Hasta hace no mucho, las decisiones del Banco Central Europeo cosechaban elogios. Pero últimamente el BCE recibe críticas no sólo de banqueros y economistas, sino también de la ciudadanía y de los políticos.

La pérdida de rendimiento de las inversiones en renta fija está empujando a los inversores hacia la renta variable, que se ha vuelto más arriesgada y cara, debido a la mayor incertidumbre respecto de la estabilidad financiera y económica. Incertidumbre que refleja el hecho de que las tasas extremadamente bajas del BCE están ayudando a evitar reformas estructurales urgentes en los países de la eurozona con altos niveles de déficit y deuda.

La gran pregunta es si las políticas monetarias actuales del BCE no estarán haciendo más mal que bien. El objetivo oficial del BCE es llegar a una meta de inflación cercana al 2%. Pero a pesar de las inmensas inyecciones de liquidez, la inflación de la eurozona se redujo, lo que indica insuficiencia de demanda en la economía real (lo cierto es que la demanda está estancada porque muchas empresas no podrán hacer inversiones hasta que hayan reducido sus deudas).

Además, los países de la eurozona están sintiendo los efectos del abaratamiento del petróleo y la desaceleración de China, dos factores sobre los que las bajas tasas del BCE tienen poca influencia. Los bancos centrales pueden cortar un ciclo inflacionario subiendo las tasas y restringiendo la liquidez, pero no pueden generar inflación mediante la sola reducción de tasas. Es decir, el BCE puede pisar el acelerador, pero si la transmisión no funciona, el auto no se moverá, sólo hará un montón de ruido.

De modo que la responsabilidad por la recuperación económica europea queda en los gobiernos nacionales. El BCE sacó en la eurozona las proverbiales castañas del fuego financiero, pero al hacerlo se expuso a la presión de las instituciones financieras, que antes se habían abstenido de contradecir las políticas de su presidente, Mario Draghi (al menos en público).

El BCE debe ciertamente mantener políticas monetarias de apoyo. Pero es hora de que los países de la eurozona más fuertes, como Alemania, Finlandia y Países Bajos, asuman un papel pionero, para lo cual la agenda debería fijarla el Eurogrupo de ministros de finanzas de la eurozona, encabezado por el holandés Jeroen Dijsselbloem. La Comisión Europea debe darle toda la ayuda que necesite apelando al “paquete de seis medidas”. Y los países de la eurozona más fuertes no deben contentarse con la vigilancia del Pacto de Estabilidad y Crecimiento, sino también adoptar sólidos paquetes de estímulo y reformas tributarias.

El “Plan Juncker” de la Comisión Europea para impulsar la inversión tendría que haber incluido un trato entre Francia y Alemania, por el que la primera encarara reformas estructurales y la segunda medidas de estímulo, con financiación complementaria del Banco Europeo de Inversiones. Pero el Plan Juncker no despegó, y la eurozona quedó en un atasco, en el que seguirá hasta que países como Francia e Italia se sientan más presionados a implementar reformas internas. Sin esas reformas, Alemania y los Países Bajos no podrán mantener un déficit presupuestario moderado o alentar más inversión interna en infraestructura y en investigación y desarrollo.

El Eurogrupo necesita un nuevo comité ejecutivo permanente que incluya a los ministros de finanzas de Francia y Alemania, a Draghi, al vicepresidente del BCE, Vítor Constâncio, y a representantes de la Comisión Europea, incluido su presidente Jean-Claude Juncker. Dicho órgano mejoraría enormemente la coordinación entre el Eurogrupo, el BCE y la Comisión Europea en relación con las medidas de estímulo y reforma estructural y las subas futuras de tipos de interés. A la larga, un comité ejecutivo informal podría también sentar las bases para la creación de una unión fiscal europea con ministerio de finanzas común, si la ciudadanía y los políticos se mostraran dispuestos a tal posibilidad.

Como sostiene hace tiempo el expresidente del BCE Jean-Claude Trichet, la eurozona no puede funcionar sin una unión fiscal. Pero para dar ese salto, Europa necesitará su propia versión de Alexander Hamilton, el poderoso primer secretario del Tesoro de los Estados Unidos.

Una unión fiscal no es sólo un mecanismo para la mutualización de deudas viejas y nuevas, sino que también debe fijar condiciones para las políticas fiscales en el nivel nacional, por medio de reglas de equilibrio presupuestario y otras medidas. Así como las reformas de Hamilton transfirieron poder de los estados al gobierno federal de los Estados Unidos, los países de la eurozona tendrían que ceder cierto grado de soberanía nacional.

Semejante traspaso de poder sería trascendental. Pero a fin de cuentas, una unión fiscal es la única solución viable para los problemas estructurales de la eurozona. El Pacto de Estabilidad y Crecimiento es una solución inferior, que dejaría a Europa trastabillando de crisis en crisis.

La historia muestra que para crear el euro, las autoridades europeas primero tuvieron que actuar de conjunto para compatibilizar políticas nacionales e incentivos dentro del Sistema Monetario Europeo. Un nuevo comité ejecutivo dentro del Eurogrupo puede hacer lo mismo hoy en relación con la unión fiscal.

Pero ¿quién será el Hamilton de Europa? Ahora mismo, todas las miradas están puestas en el líder más notorio que impulsa la creación de una unión fiscal y un ministerio de finanzas para la eurozona: el presidente francés Emmanuel Macron.