Un día de octubre como hoy, pero hace justo quinientos años, un monje alemán estaba a punto de desatar uno de los acontecimientos más importantes vividos por los europeos en todos estos siglos. No obstante, si pudiéramos observarlo por una rendija a través del tiempo, nada parecería presagiar tanta enjundia. Observaríamos solo a un profesor de Teología de treinta y tres años, ya casi treinta y cuatro, vestido con austero hábito agustino, que se afanaba por resumir sobre un papel todo lo que le parecía más urgente debatir en su iglesia, la católica. No nos parecería algo particularmente estrambótico: si algo se supone que deben hacer los doctores de una universidad como la suya, en Wittenberg, es justo discutir este tipo de cosas. Martín, que así se llamaba nuestro monje, era además ducho en ello: a sus alumnos les apasionaba su voz “a la vez suave y dura”, decían, jamás vacilante, capaz de expresarse con la claridad del cristal.

Con todo y con eso, los noventa y cinco puntos en que Martín Lutero al final resumió sus inquietudes iban a transformar ya para siempre Occidente. De ellos manarían algunas de las guerras más crueles en que nos hemos masacrado los europeos; pronto el papa, líder espiritual a lo largo de la Edad Media sobre todos los occidentales, abandonaría definitivamente tal rol; príncipes y reyes verían peligrar su poder o reafirmarlo frente al emperador; muchas personas de buena fe (algunas muy cerca de mi casa, en Valladolid) morirían por apoyar o por oponerse a las ideas de aquel lejano catedrático. Es lo que conocemos como la Reforma protestante.

Alemania lleva meses conmemorando el quincentenario de aquel 31 de octubre en que, según la leyenda, Lutero clavó a martillazos en la puerta de una iglesia sus noventa y cinco tesis. Ocurriera de modo tan dramatúrgico o no, lo que es seguro es que le envió una copia de las mismas a su obispo; y que, gracias a la recién inventada imprenta (el internet de la época) pronto se podían encontrar ejemplares y traducciones de ellas por toda Europa. El monje había tocado una fibra sensible del momento, con preguntas como la de su tesis 86 (¿por qué el papa, que es más rico que Creso, construye la basílica de San Pedro con el dinero de los pobres fieles, en vez de con el suyo?) o la tesis 82 (¿por qué, si el papa tiene poder para sacar a gente del purgatorio, no lo deja vacío por mero amor hacia ellos, en vez de hacerlo a cambio de dinero, vendiendo indulgencias?)

En España, no obstante, estos interrogantes no cuajarían tanto como en otros lares. Los motivos son variopintos: alguno bien contundente (las llamas de la Inquisición), otros más sutiles (con cuatro décadas de anticipo a la luterana, el concilio de Sevilla había iniciado ya una cierta reforma con beneplácito oficial). Ello acaso explique, junto con nuestras tribulaciones presentes, el relativo silencio con que está transcurriendo entre nosotros este quinto centenario. Ha habido sin duda algún encuentro académico consagrado a la efeméride. Pero la discusión pública al respecto puede calificarse, siendo generosos, de modesta (aunque no exenta de la acritud con que a menudo sazonamos nuestras discrepancias intelectuales). Por ello quizá cobre pertinencia preguntarse otra vez: ¿quién fue Lutero, quién es Lutero para nosotros?

Ante todo, desbrocemos la cuestión de algunos de sus errores más comunes. Dado que Lutero se opuso al papa, y dado que muchos asuntos religiosos en España se reducen a ponerse a favor o contra de la iglesia católica romana, cunde la tentación de considerar a este reformador una especie de héroe de la libertad de conciencia frente a las autoritarias jerarquías eclesiales. Apoya esta interpretación otra de las escenas emblemáticas que nos ha legado su vida: aquella en que Lutero se planta frente a las autoridades episcopales y civiles del Imperio, reunidas en Worms en 1521, cuando le piden retractarse de sus obras, y responde “Aquí estoy, no puedo actuar de otra manera”. (Frase que también parece más legendaria que real, pues no consta en las actas del encuentro).

