principal fuente de capitales de inversión, por no mencionar decenas de miles de millones de dólares en remesas, al resto de la región, y muchos países árabes lo veían como el prestamista de último recurso.

Pero, y en esto radica la tercera tendencia clave, las economías del Golfo ahora están experimentando una mejora, ascendiendo varias cadenas de valor industriales, lo que reduce su dependencia de trabajadores extranjeros de baja calificación. En los próximos años, puede que los países del Golfo necesiten importar menos trabajadores del resto del mundo árabe y exporten menos capital al mismo.

El Golfo podría incluso desestabilizarse cada vez más. En Yemen, varias potencias del Golfo e Irán están luchando en una guerra sectaria a través de terceros que no acabará muy pronto. Y ahora cinco potencias sunitas se han vuelto contra uno de los suyos, Qatar, que ha estado impulsando su propia agenda regional durante una generación. Las presiones que se generan en todo el sur de la Península Arábiga podrían producir nuevos choques políticos.

Y esto es tanto más probable, dada la creciente presión interna para la reforma de una ciudadanía joven inteligente en lo tecnológico y comprometida globalmente. Reformar las estructuras sociales y políticas que tienen siglos de antigüedad será tan difícil como necesario.

La cuarta tendencia afecta a todo el mundo árabe, así como a Irán y Turquía: se cuestiona cada vez más el papel social de la religión. Las guerras y las crisis de los últimos seis años han revertido gran parte del progreso que el Islam político había hecho en la década anterior a los levantamientos de la llamada Primavera Árabe de 2011. Por un lado, existe un radicalismo cada vez más arraigado. Por otro, hay una corriente de jóvenes musulmanes que plantean una comprensión más ilustrada de su religión. Se está librando una batalla por el alma del Islam.

Será imposible para los dirigentes abordar en simultáneo todos los problemas que implican estas cuatro tendencias, dentro o fuera del mundo árabe, especialmente en una época de creciente populismo y nativismo en Occidente. Pero es necesario y posible tomar medidas. La clave es centrarse en asuntos socioeconómicos, más que geopolíticos.

Occidente no debe sucumbir a las ilusiones de redibujar fronteras o crear nuevos países, lo que acabaría solamente en desastre. Una opción muy promisoria sería crear un Plan Marshall completo para el mundo árabe. Pero, en esta era de austeridad, muchos países occidentales carecen de los recursos, y mucho menos del apoyo público, para tal esfuerzo y, en todo caso, la mayoría del mundo árabe de hoy en día no podría aprovecharlo.

Lo que sí pueden hacer los líderes (tanto dentro como fuera de la región) es invertir de manera inteligente y a gran escala en educación primaria y secundaria, en pequeñas y medianas empresas (que constituyen la columna vertebral de las economías árabes) y en fuentes de energía renovables (apoyando así la modernización de las cadenas regionales de valor).

Impulsar esta agenda no detendrá la disolución del moderno estado árabe en el Levante, ni generará contratos sociales viables en el norte de África. Y ciertamente no reconciliará lo sagrado con lo secular. Pero al intentar dar respuesta a las frustraciones socioeconómicas de los jóvenes, puede mitigar muchas de las consecuencias a largo plazo de estas tendencias.