Hay gente que tiene verdadera aversión a hablar en público. En su libro Una amante complaciente, el ilustrador y profesor Xavier Águeda explicaba los nervios que sufría cada vez que participaba en una mesa redonda o en una charla. Cuando le preguntaban cómo era posible que un profesor tuviera miedo a hablar en público, él respondía: «Es que en clase los niños no me escuchan».

Aunque resulte paradójico, ser escuchado es uno de los principales temores de hablar en público. Principalmente porque va asociado al miedo a quedar mal, a no estar a la altura de lo esperado, a decir una astracanada.

Sin embargo, es ese miedo a no hacerlo bien lo que provoca que el orador, al no estar convencido de sí mismo, haga que su intervención sea un fracaso. Es lo que los expertos llaman «profecía autocumplida».

Por tanto, antes de comenzar una conversación es imprescindible tener confianza en uno mismo. Si una persona está convencida de que va a gustar a su audiencia, sea una persona o sean miles, su intervención empezará con muy buen pie.

Además de ese consejo, los expertos proponen otros porque, aunque a algunos les resulte una tarea imposible, a hablar en público se puede aprender:

Sé tú mismo.

La confianza en uno mismo debe ir acompañada de honestidad en la transmisión del mensaje. Para ello, lo mejor es ser uno mismo, sin imposturas. No intentes epatar utilizando datos fuera de lugar y evita ese insoportable namedropping, es decir, no trufes la conversación de nombres de personas famosas. El cuñado de Cervantes comía todas las Nochebuenas con él, pero no escribió ni una línea del Quijote. Interesa lo que tú haces, no lo que hacen aquellos a quienes dices conocer.

Habla despacio.

Las personas que hablan despacio resultan más confiables y sinceras. Además, hablar despacio permite ordenar las ideas y evitar problemas de dicción lo que, a su vez, impide que se pierda la seguridad, surjan los nervios y desaparezca la confianza en uno mismo.

Ordena tu discurso.

Si tu exposición está bien estructurada, el auditorio la comprenderá más fácilmente, la recordará mejor y el efecto final será de satisfacción y agrado. Si eres un caos, preferirán no saber ni cómo te llamas.

Muéstrate vulnerable.

La soberbia no mola. La vulnerabilidad sí. La primera distancia al oyente, que se siente amenazado por semejante actitud; la segunda genera cercanía y, por tanto, una mayor atención.

No juzgues ni corrijas.

Si durante tu intervención uno de sus oyentes expone otra idea, muéstrate receptivo a lo que propone. Si su opinión es absolutamente errónea, házselo saber de forma amable. Si es simplemente una visión alternativa a la tuya pero válida, acéptala y valórala como una posibilidad más.

Utiliza un léxico común.

La conversación fluirá con mayor facilidad si el hablante y su audiencia comparten territorios léxicos comunes. Si empleas palabras desconocidas, te pasarás el rato explicando su significado o provocarás que los oyentes se aburran. Algunos estudios aconsejan que incluso se adopte el lenguaje corporal de los oyentes. Aunque ellos apenas lo perciban, su atención aumentará considerablemente.

Sé breve.

Eso de que «el cerebro entiende lo que el culo aguanta» no es una mera frase hecha. Ser conciso, breve y didáctico es mejor opción que ser aburrido y extenso en demasía. Hablar más tiempo o de forma compleja no es signo de saber más y, en caso de que lo fuera, los oyentes estarán tan agotados que nunca lo van a apreciar. En lugar de ser «esa persona que sabía tanto» serás «ese ladrillo».

Deja la puerta abierta.

Al finalizar tu intervención, no está mal que expreses que has disfrutado de la experiencia y que te gustaría que se repitiera en el futuro. Tu audiencia se sentirá halagada y se marchará de la charla feliz y contenta. No olvides que la conversación no es un mero intercambio de información, también tiene mucho de emoción. Lo dicho: «Ha sido estupendo que hayan llegado hasta aquí. Esto hay que repetirlo pronto».