Tras el acuerdo de separación logrado el pasado viernes, 8 de diciembre, entre la Unión Europea (UE) y el Reino Unido (RU) muchos comentaristas han sentenciado que la posibilidad de evitar el Brexit se ha reducido considerablemente, si es que existía alguna vez. David Allen Green, que escribe en el Financial Times y es uno de los analistas más finos sobre el Brexit resume esta forma de pensar al decir que este acuerdo hace que las opciones más extremas, es decir, el Brexit más duro, consecuencia de no llegar a un acuerdo final, y el Brexit inexistente, porque al final el Reino Unido daría marcha atrás, son mucho menos probables.

La lógica es la siguiente: si los fundamentalistas del Brexit como Boris Johnson y Michael Gove están dispuestos a aceptar las concesiones que ha ofrecido Theresa May para lograr este acuerdo – porque al final no quieren quedar en la historia como los artífices de una gran recesión provocada por un Brexit duro – lo más seguro es que también sean pragmáticos en la segunda fase cuando se acuerde la nueva asociación entre ya un independiente RU y la UE. Para ellos, lo más importante es que el RU salga formalmente de la Unión el 29 de Marzo de 2019. May, por su parte, ha demostrado, pese a las adversidades y los malos augurios, que es capaz de mantener los Tories unidos. Eso significa que está determinada, y de su cabezonería y tenacidad nadie duda, a conseguir su objetivo. El tan cacareado Brexit means Brexit. O sea, Brexit significa eso: salir de la UE, como sea.

Las contradicciones de querer a la vez recuperar la soberanía y seguir con acceso al mercado único solo se han hecho más visibles.

Sin embargo, yo sigo sin estar convencido. Todo lo contrario. Desde que escribí en julio de 2016 que lo más probable era que el Reino Unido diese marcha atrás y no se dejase gobernar por la oclocracia, no hay muchos indicios que me lleven a pensar que el Brexit es hoy más digerible para la clase política y económica inglesa. Las contradicciones de querer a la vez recuperar la soberanía y seguir con acceso al mercado único solo se han hecho más visibles. También es muy evidente que los Brexiteers que rodean a May están dándose cuenta (si no lo sabían ya) que la mano que tienen en este juego de póker entre ellos y las capitales de los otros 27 países y la banca (que siempre gana, y en este caso es la Comisión) es muy débil. Al final el Brexit ocurrirá si Londres puede ganar alguna partida, si las pierde (casi) todas es mucho menos probable.

Recordemos cómo empezó el juego para analizar mejor cómo se van a desarrollar las próximas partidas. Hace un año, e incluso meses después de haberse activado el artículo 50 en marzo de 2016, David Davis todavía venía a Madrid diciendo que se podía negociar la separación y un nuevo acuerdo de libre comercio y asociación reforzada en dos años. Eso ha quedado descartado. La falta de preparación y las divisiones en Downing Street han hecho que se tardase nueve meses en llegar al acuerdo de separación. Durante este tiempo desde Londres se esperaba que la UE empezase a enseñar grietas y divisiones. Pues fue todo lo contrario. Los 27 han cerrado filas detrás de Michel Barnier y éste ha conseguido prácticamente todo lo que quería en los tres ámbitos de negociación.

Los ciudadanos europeos residentes en el Reino Unido hasta marzo de 2019 van a tener los mismos derechos que tienen ahora sine die y si en algún caso ven que la justicia británica no los ampara van a poder acudir al Tribunal de Justicia Europea por lo menos una década más. Es decir, eso de que a partir de marzo de 2019 el TJEU no va a intervenir en el RU no se cumplirá. El RU va a pagar además mucho más por la factura de la separación de lo que decían los Brexiteers. Boris Johnson hasta llegó a decir que Londres no iba a pagar nada y que la UE podía ir a silbar a otra parte. Pues bien, en el discurso de Florencia May llegó a ofrecer 20.000 millones de euros, que sería lo que le tocaría pagar al RU dentro del marco financiero plurianual de la UE hasta el 2020, pero finalmente, la cifra exacta no se ha anunciado, como era de esperar, pero estará entre los 40.000 y 60.000 millones de euros, y hay sospecha de que se acerque más al límite superior. Barnier no ha logrado los 100.000 millones que había anunciado la Comisión (una cifra un tanto desproporcionada), pero ha sacado un buen pellizco. Con 50.000 millones se pagan muchos hospitales, enfermeras y maestros, pensarán muchos británicos.