Esa visión de Lutero como una especie de librepensador avant la lettre adolece empero de un error palpable: olvida que este monje, lejos de alzarse frente a toda jerarquía eclesial, en realidad iba simplemente a crear otra. La de las iglesias luteranas. Es verdad que muchos de sus escritos abogan a favor de la libre interpretación de las Escrituras por cada creyente; pero esa idea acabaría mostrándose, para el propio Lutero, como autocontradictoria (si tanto vale la interpretación luterana como la de cualquier otro, ¿por qué oponerse a la del papa, por ejemplo, o a la de anabaptistas, calvinistas y todos los demás grupos a los que Lutero se enfrentó?). Nos lo ha recordado hace poco la profesora Elvira Roca, pero es un lugar común incluso entre autores protestantes como Hans-Georg Gadamer: Lutero no pudo ni supo rechazar toda tradición o jerarquía religiosas, sino solo las católicas, por lo que acabó fundando otras nuevas, no menos contundentes.

Tampoco parece muy atinada la visión de Lutero como una especie de héroe de la política secular, frente a las intromisiones católico-romanas en el ámbito del poder político. Cierto es que Lutero cuestionó el poder civil del papa, pero ello no le convierte automáticamente en un partidario de la separación iglesia-Estado. De hecho, el pobre monje Lutero, indefenso frente a las acometidas de su emperador católico, el poderoso Carlos V, se vio forzado a buscar cobijo bajo los príncipes alemanes de la época; y, en contrapartida, otorgaría a estos un poder sobre su iglesia (la luterana) determinante. Como resultado, aún hoy varios países luteranos (Dinamarca, Islandia, las islas Feroe) son Estados confesionales cuyas constituciones los adscriben al luteranismo; mientras que otros, como Noruega (en 2012) o Suecia (en 2000), prácticamente acaban de salir de ahí. Resulta además significativo que doscientos cincuenta años más tarde la separación entre iglesia y Estado en los nacientes EE. UU. la impulsaran personalidades puritanas, baptistas o incluso cuáqueras, pero no luteranas.

Si ni la libertad espiritual ni la política le deben especiales logros a Lutero, ¿es acaso en la economía donde sí que cabe constatar su huella? Siguiendo la estela de Max Weber, durante mucho tiempo se ha pensado que, aunque de modo inesperado para nuestro monje, sí que sería en la pujanza del capitalismo donde mejor cabría detectar su repercusión. En efecto, según Weber la ética protestante tiene algunos factores que resultaron claves para el triunfo del capitalismo: primero, su énfasis en las virtudes del trabajo y del ahorro; segundo, su tendencia a reputar el éxito económico como prueba de la bendición divina. Por el contrario, los manirrotos católicos del sur (países como España, Italia, Portugal) o la insular Irlanda padecerían el pecado de ser católicos y, por tanto, apreciar más el gasto, el boato, la dolce vita, así como holgazanear un tanto en cuestiones laborales. Si a ello se le une su tendencia a contemplar a los ricos con sospecha, cuando no con desprecio, todo ello colocaría a los católicos en una posición un tanto renqueante en lo que a ser buenos capitalistas se refiere. Idéntico esquema se repetiría luego en América: una norteña, rica y protestante, frente a iberoamericanos más católicos y más pobres.

Aunque inicialmente atractiva, y común en España para flagelarnos por nuestra distancia frente a los nordeuropeos, esta explicación weberiana del capitalismo, y del protestantismo, ha perdido lustre con los años. Diversos estudios han mostrado, por ejemplo, que no es cierto que las regiones alemanas donde prevaleció Lutero acabaran recabando mayor éxito económico que aquellas que siguieron fieles a Roma: de hecho, una de las joyas de corona, la región del Rin, permaneció más católica que luterana. Todo ello por no citar naciones como Francia, Bélgica o Austria, o el fuerte peso de lo católico en California o Maryland, a las que no parece que ese catolicismo empezca para figurar entre las zonas más ricas y prósperas del planeta.