En tercer lugar – y este ha sido el tema clave que demuestra la imposibilidad de comerse la tarta y al mismo tiempo tenerla en la nevera, como dirían los británicos – el acuerdo sobre la frontera de Irlanda del Norte ha demostrado que lo que pedían los Brexiteers va a ser complicado, to say the least. Uno no puede querer no tener una frontera física entre Irlanda del Norte e Irlanda (para evitar los “problemas” etno-nacionalistas de antaño) y al mismo tiempo salirse del mercado único. El acuerdo dice que no va a haber frontera física. Así que, o avanza la tecnología a marchas forzadas en los próximos años para poder escanear contenedores en movimiento (algo inverosímil) o al final el RU se quedará en el mercado único y en la unión aduanera de la UE. Justamente es por eso que analistas como David Allen Green piensan que lo más probable es que haya un Brexit suave emulando el modelo noruego o suizo. Pero como ya expliqué en su día, la posibilidad de que la población británica acepte un Brexit blando es remota.

Lo más probable es que haya un Brexit suave emulando el modelo noruego o suizo; una cortina de humo que ofrece la ilusión de soberanía.

Para entender esto mejor, recomiendo escuchar esta sesión en la LSE donde varios expertos de los países europeos que no están en la UE discuten sobre las diferentes posibilidades de Brexit blando. La conclusión es clara. El Reino Unido sería independiente pero estaría bajo la hegemonía de la UE (justamente el subtítulo del libro editado por Eriksen y Fossum). Noruega está en el Área Económica Europea (AEE), y por lo tanto en el mercado único, y la AEE tiene una serie de instituciones multilaterales espejos de las de la UE para establecer regulaciones y dirimir pleitos. Suiza, en cambio, no está en la AEE y tiene más de 120 acuerdos sectoriales bilaterales con la UE. Pero todo eso es una cortina de humo que ofrece la ilusión de soberanía. La realidad es que los dos países tienen que aceptar las reglas y leyes que vienen de la UE. Ambos pagan al presupuesto de la UE y tienen que aceptar la libre circulación de personas. La población suiza incluso se opuso a esto en un referéndum, pero al ver que la UE podía restringir el acceso al mercado único los gobernantes en Berna han tenido que desoír la demanda del pueblo helvético. Abiertamente los expertos noruegos y los suizos le dicen a los británicos que no sigan sus pasos. Que ellos tienen menos soberanía fuera de la unión que dentro.

Si el Reino Unido opta por el modelo noruego sería estupendo para la UE. Los británicos estarían en el mercado único con todos los deberes y con muchos menos derechos. Además, no podrían poner palos en las ruedas de la integración de la UE. Fenomenal. ¿Pero alguien realmente se cree que el Reino Unido va a aceptar pasar de ser un rule-maker a un rule-taker? Yo lo dudo. Como mínimo habrá que convocar otro referéndum para refrendar ese descenso colectivo y voluntario a la segunda división europea. Si realmente es verdad que este acuerdo de separación evita el Brexit duro, la posibilidad de un Breturn ha aumentado, no disminuido. La única opción de que se produzca un Brexit blando es que la UE ceda en sus líneas rojas y que el RU consiga mucho más que los suizos y los noruegos. Tal y como ha llevado Barnier la negociación hasta ahora no parece que esto se vaya a producir.

Por lo tanto, mi escenario base se mantiene. Quizás el Reino Unido salga legalmente de la UE el 29 de marzo de 2019, pero si lo hace estará en una situación de transición unos cuantos años. Ahí es cuando la mayoría de los británicos se darán cuenta de que tienen independencia bajo hegemonía de la UE (siempre que ésta no se desmorone, claro, algo improbable ahora mismo) y lo más normal es que vuelvan a llamar a la puerta para poder entrar y sentarse a la mesa. Esto parece ahora políticamente improbable, ya que sería una humillación. Pero todavía más duro sería para los británicos escuchar a sus líderes decirles que son soberanos cuando en realidad tienen que aplicar las normas y leyes decididas en Bruselas.