En suma, Lutero no parece demasiado moderno en lo atinente a librepensamiento, política o economía. ¿Queda algún sentido en que podamos considerarlo más pertinente para nosotros, europeos del siglo XXI? Tal vez sí. Volvamos a mirar por una rendija a través de los siglos y fijémonos en ese monje que ultima en su celda las noventa y cinco cuestiones que ansía debatir. ¿Qué le mueve a mostrarse tan protestón con esas ideas? Todos los biógrafos del joven Martín coinciden: se trata de un hombre que vivió profundamente angustiado por una duda, la de si podría salvarse o no.

Se trata de una ansiedad bien moderna, incluso (si la secularizamos un tanto) bien contemporánea. En el mundo del Medievo, del que Europa salía en tiempos de Lutero, cada hombre y cada mujer habían tenido muy bien definido su lugar en la vida, y podían contar con la certeza de cumplir con sus deberes (tanto religiosos como mundanos) si se conformaban con su estado: los nobles haciendo de nobles, el clero ejerciendo de clero, los labriegos labrando bien. Esa sociedad estática había empezado en vida de Lutero a llegar a su fin; más y más cosas fluían; cada vez era más inestable el puesto que cada uno debía desempeñar. Lo cual, naturalmente, tenía (y tiene) la ventaja de poder buscar en la vida tu propio sitio; pero también el inconveniente de que nunca estés seguro de poder conservar el puesto en que la vida te ha ido a colocar. Había acabado la Edad Media y comenzado la era de la precariedad.

Esas inseguridades calaron hasta el alma de Lutero durante años: no podía estar seguro nunca de hacer de veras lo que Dios le pedía. Solo halló alivio leyendo la carta de San Pablo a los romanos: allí el apóstol insiste en que esa preocupación es inútil. Porque el cristianismo no consiste en intentar cada cual salvarse ante Dios, igual que en la vida moderna intentamos cada uno salvar nuestro estatus social o salvar nuestra cuenta corriente. No, ser cristiano consiste justo en lo contrario: en darte cuenta de que ya estás salvado, de que ha sido Jesús el que ha hecho todo por ti, y que por tu parte te basta con aceptarlo. Esforzarse cada uno en ser buena persona para que Dios lo salve es entonces tan ridículo como esforzarse uno en que lo invada el sueño: cuanto más lo intente, más lejos de alcanzarlo estaré.

Esta solución luterana, o más bien disolución, del problema de “¿cómo puedo salvarme?” es la que, a través de los siglos, puede seguir llegándonos a nosotros tanto si somos creyentes como si no. Quizá nuestras angustias no sean ya sobre el Más Allá, sino sobre el Más Acá, pero pueden mostrar un matiz parecido: ¿cómo sé que en esta vida (o la otra vida) me va a ir bien, siendo todo tan inseguro como es? ¿Cómo no preocuparme mucho por ello y, justo así, estropearme un tanto esa vida que quiero mejorar? Lutero nos invita a salir de ese círculo tomándonos lo más importante como si no dependiera de nosotros; notando que a veces el mejor modo de lograr algo es aceptar que no lo conseguiremos solo porque nos esforcemos cada vez más.

Y es que a menudo las cosas más importantes (enamorarnos, ser felices, relajarnos) se consiguen justo si no nos obsesionamos con ellas. Como diría el ya citado Gadamer, la peor estrategia si quieres pasártelo bien estando en una fiesta es preocuparte mucho por pasarlo bien en esa fiesta. (No digamos si la fiesta es de cariz sexual). Otros pensadores de los últimos decenios han apuntado en ese mismo sentido: Martin Heidegger, con su idea de Gelassenheit (abandono) o Peter Sloterdijk, con su reivindicación de un “eurotaoísmo”. A menudo los desvelos por hacer las cosas bien son el mejor camino para que las cosas no vayan bien. En un mundo tan complicado como el nuestro tal vez no haya que esforzarse por ser aún más astutos que ese mundo, sino por cambiar de juego y abandonarse a cierta simplicidad. Al fin y al cabo, nunca puedes controlar demasiado qué te va a pasar. Cabe incluso que, desde tu mesa de empollón en un rincón perdido de Europa, solitario en tu celda, estés a punto de desencadenar una revolución completa de la religión y la política que te rodea, quién te lo iba a decir.